Hace ya varias décadas un grupo de jóvenes deportistas poníamos los pies en la hermosa Berlín que es hoy la capital de la pujante República Federal de Alemania y una de las economías y sociedades más ejemplares del mundo. Luego de salir del moderno aeropuerto de Tegel, una palabra alemana se clavaba en la mente de todos nosotros, poco sabedores del idioma de Goethe: “Verboten”!!!!
Al rato, y revisando en los diccionarios de bolsillo, indagamos sobre su traducción: “PROHIBIDO”. Estaba prohibido tirar basura en la calle, y las señoras y señorones llevaban su bolsita en caso de que la mascota tuviera el apremio de dejar el más común desecho de los canes urbanos. No digamos con respecto a las colas para el ingreso a lugares públicos, el uso de las aceras y los espacios públicos, y así los “Verboten”, se grabaron en nuestras mentes.
Posiblemente ese sea uno de los comportamientos más difíciles de acatar cuando se pasa de la vida silvestre o en pequeñas comunidades controladas, a la vida indiferente y de gran heterogeneidad afectiva citadina. Tan solo un paseo por cualquiera de las calles de la capital para darse cuenta de las abismales diferencias de comportamiento, y eso que no se le vaya ocurrir pasear en ciudades provincia.
Una de las muestras urbanas de mayor patanería y desapego a las más elementales normas de convivencia es la de pararse frente a muros, árboles, y echarse la respectiva meada, con pose de macho cabrío, ensuciando el ya contaminado espacio urbano: triste reflejo de cuánto nos falta para optar por la ansiada modernidad y el desarrollo; y es que, como decía el gran Ortega, si el humano no cambia de mentalidad, muy poco se puede hacer con la sociedad de la que forma parte.
Y ahora que abundan los comentarios negativos, legalistas y garantistas en contra de la tenencia de armas, la contención del robo de celulares y es más, el control de los miles de motoristas urbanos, bien vale la pena reflexionar muy profundamente sobre lo que significa la vida urbana, en donde la presión demográfica y el uso de los recursos amerita el advenimiento de nuevo de palabras clave: PLANIFICACIÓN Y ORDENAMIENTO.
En nuestra historia reciente una especie folclórica de liberalismo anárquico se entronizó en la mente de las familias y hogares de la élite, y comenzó a consolidarse un desapego por los ordenamientos de todo corte: urbanos, financieros, viales y cualquier esquema que signifique el seguimiento de una logística ordenada para que todos puedan saciar las abundantes necesidades sociales.
Este comportamiento se avivó a finales de los años ochenta, precisamente durante los gobiernos de Serrano y Arzú, que plantearon diversos intentos de “Modernización del Estado”, erigiendo entes paralelos por doquier, acompañados de acciones emergentes y los eternos “paramientras”. Ello vino acompañado con una apertura democrática, también desordenada y oportunista, asaltando los recursos del Estado.
Y no faltó en erigirse una nueva camada de jueces y altos magistrados, y sobre todo caciques y diputados distritales, poco apegados a la cultura institucional que se requiere para mover un país complejo, con población creciente y poco educada: y los resultados dan cuenta así de nuestros comentarios silvestres que advierten en coro y con gran eco: “está por demás, la ley no se cumplirá”.