¿Somos realmente independientes?


Monumento a la Independencia, o Monumento a la Libertad, en San Salvador. Los salvadoreños fueron más pujantes que los guatemaltecos para buscar la independencia de España, y por ello, celebrarán con razones históricas el próximo año su Bicentenario. FOTO LA HORA: ARCHIVO

Recién «celebramos» un nuevo aniversario de lo que suponemos nuestra Independencia. Para ser exactos, 189 años desde la firma del Acta de Independencia de España. Como cada año, es sintomático que nos preguntemos si en realidad somos independientes, lo cual evidencia que entre la población no hay una certeza de poseer total soberaní­a sobre el territorio, así­ como sentirse afectados o influidos por paí­ses extranjeros. ¿Podremos encontrar respuestas en nuestra historia de nuestra insatisfacción? ¿Qué habrá pasado en aquel lejano 15 de septiembre de 1821? ¿Nos habremos independizado realmente? ¿Alcanzaremos la independencia real algún dí­a? í‰stas son las preguntas que prometo reflexionar, pero no responder.

Mario Cordero ívila
mcordero@lahora.com.gt

El Acta de Independencia que se encuentra en El Salvador. í‰sta fue enviada un dí­a después de ser firmada en Guatemala, para que los salvadoreños conocieran lo que habí­an dispuesto Dolores Bedoya de Molina, quien según la tradición convocó al pueblo con cohetillos y marimba para que celebraran la Independencia; se tienen evidencias testimoniales que refieren que no mucha gente acudió a su llamado. FOTO LA HORA: ARCHIVOAtanasio Tzul propició la única sublevación real que se tuvo en territorio guatemalteco, rechazando el poder colonial. FOTO LA HORA: ARCHIVOEl libro

¿Somos realmente independientes? Técnicamente, es obvio que sí­. Al hablar de independencia, nos referimos casi exclusivamente del proceso histórico en el cual se vio involucrado casi todo el continente hace dos siglos, aproximadamente, algunos con décadas adelante (como Estados Unidos), y otros casi un siglo después (como Cuba).

Otros paí­ses -como los europeos- no hablan de independencia. Esto sólo atañe a los paí­ses que fueron colonias de otros; quiero decir, pues, que independencia no significa en nuestro contexto contemporáneo «soberano» o «libre». Revela una coyuntura ocurrida hace, para nosotros, 189 años. Y en ese sentido, hay que responder que sí­ somos independientes.

Sin embargo, es discutible la fecha en que logramos completa independencia, además de habernos constituido como el paí­s que más o menos conocemos hoy dí­a.

PROCESO HISTí“RICO

La celebración del Bicentenario de la Independencia, la cual han conmemorado otros paí­ses como México, Argentina, Chile, Uruguay, Venezuela, Bolivia, Colombia, o Ecuador, nos ha servido para ubicar la realidad de hace dos siglos y ubicar el contexto centroamericano.

Los procesos de independencia empezaron a proyectarse, quizá, en 1808 con la Invasión Napoleónica a España, la cual destronó a Fernando VII y entronizó a Napoleón Bonaparte, encarnado en la figura de su hermano José, para el caso especí­fico de la Pení­nsula.

Para entonces, las ideas liberales de la Revolución Francesa ya estaban circulando por las Colonias americanas, lo cual formó parte del polvorí­n de ideas, listas para esperar cualquier chispazo. Con la invasión napoleónica y la reacción española, las Colonias perdieron por algunos meses el norte sobre el modelo polí­tico y económico que dominó durante 300 años. No habí­a un Rey legí­timo al cual referirse como autoridad.

Entre la «realeza» española en América corrí­a el temor de lo que habí­a ocurrido en Francia décadas atrás durante la revolución, por lo que la Invasión Napoleónica olí­a a decapitaciones, más que a libertad, desde el punto de vista de las clases altas.

Esto propició que los americanos observaran cómo la misma metrópoli pujaba por su propia independencia de Francia; asimismo, la Junta Española que reaccionó a la invasión ordenó convocar a las llamadas Cortes de Cádiz, que se realizaron finalmente en septiembre de 1810. Para conformarlas, se celebraron elecciones por primera vez en las colonias, lo cual despertó el interés de las clases altas y medias por participar en polí­tica, ámbito que sólo habí­a sido delegado a los peninsulares.

Inicialmente, las insurrecciones de los realistas y criollos se levantaron en contra del «mal gobierno» (como se denominó al reinado napoleónico en España), rechazando al usurpador de Fernando VII. Sin embargo, los liberales (herederos de las corrientes ideológicas de la Revolución Francesa) observaron la oportunidad para hacerse del poder y romper el ví­nculo comercial con España, que para entonces no se daba abasto para satisfacer las necesidades de América, y otros paí­ses, como Inglaterra, Francia u Holanda, empezaban a tener mayor pujanza comercial y las colonias creí­an que les convení­a tener comercio directo con estas naciones.

Obviamente, los virreyes y capitanes generales que gobernaban en América no estaban de acuerdo con el movimiento en el que se transformó el rechazo a la Invasión Napoleónica. España, por su parte, enfrascada en su propia lucha, no pudo hacer mayor cosa, y, peor aún, recurrió a elementos militares de las colonias, debilitando a éstas, para fortalecer sus frentes ante Napoleón.

No es casualidad, pues, que la mayorí­a de paí­ses estén celebrando el bicentenario de su independencia (o el inicio de la lucha por ella) alrededor de este año.

¿Y CENTROAMí‰RICA?

Centroamérica, oficialmente, no está celebrando su bicentenario y no lo hará hasta el 2021, con excepción de El Salvador, que celebrará sus 200 años el próximo año.

Esto se debe a que los salvadoreños consideran el inicio de su independencia a la Sublevación de San Salvador, ocurrida el 5 de noviembre de 1811. Como puede observarse en otros paí­ses, las luchas de la independencia no iniciaron en el centro del poder, sino que en ciudades periféricas.

El modelo comercial de la Colonia consistí­a en que la capital del Virreinato o de la Capitaní­a General se encargara de comerciar con la Metrópoli (España), mientras que sus ciudades periféricas las proveí­an de productos.

En el caso del Reyno de Guatemala, la Capitaní­a General (Nueva Guatemala de la Asunción) se encargaba de dar fluidez a los productos generados, especialmente el añil proveniente de El Salvador, y el ganado de Nicaragua. En las ciudades de estos ahora paí­ses, se habí­a conformado una clase alta ajena a los peninsulares, que se habí­an fortalecido con el producto de su trabajo. Las ideas liberales les habí­an abierto los ojos de que era mejor comerciar sin intermediarios.

Es por ello que no sorprende que en San Salvador (El Salvador), León y Granada (Nicaragua) hayan surgido las primeras sublevaciones para rechazar el poder colonial, el cual se encontraba representado por Guatemala.

Estas tres ciudades presentaron sendas sublevaciones a finales de 1811, en medio de los movimientos independentistas en la mayorí­a de las colonias. En Guatemala, centro del poder, se puede encontrar la referencia previa de la llamada Conspiración de Belem (1813), la cual fue desarticulada, pero que tení­a intenciones independentistas.

Lejos de la capital, en Totonicapán se encuentra la primera sublevación dentro de lo que hoy se conoce como Guatemala, con el levantamiento de Atanasio Tzul (1820), pero que también fue neutralizado.

¿HUBO INDEPENDENCIA?

Doce años después de las primeras sublevaciones en América española, en el Reyno de Guatemala, en plena pugna entre liberales y conservadores, se decide finalmente firmar el Acta de Independencia, la cual se declara emancipada a Centroamérica de España.

Durante años, los liberales habí­an pujado por liberarse de las ataduras comerciales de España, pero los conservadores se oponí­an. El debate fue eminentemente económico, mas no polí­tico. Los liberales optaban por una independencia y una transformación de la estructura colonial, mientras que los conservadores, más moderados para exigir la independencia, terminaron por estar de acuerdo con ésta, pero manteniendo la estructura económica.

Es decir, los conservadores optaban por mantener a Guatemala como el centro comercial que recopilaba los productos del resto de los territorios, para intentar colocarlos en otro mercado más grande. Sin embargo, los liberales optaban por romper esta intermediación.

La puja entre liberales y conservadores se dio a un alto nivel, ya que pensadores se dieron a la tarea de exponer sus ideas, sobre todo a través de periódicos que representaban sin tapujos cada una de las posturas. Resalta el caso de El Editor Constitucional de Pedro Molina, uno de los abanderados liberales, y que denominó así­ al periódico en alusión a la Constitución de Cádiz, que ofrecí­a libertades comerciales a la colonia.

En cambio, José Cecilio del Valle, abanderado conservador, exponí­a sus ideas en el periódico El Amigo de la Patria, en alusión a mantener la fidelidad de los principios, valores y estructuras de lo que consideraba «patria», es decir, al status quo colonial.

Según nos intenta revelar la historia, finalmente, y «sin choque sangriento», liberales y conservadores firmaron el Acta de Independencia, aunque se saben detalles como que José Cecilio del Valle redactó el acta, pero no la firmó, en clara evidencia de su desacuerdo.

ACTA

Según el historiador Horacio Cabezas Carcache, en su libro «Independencia centroamericana. Gestión y ocaso del Plan Pací­fico», reeditado recientemente por Editorial Universitaria, el acto de independencia no fue tan fácil como hoy dí­a nos lo cuenta la historia.

Según su versión plasmada en el libro, de los 53 delegados (que fueron consecuencia de las elecciones para la Corte de Cádiz) que discutí­an la independencia aquel 15 de septiembre de 1821, sólo 25 apoyaban el declararse emancipados de España, por lo cual no tení­an mayorí­a.

Ante esta circunstancia, según el libro, los liberales habí­an pensado en la estrategia de convocar al pueblo, pensando que éste los acuerparí­a y exigirí­a popularmente la independencia. Es por ello que la figura de Dolores Bedoya de Molina, esposa de Pedro Molina, se ha constituido como una figura central de la independencia, al recoger que ella convocó al pueblo con cohetillos y marimba en la Plaza de Armas.

Sin embargo, según Cabezas Carcache, lejos de convocar al pueblo, sólo creó caos, lo cual fue aprovechado por la mayorí­a de los delegados que discutí­an la posible independencia. De acuerdo con el libro, fuentes testimoniales de la época recogen que a la supuesta fiesta que Bedoya de Molina estaba convocando, pocos -o quizá casi nadie- acudió. Es más, crónicas de ese dí­a revelan que llovió muy fuerte, por lo que muchos de los vecinos ni siquiera salieron de sus casas. Hasta el dí­a siguiente.

El Acta de Independencia, la cual fue decidida por unos pocos, se declaró emancipada de España, únicamente. Además, se establecí­an algunas disposiciones, como realizar esfuerzos para llamar a la paz y seguridad, pues esperaban revueltas tras esta decisión, así­ como convocar a una misa al dí­a siguiente y acuñar una moneda.

Asimismo, se convocó para que un Congreso de Representantes decidiera el destino final del Reyno de Guatemala, finalmente emancipado de España, y que estos representantes decidieran el modelo polí­tico-económico que regirí­a a la nueva nación. Lo cual no sucedió.

Obviamente, los liberales habí­an ganado una batalla importante al lograr la independencia «rápida», y no una independencia progresiva como la que optaban los conservadores. Sin embargo, la correlación de fuerzas no permitió que el proceso fuera tan rápido.

El denominado Plan de Iguala, gestado desde Nueva España, recién independizado también y convertido en el Imperio Mexicano, permitió que Centroamérica mantuviera el sistema colonial, es decir, que Guatemala fuera el centro intermediario entre los productos de la provincia (sobre todo, El Salvador y Nicaragua) con un mercado mayor, con México sustituyendo a España. Cabe mencionar que los salvadoreños habí­an propuesto que en vez de anexarse a México, se anexaran a Estados Unidos, en una visión bastante futurista de lo que ocurrirí­a en nuestros dí­as, en que el mercado estadounidense es el mayor destino de los productos centroamericanos.

Finalmente, el Imperio Mexicano fracasó, por lo que obligó a los centroamericanos a retomar el Acta de Independencia, y convocar así­ a un Congreso para que decidiera la forma polí­tica-administrativa de la nueva nación.

Para entonces (1823), los conservadores habí­an adquirido más poder polí­tico, por lo que estaba previsto que se optara por una república central, con Guatemala como la capital, es decir, continuar con la estructura colonial. Sin embargo, a pesar de ser mayorí­a conservadora, los liberales de provincia (sobre todo salvadoreños, nicaragí¼enses y costarricenses) presionaron tanto que se optó por un sistema republicano, con Gobiernos locales (para que las hegemoní­as locales pudieran gobernar) con un Gobierno federal, la cual se optó que estuviera en Guatemala.

La Independencia de Centroamérica, finalmente, se firmó el 1 de julio de 1823, en la que declaran emancipados de España, México o cualquier otra nación extranjera. Sin embargo, como sabemos, el proyecto polí­tico federal centroamericano fracasó, en buena parte por la pugna de poder entre liberales y conservadores, que nunca lograron imponerse uno sobre otro y sólo provocó debilitamiento. De a poco, las repúblicas centroamericanas empezaron a desgranarse, renunciando a la Federación una por una, hasta que finalmente Guatemala se quedó sola, por lo que no hubo otra acción que declararse como la República de Guatemala, el 21 de marzo de 1847, fecha que queda perdida en el calendario de festividades, y que deberí­a ser considerada como un dí­a de regocijo nacional, por habernos constituido en República más o menos como hoy la conocemos (con algunas modificaciones en su territorio, incluyendo el actual conflicto limí­trofe con Belice). Sin embargo, esta fecha, más que de regocijo, pareciera ser el recuerdo del fracaso de la república centroamericana.

HACIA EL BICENTENARIO

Como mencioné, es obvio que sí­, porque hubo un proceso histórico que nos llevó a la independencia, primero como conjunto centroamericano de España, y posteriormente de México. El surgimiento como República de Guatemala no puede considerarse como proceso de independencia, porque en este hecho no se dependí­a de otra potencia extranjera.

Sin embargo, el sentimiento generalizado es sentir que Guatemala no es independiente, ya que se confunde hoy dí­a la falta de soberaní­a con la independencia. Algo de razón se tiene dentro de la opinión del pueblo, ya que en el dí­a de la Independencia deberí­a haber motivos para celebrar. En cambio, es evidente que el último acontecimiento, este miércoles pasado, nos hace suponer que el Estado no ejerce soberaní­a, porque vivimos en un territorio dominado por el narcotráfico, las maras, el crimen organizado, y que éstos ejercen su propia soberaní­a en territorios en que el Estado ni siquiera aparece.

A ello, hay que sumar que se percibe cierta frustración, ya que mientras la mayor parte del continente se regocija en celebrar el Bicentenario de la Independencia, en Guatemala aún falte once años para esto.

Sin embargo, las autoridades estatales, tomando en cuenta ambas circunstancias (la pérdida de la soberaní­a -que se confunde popularmente con la pérdida de la independencia-, y la próxima celebración del Bicentenario), deberí­an idear una gran celebración para los 200 años de nuestra independencia, ahora que estamos a tiempo. Pero no simplemente planear una magna celebración, porque ése no es el objetivo real, sino que es secundario.

Se deberí­a tratar de establecer los mecanismos para que los guatemaltecos se sientan plenamente independientes y soberanos, y que puedan disfrutar de esa sensación para el Bicentenario.