Sonrí­a; estamos en fin de semana


Algunos de mis contados lectores me han comentado que los dí­as sábados, sobre todo después de un placentero feriado como el de ayer, no son propicios para leer artí­culos serios, solemnes, peliagudos y crí­ticos, entre otros calificativos similares, sugiriéndome que yo contribuya a hacer más llevadera la vida con mensajes que contengan chispazos de buen humor. Obedezco.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Q- Un sábado en la mañana, cabalmente, Romualdo Ruedas conducí­a su vehí­culo raudamente por la calzada Roosevelt, de lo que se percata un solitario agente de la Policí­a Municipal de Tránsito, quien le marca el alto. El abogado y notario Ruedas, también polí­tico opositor al alcalde, detiene la marcha del vehí­culo, se aproxima el agente y se entabla esta discusión.

Agente: -Señor, usted manejaba a excesiva velocidad ¿es que no se da cuenta del peligro que eso significa? Déjeme ver su licencia. El licenciado Ruedas responde: -No cargo mi licencia porque me la suspendieron la última vez que cometí­ una infracción de tránsito, precisamente. Agente: -Muéstreme, entonces, la tarjeta de circulación del carro. Romualdo: -Fí­jese que el automóvil no es mí­o; me lo robé. Agente: -¿Cómo así­? ¿El vehí­culo es robado? Romualdo: -Sí­, pero la tarjeta de circulación está en la guantera. Me acuerdo que allí­ la puse cuando guardé mi pistola.

A estas alturas, el agente de la PMT está asombrado, pero aún atina a inquirir: ¿Dice usted que tiene un arma en su guantera? Romualdo: -Exactamente, lo que escuchó. La coloqué allí­ después de matar a la dueña del automóvil y poner su cuerpo en el baúl. Agente: -¡¿Me dice que lleva un cadáver en el carro?! Romualdo: -Sí­, señor.

Para entonces el agente está alarmado y atónito, decidiéndose a llamar por radio a la central de Emetra, y en cuestión de minutos llegan siete colegas suyos encabezados por su intendente Hamí­lkar Cortejo, acompañados de agentes de la Policí­a Nacional Civil y varios soldados del glorioso; éstos y los policí­as con armas en las manos.

El intendente se dirige al conductor: -Señor, enséñeme su licencia de conducir. Romualdo: -Con mucho gusto, jefe, aquí­ está. Intendente: -¿De quién es el carro? Romualdo: -¿De quién ha de ser? Es mí­o. Tome la tarjeta de circulación, para que se cerciore. Intendente: -Abra lentamente la guantera, para verificar lo que lleva adentro. Romualdo: -De acuerdo, jefe (abre la guantera, donde no hay arma alguna, más que facturas y algunos papeles inservibles)

El intendente, un poco dubitativo, conmina a Romualdo: -Señor, bájese del carro muy despacio y me hace el favor de abrir el baúl. Romualdo: -Desde luego que sí­ (abre la cajuela, donde no hay ningún cadáver. Sólo un par de conos y triángulos anaranjados y la llanta de repuesto).

El intendente murmura: -No comprendo, el agente informó que usted no tení­a licencia de conducir ni tarjeta de circulación, que se habí­a robado el carro y que llevaba un arma y una mujer muerta en el vehí­culo. Romualdo: -¡Ve que dialpelo! Y apuesto que le dijo que manejaba a excesiva velocidad. ¡Mentiroso!, y todo porque no le quise dar una mordida.

Q- En cierta ciudad de un paí­s industrializado una mujer compra un clóset, pero por ser más barato lo adquiere desarmado, para montarlo ella en casa. Llega a su apartamento, ubicado exactamente arriba donde circula el metro, y monta el mueble; pero cuando pasa el transporte subterráneo el armario se desarma. Vuelve a montar el clóset, pasa de nuevo el metro y sucede lo mismo. Después de una tercera prueba, con similares resultados, llama a la tienda, para que le enví­en un técnico.

Llega un sujeto, monta el armario que queda perfecto, pero al pasar el metro, nuevamente se derrumba. El técnico le dice a la señora: -Armaré de nuevo el clóset y me meteré adentro para ver qué sucede cuando pase el metro-. Dicho y hecho, se mete en el mueble, y en ese momento llega el marido de la doña.

-¡Caramba, amorcito, que clóset tan bonito; justo lo que necesitamos! Abre las puertas del improvisado mueble y, estupefacto, ve al técnico adentro. Indignado, el esposo le pregunta a gritos al sujeto: -¡¿Y usted qué diablos hace metido dentro del clóset?! El pobre hombre replica: -Pues mire… mejor le digo que vine a seducir a su esposa, porque si le juro que estoy esperando que pase el metro ¡usted no me lo va a creer!