Corría el año 1977, cursábamos el tercer grado de educación básica en el Instituto Experimental de la cabecera departamental de Jutiapa. En aquella época, nuestra ciudad pequeña, polvorienta y aún callada, se movía al ritmo del viento que mecía las palmeras y cocoteros del parque y del mercado nuevo. Nuestras distracciones, aparte de las casi obligadas aventuras en los campos aledaños a la ciudad, a las pozas del río Salado, al Cerro de la Cruz, a Piedra Blanca, al volcán Culma, al desfiladero de Los Imposibles y a los potreros aledaños al caserío del Brujo, se limitaban a los conciertos ofrecidos por la marimba o la banda de música de la zona militar los días martes, jueves y domingo; la visita a las tres bibliotecas que atendían especialmente por la noche, el pequeño cine Dardón, el billar, la lotería de don Goyo, algún velorio o pequeña fiesta familiar y, de vez en cuando, alguna fiesta social y, por supuesto, año con año, la fiesta de San Cristóbal y la Feria ganadera titular.
Pues bien, a esas alturas, sin ser grandes lectores, ya habíamos, muchos de nosotros, leído algunas obras literarias de alguna trascendencia. Recuerdo muy bien que incluso, entre amigos de nuestra misma generación, existía cierto celo por las lecturas que habíamos hecho y que nos motivaba a leer casi como en competencia. Lo mismo sucedía con nuestras participaciones en los eventos artísticos que se organizaban en el seno de las escuelas e institutos. Francamente había más motivaciones culturales que ahora. Entre las obras que leí en esa época quiero destacar «De la Tierra a la Luna», «Viaje al Centro de la Tierra» y «Veinte mil leguas de viaje submarino» del francés Julio Verne.
En la televisión (blanco y negro por supuesto) sólo veíamos los canales salvadoreños, éstos creo y según lo he constatado posteriormente, tenían en esa época una mejor programación que los canales guatemaltecos (que siguen en un franco atraso). En la televisión salvadoreña, por ejemplo, en mi adolescencia pude ver películas como «La guerra de los mundos», «La invasión de los platillos voladores», «La rebelión de las máquinas», algunas películas de Hitchcock y las ya clásicas del Hombre Lobo, Drácula y, por supuesto Frankenstein con Boris Karloff. La ciencia ficción, el cine de terror y las historias fantásticas nos atraían muy especialmente. Recuerdo también la franja de cine de terror que pasaba Canal cuatro de El Salvador los días viernes (¿o sábados?) a las diez de la noche. Temblando de miedo devorábamos las películas que con muy buen tino programaban.
Con el despliegue publicitario que se hizo para el lanzamiento de la película Star Wars, mi ansia por la ciencia ficción se vio acrecentada, sinceramente esperaba una película que superara con creces lo que ya había visto y también las imágenes que tenía de las novelas leídas de Julio Verne. Un grupo de amigos, todos adolescentes jutiapanecos, con la idea de ver algo extraordinario, pocos días después de su estreno, nos subimos a una camioneta Melva y viajamos a la Ciudad capital para ver el gran acontecimiento de la ciencia ficción. Pagamos nuestra entrada en un cine de la Sexta Avenida, vimos los rostros de otros adolescentes capitalinos que como nosotros esperaban ansiosos la mentada película y pudimos ver en sus rostros, al finalizar, la epifanía del espectáculo tecnológico, el éxtasis de la mediocridad hecha cine, la felicidad de la historia ramplona y de los personajes de plástico, sin alma, sin corazón y sin poder de convencimiento.
Regresamos al anochecer a nuestro tranquilo pueblo, con más ganas de leer a Julio Verne y de esperar la programación de los canales salvadoreños.
Nadie comentó la película. Un año después, la Banda Azúcar, en el aniversario del Instituto de Magisterio Dos de Junio, interpretaba el tema musical de La Guerra de las Galaxias como introducción a su presentación, mientras la repetidora de Canal Once de Guatemala anunciaba su nueva telenovela mexicana.