Suma y sigue el cinismo y la desvergí¼enza


Llevamos buen tiempo de escuchar a nuestros polí­ticos decir ante los medios de comunicación una sarta de mentiras y falsas promesas que la credibilidad que debieran tener se sigue manteniendo literalmente a ras del suelo. Una vez llegados al poder, en los últimos tiempos la tónica ha sido aparentar candidez o ser una «buena persona», manera que a mí­ me parece demasiado superflua para considerar la importancia y responsabilidad que reviste el ser primer mandatario. De ahí­ que hayan quienes crean que los que así­ se comportan no son lisa y llanamente falsos o mentirosos, mucho menos cí­nicos, sino que simplemente son ¡bonachones!

Francisco Cáceres Barrios

Todo ello trae consecuencias, entre otras, que en el cí­rculo en que se desenvuelven sigan tan confiados en su maravillosa gestión gubernativa hasta que al resto de la población nos sigan viendo cara de lo que no somos. ¡Bah! De muy poco sirven entonces los tristes resultados obtenidos por Berger en la investigación realizada por la Consultora Mifofsky, que lo llevaron a ocupar el último lugar en cuanto a la aceptación que en sus respectivos pueblos puedan tener los presidentes latinoamericanos.

Es bien sabido por todos que la Corte de Constitucionalidad negó la suspensión de un artí­culo de la Ley Electoral que prohí­be a los funcionarios informar sobre obra pública en época electoral; sin embargo, hay quienes tranquilamente lo toman como que el gobierno actual puede hacer publicidad sin caer en el proselitismo. ¿Es que no están enterados que más del 80 por ciento de los fondos asignados a la publicidad gubernamental se gastó antes de la convocatoria a elecciones? Claro que el Gobierno tiene el sobrado derecho de informar, pero sin olvidar jamás que debe hacerse con estricto apego a valores y principios para no abusar de ello o ¿estos los dejaron tirados en el basurero municipal el 13 de enero del 2004?

¿Cuántos chapines le creen al presidente Berger cuando dice que llegar, exhibirse o tan solo hacerse acompañar repetitivamente en actos públicos de ex ministros ahora candidatos o de alcaldes aún vigentes en lides polí­ticas, son apariciones hechas sin mala intención, mucho menos con deseos de aprovecharse de la situación? ¿Alguien confí­a en la inocencia y candidez de quien diga que la seguridad del Estado no tiene color, ni bandera polí­tica, que lo que ha hecho es garantizar y proteger la integridad y la seguridad de las personas cuando la SAAS, sostenida con fondos públicos, resguarda al candidato del partido oficialista ?GANA? usando descaradamente vestimenta con los colores que identifican a su ocasional partido? ¿No digo, pues?, no hay otra, seguimos viviendo la misma flor floreada de todos los tiempos.