Solamente un mes o un triduo por lo menos


 Una vez al año deberí­amos darnos vacaciones en cuanto a violencia se refiere.  Imagí­nese qué bonito serí­a: así­ como nos damos vacaciones, las anhelamos y las urgimos, nos regalamos treinta dí­as sin muertos.  Pero no sólo sin muertos, sino cumplimos con un ayuno de violencia de todo tipo y en todos los lugares, en el cine, la literatura, el arte, los juguetes… en todo.

Eduardo Blandón

La propuesta involucrarí­a al cine.  Treinta dí­as sin pelí­culas sobre asesinatos, robos, golpes ni abusos familiares.  Se transmitirí­an solamente pelí­culas generadoras de tranquilidad, dibujos animados (sin violencia), documentales (sanos) y propuestas musicales (relajadas).  Serí­a un mes de nirvana, de conversión, sin estrés.  Por supuesto, cero noticias, o solamente buenas noticias. Información de premios literarios, fechas de exposiciones, visitas a museos y propuestas de juegos (los crucigramas) y chistes.

 

En el mundo del espectáculo se podrí­an prohibir las corridas de toros.  Un mes sin la violencia de la tauromaquia.  Los toros lo agradecerí­an y los toreros descansarí­an en sus casas para aprovecharlo con la familia.  Incluso se podrí­a promover la veda: cero cacerí­as de animales, nada de pesca, ningún deporte que implique muerte.  Por contraparte, se podrí­a estimular la música, la literatura y la subida de volcanes.  Se tratarí­a de hacer ejercicio y gastar las energí­as de otra forma.

 

En ese mes, que podrí­a ser el de diciembre, propongo ahorrarnos los juguetes violentos a los niños.  Santa Claus podrí­a regalar flautas, libros, viajes familiares, ropa y hasta artilugios de video (pero no violentos).  Así­ sacamos del costal del gordo las pistolas, los soldados, las espadas, las flechas y los disfraces de espí­as.  Nos volverí­amos revolucionarios de la paz, promoverí­amos la no violencia y quizá hasta sonreirí­amos más y tendrí­amos más sentido del humor.

 

Eso es lo que necesitamos: regalarnos un mes sin violencia.  En esas fechas, los padres tendrí­an prohibido reñir a sus esposas, amenazar a los hijos e increpar  la muchacha de los oficios de casa.  Se estimularí­a la visita a vecinos, a la familia, compras a la suegra, un bono especial para mamá, tarjetas postales para las tí­as.  También la televisión suspenderí­a los anuncios y las universidades prohibirí­an las tareas académicas.

 

Ese mes serí­a ideal para compartir.  Podrí­amos bautizarlo como «los treinta dí­as del amor y la amistad».  Regalos para los maestros (hace mucho tiempo que los alumnos no regalan nada.  Ni las famosas manzanas), presentes para la familia, recuerdos para los amigos.  Serí­an fechas espectaculares para retomar la vieja costumbre de las cartas: tomamos un lápiz y un papel (cero computadoras o máquinas de escribir) y nos ejercitamos en frases de «te quiero».   Podrí­amos darnos licencia para lo rosa y la nostalgia.

 

A cambio de todo este sueño, seguimos amaneciendo con muertos, asesinatos y violaciones de todo tipo.  Por todo esto, si un mes le parece demasiado fantasioso e irreal, le propongo un triduo de paz, unos dí­as de tregua.  ¿Qué le parece los dí­as 23, 24 y 25 de diciembre?  ¿Por qué no, el 30 y 31 de diciembre, más el 1 de enero?  No creo que sea exigirnos demasiado.  Creo que sí­ se puede.

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