Las historias* de Diana, Lucía, Roberto y Diego son distintas, pero todas tuvieron en común una “muerte anticipada” en su desenlace; sin dejar completamente claros sus motivos, se suicidaron antes de cumplir 16 años y se llevaron consigo la respuesta a la pregunta que todos los días se plantean sus familias: ¿Por qué lo hicieron?


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Una investigación sobre el suicidio en menores de edad refiere que cada año se podrían registrar unos 20 casos -la cifra podría ser mayor, ante un esperado subregistro-, y advierte que la falta de prevención y atención a este problema implica que más vidas están en riesgo.
La felicidad universal que caracteriza a los niños y que el colectivo se imagina, no siempre es la constante en muchos niños guatemaltecos debido a diversas situaciones que alteran la mente de la niñez. A los 11 años, Diana solía ser una estudiante muy aplicada y por eso cumplía siempre con las tareas escolares, incluso, los domingos también asistía a la iglesia con su familia y pasaba el tiempo libre en casa junto con sus hermanos.
Se caracterizó por obtener buenas notas, y a su corta edad ya recibía cursos de computación y mecanografía. “Iba muy adelantada”, recuerda su madre, Marleny.
Sin embargo, algo no andaba bien en la vida de la niña. El 29 de enero de este año aprovechó la ausencia de sus padres y su hermano para concretar lo que parecía un plan que se cruzaba por su mente desde hacía tiempo.
Su madre y hermano salieron a comprar un libro que a Diana le hacía falta en la escuela, fue entonces cuando ella decidió acabar con su vida. La niña prefería no salir de su casa porque antes ya había presenciado dos asaltos en buses y temía que la historia se repitiera una vez más.
Marleny recuerda que esa tarde, de regreso a casa, tocó varias veces la puerta y nadie le abrió. Adentro, su hija menor lloraba desesperadamente, y no comprendía lo que estaba pasando, hasta que consiguió entrar a la vivienda y vio a Diana ahorcada con una sábana.
Unos días antes del suicidio la menor le insistía a su madre que le comprara el libro que necesitaba, y esta la respondió que no podía adquirirlo. “Ella se enojó mucho y me dijo que tenía que comprarle el libro; era el último que le faltaba y no quería atrasarse en los contenidos”, señala Marleny.
En retrospectiva, la madre de Diana evoca que había mucho de qué preocuparse más allá de ese episodio, y analiza algunos extraños patrones de conducta de la niña, como la costumbre de “colgar” y golpear a sus peluches.
¿Por qué colgaba sus peluches y les pegaba como piñatas?, ¿Por qué expuso su admiración, cuando Aurora -la protagonista de una novela- revivió 20 años después de morir? Estos cuestionamientos, según ella, podrían estar asociados con el suicidio de su hija. “¿Tal vez fue por curiosidad?”, refiere.
Marleny, visiblemente afectada por su pérdida, hoy se pregunta qué le pasó a su hija, pues usualmente reía y jugaba con sus hermanitos de 5 y 3 años y “parecía feliz”, pero también recuerda que en octubre del año pasado la niña le externó su tristeza porque tres de sus compañeras de escuela le dijeron que no querían acercarse a ella “porque se iban a embarrar”.
“Noté su tristeza, pero el profesor Francisco -el maestro de cuarto primaria- les pidió a las niñas una disculpa para mi hija, sentí que eso le ayudó. Este año solo una de esas niñas era su compañera de aula”, relata.
A criterio de Onelia González, profesora de mecanografía de Diana, este año veía que su alumna estaba retraída y constantemente se equivocaba en la copia del material. “Me parecía raro, porque siempre fue muy dedicada al estudio; la verdad es que sí noté que algo no estaba bien”, dice.
Hasta ahora Marleny no sabe qué motivó a su hija para acabar con su vida; constantemente se lo pregunta a sí misma.
DESORDEN EMOCIONAL
El caso de Lucía, la mayor de cuatro hermanos, también encierra varias interrogantes. Tenía 15 años y estaba por cursar primero básico cuando decidió suicidarse, ahorcándose con una bufanda el 22 de enero de 2011.
Jimena, la madre, recuerda que su hija recién empezaba a estudiar en el Instituto para Señoritas Belén, en la zona 1 capitalina; dedicaba mucho tiempo a sus estudios y demostraba mucho aprecio a sus hermanos.
“Ella hacía todo por sus hermanos. Un día hasta llegó a golpearme porque yo quería corregir a su hermana pequeña; de una forma que antes no había visto, me dijo: Nunca más va a volver a golpearme a mí y a mis hermanos”, recuerda.
La afectada madre, dice que una vez su indignación fue tan grande que advirtió a su hija: “Nunca más cuentes conmigo, me pegaste y esto me duele mucho”.
Según Jimena, nunca imaginó que esos capítulos de tensión incidieran para que su hija no le confiara lo que le sucedía antes de acabar con su vida, pues “evidentemente” la adolescente atravesaba por una situación difícil.
Previo al suicidio, Lucía quien vivía en una humilde casa de alquiler junto con su madre y hermanos, argumentaba que veía “un bulto” junto a su cama. “Estábamos durmiendo cuando empezaba a gritar”, recuerda Jimena. Además, se quejaba constantemente de dolor de cuerpo y estómago, incluso en la última semana sufrió fiebres muy altas, relata.
“No sé por qué se mató. Si tenía problemas yo la hubiera ayudado. Era mi hija y la quería. Me sacrifico mucho por ellos -sus hijos- yo sola he asumido el papel de madre y padre”, afirma Jimena, entre lágrimas.
El padre de los últimos tres hijos de Jimena vive a escasas cuadras de su casa; ella dice que él tiene problemas con el alcohol y pocas veces le ayuda económicamente.
DOS CASOS
Roberto y Diego nunca se conocieron. Residían en lugares diferentes y se desenvolvían en entornos distintos, pero las aparentes causas de sus suicidios podrían enlazar sus historias.
Roberto, de apenas 6 años se ahorcó el 2 de marzo de este año, en su casa ubicada en la zona 1 de Mixco. Su padre, Catalino, relató a la Policía Nacional Civil que ese día salió de su casa y dejó al niño aproximadamente una hora y media.
Cuando el padre regresó a la vivienda encontró a su hijo ahorcado con un lazo de plástico.
Diego, un adolescente de 14 años, se suicidó en la zona 2 de Mazatenango, Suchitepéquez, el 26 de febrero de 2012.
Él se colgó de un árbol; junto a su cadáver se encontró una nota: “Mamá ya no pelees con mi papá, ni le sigas pegando a mis hermanitos”.
VEINTE POR AÑO
La Defensoría de la Niñez, de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH), indica que anualmente se podrían suscitar al menos 20 suicidios de menores de edad. Sin embargo, aclaran que podría existir un subregistro, pues no existe una instancia que documente todos los casos.
Nydia Aguilar, defensora de la niñez, explica que hace algunos años la PDH realizó un estudio en el que se documentaron los casos de muertes violentas de la niñez y adolescencia. El trabajo consistió en visitar las morgues de todo el país y recabar datos; el hallazgo de esta investigación arrojó que al menos dos decenas de muertes anuales correspondían a suicidios.
Aguilar considera que la familia y la escuela son dos núcleos importantes en el entorno de los menores de edad, y los actores de esos ambientes deben prestar atención al cambio de conducta de un niño o adolescente.
La entrevistada indica que uno de los problemas que se observa, principalmente en las escuelas públicas, es la falta de psicólogos o personas expertas para el tratamiento de la niñez y juventud que viven en una sociedad violenta y, muchas veces, en familias que también son violentas.
“El Estado y las familias deben proteger a la niñez y a la adolescencia a través de los mecanismos necesarios. En el caso de las escuelas públicas, siempre lo hemos dicho en audiencias y a los medios de comunicación, lo que hace falta son psicólogos, porque muchas familias no tienen recursos para la atención psicológica, es ahí donde los profesionales de las escuelas deben intervenir”, indica.
Marco Antonio Garavito, director de la Liga de Higiene Mental, apuesta por el fortalecimiento de la relación entre padres e hijos, pero también en la necesidad de capacitación de los docentes acerca de la salud mental y la tranquilidad emocional de los menores.
“Los maestros se gradúan, si hablamos de los maestros jóvenes -no digamos los veteranos-, pero no tienen conocimiento de la violencia y cómo trabajarla en el interior del aula, no tienen metodología, según hemos comprobado a través de los programas que trabajamos. El Ministerio de Educación tendría que hacer un esfuerzo enorme en el proceso de formación de los maestros, por lo menos los que vienen del Magisterio, que puedan salir instruidos en la escuela, en el tema de violencia y cómo trabajarla de una manera metodológica correcta”, señala Garavito.
Según el entrevistado, en Guatemala, a la salud mental no se le presta importancia, pese a que es un problema urgente de atender.
“El tema de la salud mental todavía no está considerado como importante. Antes había orientadores educativos que eran psicólogos o estudiantes de psicología, que podían hacer algún esfuerzo de acompañamiento cuando sucedían algunos problemas; hace unos tres años, nosotros impulsamos cursos gratuitos para maestros de la zona 1, referente al tema de cómo tratar la violencia en las aulas, pero no asistió nadie. Los directores decían que era como perder el tiempo o que no tenían otro maestro”, resalta.
El director de esta institución, concluye en la necesidad de que el Estado invierta en la salud mental de la población, pues es vital en una sociedad, especialmente para evitar que los problemas se agraven.
*Los nombres de los menores de edad y de sus padres se modificaron para proteger la privacidad de las familias.
INTENTOS DE SUICIDIO
María Teresa Gaytán, psicóloga del Hospital San Juan de Dios -uno de los más importantes del país-, informó que en las últimas dos semanas ese centro asistencial atendió a seis menores de edad que intentaron suicidarse.
“En dos semanas hemos atendido a unas seis niñas que intentaron suicidarse. Los principales problemas que presentan son conflictos con la familia; tenían entre 13 y 15 años. Ingresaron al hospital por haber tomado varias pastillas”, resume Gaytán.
Nydia Aguilar
Defensora de la Niñez