Q- El lector Gumersindo Maldonado Fuentes me ha escrito, para indicarme que ha leído con interés los artículos que he publicado respecto al calentamiento global, pero pregunta qué puede hacer el ciudadano común y corriente, para contribuir a evitar la concentración en la atmósfera de gases que provocan el efecto invernadero.
Y otro de mis contados lectores me envió un mensaje electrónico, que contiene 10 sugerencias acerca de lo que debe hacer cualquier persona que desee contribuir, aunque sea en mínima parte, a impedir que continúe el calentamiento climático.
Las 10 cosas que el lector Adolfo Lemus recomienda, para ahorrar dióxido de carbono son éstas: 1- Cambie las bombillas normales de energía eléctrica por bombillas compactas fluorescentes. 2- Utilice menos su automóvil para recorridos cortos. Camine, use su bicicleta o el transporte público. 3- Recicle y clasifique su basura. 4- Mantenga los neumáticos de su vehículo en buen estado, para mejorar el rendimiento del combustible. 5- Utilice menos agua caliente, e instale una ducha de baja presión, además de lavar la ropa en agua fría o templada.
Asimismo, 6- Evite comprar productos con mucho envoltorio, para reducir la carga de basura. 7- Regule el termostato de su casa u oficina, si es que es de los privilegiados que utiliza aire acondicionado. 8- Plante un árbol, que absorberá una tonelada de dióxido de carbono a lo largo de su vida. 9- Apague los aparatos eléctricos que no está utilizando y desenchúfelos. Sólo con apagar el TV, el reproductor de DVD, la cadena de música y el ordenador cuando no lo esté utilizando ahorrará miles de kilos de dióxido de carbono. 10- Conviértase en parte de la solución, e investigue cómo hacerlo visitando el sitio www.climacrisis.ulp.es
Q- Después de haber tomado muy en serio los consejos de los párrafos anteriores, compartiré una anécdota que me contó Romualdo Letona y que no deja de ser una historieta ficticia, pero presumo que al terminar de leerla usted esbozará una sonrisa, si es que no es muy conservador o cuadrado dialtiro.
Luego de meter todo el equipaje del Papa Benedicto en el baúl de la limosina, el circunspecto chofer se da cuenta que el Sumo Pontífice está de pie en la acera. ?Disculpe, Su Santidad ?dice el piloto? ¿podría usted, por favor, tomar asiento para ponernos en marcha?
-Bueno ?replica el Papa?, pero quiero contarle que nunca me dejaron conducir en el Vaticano y en Roma cuando fui cardenal, y realmente me gustaría manejar hoy. ?Lo siento, Su Santidad ?repone el chofer?, pero no lo puedo dejar hacer eso; perdería mi trabajo, e imagínese si llegara a pasar algo grave.
-¡Quién va a saberlo! ?presiona el Sumo Pontífice, con sutil sonrisa? Además pudiera haber algo extra para ti. Reacio, el piloto accede, se sienta atrás y el Papa se acomoda en el volante; pero el chofer de inmediato se arrepiente de su decisión, cuando el Papa, tan pronto se sienta, pisa el acelerador y la limusina sale aceleradamente, hasta alcanzar 170 kilómetros por hora.
-¡Por favor, Su Santidad, baje la velocidad! ?suplica el piloto; pero el Sumo Pontífice lo ignora, hasta que se oye el ulular de la sirena de un motorista de tránsito. ?¡Oh, Dios mío, voy a perder mi licencia y mi trabajo! ?se lamenta el chofer.
El Papa detiene la marcha de la limusina, se estaciona a un lado de la autopista y baja el vidrio polarizado de su ventanilla. El policía de tránsito se acerca, echa una ojeada inicial y luego un buen vistazo al conductor del lujoso vehículo. Regresa a donde está su moto y llama por radio. ¡Necesito hablar con el jefe! ?le pide a la operadora. El superior atiende la solicitud de su subalterno, quien le pone al tanto: -Acabo de detener la marcha de una limusina que casi volaba por la alta velocidad que manejaba el piloto.
-¡Arréstelo de inmediato! ¿Qué está esperando? ?responde el jefe. El policía motorizado le indica a su superior: -No creo que sea tan sencillo, en el sentido de que pueda arrestarlo, porque el tipo es muy importante. El jefe reitera -¡Con más razón!
Nuevamente interviene el agente de tránsito: -No, en realidad ¡se trata de un personaje de verdad muy, pero muy importante! El jefe lo interrumpe: -¿A quién tiene allí? al alcalde?
-No ?responde el policía. Es mucho más importante. -¿Al presidente del Senado, acaso? ?inquiere el jefe. -¡Qué va ?exclama el agente? ¡es mucho más importante aún!
-¿Se trata del Primer Ministro? ?grita exasperado el superior policial. -¡No! ?contesta lacónicamente el motorista.
-¡Carajo! ¡¿Me puede decir de quién se trata?! El agente casi murmura: -Creo que es Dios.
El jefe de la Policía de Tránsito de Roma, desconcertado, furioso y próximo a sufrir un síncope, grita: -¡¿Qué le hace pensar que es Dios?!
-Porque el chofer es nada menos que el Papa ?responde susurrante.