Es un hecho evidente que nadie se atreve a dudar o contradecir que América Latina tiene enormes contrastes y grandes desigualdades económicas y sociales. Sin embargo, estas varían de país a país.
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Chile, Argentina, Uruguay y Costa Rica son países donde la mayoría; es decir, alrededor del 95% de su población son descendientes de inmigrantes europeos, por consiguiente, la población de esos países es más homogénea y aún cuando la distribución de la riqueza no es perfecta, la clase media en esos países es de alrededor del 60% o 70%.
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En un segundo grupo de países la población es más mezclada: Brasil, Colombia, Venezuela y México tienen una base social derivada de los pueblos indígenas y de las diferentes migraciones; sin embargo, poco a poco han logrado menos diferencias a comparación del tercer grupo de países donde se encuentra Guatemala, Ecuador, Bolivia, Perú, Honduras y el resto de América Latina, cuya población -como en el caso de Guatemala y Bolivia- está conformada en su mayoría por pueblos originales.
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En estos países la aculturación ha sido mucho más lenta, la pobreza y extrema pobreza es sin duda superior a la de los países latinoamericanos mencionados en el primero y segundo grupo, como no es posible pretender que la sociedad se mantenga estática, no deje de ignorarse que la evolución de la comunicación ha acelerado la inquietud por ese enorme retraso económico y social. Una comprobación de esto es que los gobiernos de tendencia social han ido aumentado en su número; sin embargo, dentro de los gobiernos de izquierda democrática hay que diferenciar la actitud de unos y otros.
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Chile, Brasil y Argentina son gobiernos de izquierda que buscan la evolución y el cambio de forma continuada, no se han radicalizado. Por el contrario, Venezuela, Bolivia y Ecuador sus gobiernos son más impacientes, más agresivos, se acercan a una transformación rápida. El resto de países con gobiernos progresistas oscilan según el momento y las circunstancias.
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En todo caso, lo que no se puede dudar es el hecho que poco a poco los países conservadores, defensores del statu quo, proclives a la derecha son cada día menos. En países como Guatemala, Honduras y aún el mismo México, sus sociedades tienen la obligación de analizar y comprender que mantener una política alejada de reconocer y buscar la solución social y económica de la mayoría de la población, es sólo una compresión que puede estallar y producir -en un momento dado- una revolución, la cual si bien no es probable que resuelva la problemática social, sería nuevamente la dolosa repetición de la historia de muertes, violaciones y enfrentamientos que no pueden justificarse.
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Es por ello que los grupos de poder, la supercúpula económica en especial y los partidos políticos tradicionales y conservadores deben aceptar, deben comprender que la injusticia no puede continuar, que nuestra alternativa es que en el corto futuro se produzca en nuestro país un gobierno de conciencia social, que establezca programas permanentes de combate a la extrema pobreza y a la pobreza, los cuales pueden ser similares a los gobiernos de Chile, Uruguay y Brasil o efervescentes como los gobiernos de Venezuela, Bolivia o Ecuador. Meditemos si escogemos soluciones pacíficas o violentas.