Sugerencias y sonrisas


Q- El lector Gumersindo Maldonado Fuentes me ha escrito, para indicarme que ha leí­do con interés los artí­culos que he publicado respecto al calentamiento global, pero pregunta qué puede hacer el ciudadano común y corriente, para contribuir a evitar la concentración en la atmósfera de gases que provocan el efecto invernadero.

Eduardo Villatoro

Y otro de mis contados lectores me envió un mensaje electrónico, que contiene 10 sugerencias acerca de lo que debe hacer cualquier persona que desee contribuir, aunque sea en mí­nima parte, a impedir que continúe el calentamiento climático.

Las 10 cosas que el lector Adolfo Lemus recomienda, para ahorrar dióxido de carbono son éstas: 1- Cambie las bombillas normales de energí­a eléctrica por bombillas compactas fluorescentes. 2- Utilice menos su automóvil para recorridos cortos. Camine, use su bicicleta o el transporte público. 3- Recicle y clasifique su basura. 4- Mantenga los neumáticos de su vehí­culo en buen estado, para mejorar el rendimiento del combustible. 5- Utilice menos agua caliente, e instale una ducha de baja presión, además de lavar la ropa en agua frí­a o templada.

Asimismo, 6- Evite comprar productos con mucho envoltorio, para reducir la carga de basura. 7- Regule el termostato de su casa u oficina, si es que es de los privilegiados que utiliza aire acondicionado. 8- Plante un árbol, que absorberá una tonelada de dióxido de carbono a lo largo de su vida. 9- Apague los aparatos eléctricos que no está utilizando y desenchúfelos. Sólo con apagar el TV, el reproductor de DVD, la cadena de música y el ordenador cuando no lo esté utilizando ahorrará miles de kilos de dióxido de carbono. 10- Conviértase en parte de la solución, e investigue cómo hacerlo visitando el sitio www.climacrisis.ulp.es

Q- Después de haber tomado muy en serio los consejos de los párrafos anteriores, compartiré una anécdota que me contó Romualdo Letona y que no deja de ser una historieta ficticia, pero presumo que al terminar de leerla usted esbozará una sonrisa, si es que no es muy conservador o cuadrado dialtiro.

Luego de meter todo el equipaje del Papa Benedicto en el baúl de la limosina, el circunspecto chofer se da cuenta que el Sumo Pontí­fice está de pie en la acera. ?Disculpe, Su Santidad ?dice el piloto? ¿podrí­a usted, por favor, tomar asiento para ponernos en marcha?

-Bueno ?replica el Papa?, pero quiero contarle que nunca me dejaron conducir en el Vaticano y en Roma cuando fui cardenal, y realmente me gustarí­a manejar hoy. ?Lo siento, Su Santidad ?repone el chofer?, pero no lo puedo dejar hacer eso; perderí­a mi trabajo, e imagí­nese si llegara a pasar algo grave.

-¡Quién va a saberlo! ?presiona el Sumo Pontí­fice, con sutil sonrisa? Además pudiera haber algo extra para ti. Reacio, el piloto accede, se sienta atrás y el Papa se acomoda en el volante; pero el chofer de inmediato se arrepiente de su decisión, cuando el Papa, tan pronto se sienta, pisa el acelerador y la limusina sale aceleradamente, hasta alcanzar 170 kilómetros por hora.

-¡Por favor, Su Santidad, baje la velocidad! ?suplica el piloto; pero el Sumo Pontí­fice lo ignora, hasta que se oye el ulular de la sirena de un motorista de tránsito. ?¡Oh, Dios mí­o, voy a perder mi licencia y mi trabajo! ?se lamenta el chofer.

El Papa detiene la marcha de la limusina, se estaciona a un lado de la autopista y baja el vidrio polarizado de su ventanilla. El policí­a de tránsito se acerca, echa una ojeada inicial y luego un buen vistazo al conductor del lujoso vehí­culo. Regresa a donde está su moto y llama por radio. ¡Necesito hablar con el jefe! ?le pide a la operadora. El superior atiende la solicitud de su subalterno, quien le pone al tanto: -Acabo de detener la marcha de una limusina que casi volaba por la alta velocidad que manejaba el piloto.

-¡Arréstelo de inmediato! ¿Qué está esperando? ?responde el jefe. El policí­a motorizado le indica a su superior: -No creo que sea tan sencillo, en el sentido de que pueda arrestarlo, porque el tipo es muy importante. El jefe reitera -¡Con más razón!

Nuevamente interviene el agente de tránsito: -No, en realidad ¡se trata de un personaje de verdad muy, pero muy importante! El jefe lo interrumpe: -¿A quién tiene allí­? al alcalde?

-No ?responde el policí­a. Es mucho más importante. -¿Al presidente del Senado, acaso? ?inquiere el jefe. -¡Qué va ?exclama el agente? ¡es mucho más importante aún!

-¿Se trata del Primer Ministro? ?grita exasperado el superior policial. -¡No! ?contesta lacónicamente el motorista.

-¡Carajo! ¡¿Me puede decir de quién se trata?! El agente casi murmura: -Creo que es Dios.

El jefe de la Policí­a de Tránsito de Roma, desconcertado, furioso y próximo a sufrir un sí­ncope, grita: -¡¿Qué le hace pensar que es Dios?!

-Porque el chofer es nada menos que el Papa ?responde susurrante.