Sin capacidad de sí­ntesis


Antes que nada, quiero confesar que estoy confundido. Quise interpretar la realidad del paí­s, pero llegué a un punto en que, ¡no sé!, y por eso preferí­ sincerarme con usted.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Para aquellos que tenemos cierta fe en el progreso, la ciencia, y toda esa moda de la belle epoque, me sorprende ver cómo se derrumba el mundo al que estamos condenados a vivir.

Y, ¡pum!, para darse en las narices, porque eso de la crisis subprime no es nuevo; no, no, no, no, no. ¿Y 1929, qué?

Tanto repetirnos en las clases de Macroeconomí­a que el libre mercado se regulaba solito, sin necesitar una «mano peluda»; más bien, que el Estado debí­a reducirse, para que los buenos ciudadanos no pagaran impuestos y se liberara la administración de los servicios básicos que -déjeme decirle- son los más rentables.

Y, de esa cuenta, pedir ahora la reducción del Congreso, siguiendo el refrán «Un deportista más, un diputado menos». Y es que con menos diputados podemos controlar más el Congreso, y preferimos que haya menos malos legisladores, a molestarnos y exigirles que trabajen.

Pero, ahí­ está, por hacerle caso a Fukuyama, y creer que el capitalismo habí­a derribado el Muro de Berlí­n.

Pero, ¿y los que no le creyeron? Porque hay que reconocer que todaví­a existen los colorados. Sí­, sí­; esos que andan ahí­, rechazando la moda, y, en vez de utilizar corbata y escribir en laptop, usan caites y guardan en un morral un libro de Otto René Castillo. Con guitarra en el hombro van dispuestos a cantar desafinados una de Silvio, o el «Tí­o Caimán». Pero, ¡qué tí­o caimán! Si ya nadie se recuerda quién era ese tipo, pero mientras cantan no miran la calidad de lagartones que tenemos aquí­, que más parecen animales mitológicos, porque son yacarés que tienen boca de hipopótamo, melena de león, cola de mono, lengua de serpiente y piernas de caballo (para salir huyendo); y les gusta jugar a la minerí­a, contaminar rí­os e importar gasolina.

Por eso, bajo ese estribillo pegajoso, pero caduco, de «El pueblo unido jamás será vencido», los coloradillos exigen demandas, que no son de ahorita, sino de hace siglos, y que Mariátegui las dijo con mejores fundamentos hace casi cien años, pero nosotros seguimos sin leerlo.

Por eso, para no irme con las ramas, le contaba que me siento confundido, porque la ley de la oferta y la demanda nunca me ha simpatizado. ¡Claro! No me parece justo que, porque se queme un pozo petrolero en Nigeria, le suban acá al tomate o al maí­z; ¡Qué de a zompopo! Pero tampoco me hago ilusiones gritando: ¡Otra Guatemala es posible!, si nuestra Guatemalita no cambiará si sólo gritamos y no proponemos; ya ve a Portillo, bien tranquilito regresó ayer, porque Guatemala será siempre Guatemala, si no es que decimos cómo debe cambiar.

Por eso, acá, hasta que no cambiemos todo el Estado, completito, algo así­ como una Constitución a la ecuatoriana y un movimiento popular a lo Evo Morales en Bolivia, no vamos a cambiar.

Disculpe la verborrea; debí­ sincerarme y explicar desde el principio. Y es que mi confusión surge en la bifurcación entre acomodarme al sistema, o acomodarme al contrapeso del sistema (es decir, oenegizarme para recibir buena paga mientras propongo proyectos que tenga objetivos chileros, aunque no sepa cómo llevarlos a la práctica); y entre disyuntiva y disyuntiva, no encuentro el camino para interpretar al paí­s. ¡Maldita Guerra Frí­a que nos polarizó! Y, lo peor de todo, es que nos hemos quedado eunucos para proponer la sí­ntesis de esta dialéctica que nos divide.