Ante la opinión pública pocos ejercicios de la institucionalidad democrática son tan inútiles como las interpelaciones que realizan los diputados en el Congreso de la República. Baste ver que ni siquiera en casos tan patéticos como los de los ministros de Gobernación, cuyo fracaso es más que evidente y se materializa en el reguero de sangre que afecta a todo el país, logran algún tipo de sanción contra los funcionarios inútiles para entender que en el fondo no pasa de ser una pérdida de tiempo.
Ahora están interpelando al Ministro de Finanzas Públicas, en gran medida porque el gobierno está empeñado en lograr que se aprueben los bonos y las nuevas medidas fiscales que alivien un poco la caída de ingresos que afecta al Ejecutivo. Pero lo más probable es que terminen las preguntas, se haga un remedo de debate y todo quede en que el funcionario dejó de ir a atender sus obligaciones durante muchas horas y los diputados dejaron de ocuparse seriamente de cuestiones como las leyes de seguridad y justicia que tanta falta nos hacen.
Los partidos políticos que promueven las interpelaciones debieran, por lo menos, presentar al pueblo un respetuoso informe de los hallazgos que pudieron hacer luego de las extenuantes y tediosas jornadas de preguntas y repreguntas, para que por lo menos la población más interesada pueda evaluar la calidad de las respuestas y si las preguntas formuladas realmente tenían el cometido de esclarecer algo o si, como se cree, simplemente era un ejercicio para ponerle freno a la agenda legislativa y, de paso, hacer una especie de suplicio al funcionario citado para responder a las interrogantes.
La falta de institucionalidad de los partidos políticos es algo comprobado y lo evidencia el hecho de que nunca se toman la molestia de informar a la opinión pública de por qué hacen lo que hacen. Si tan seria fuera su labor legislativa y tan preocupados estuvieran por el fondo de los asuntos, debieran trasladarle al pueblo sus conclusiones luego de una interpelación, sabiendo que el oficialismo moverá cielo y tierra para impedir un voto de falta de confianza en contra de uno de sus ministros. Pero se sabe de interpelaciones en las que ha salido a luz el pobre conocimiento del titular de una cartera y su peor desempeño, pero todo queda simplemente en medio de la maraña de respuestas que nunca se evalúan de manera sistemática para obtener conclusiones serias respecto a la marcha de los asuntos públicos. Interpelar por interpelar es derrochar los recursos públicos y por ello es que cuando menos los interpelantes tendrían que tener la delicadeza de informar.