La capacidad de simplificación que muchas personas tienen cuando se enfrentan a los problemas de la vida es increíble. La mente, sorprendida por la prisa de las circunstancias, es obligada con frecuencia a dar soluciones y a ofrecer respuestas atinadas frente a las desdichas de la existencia. Y, evidentemente, la posibilidad de dar en el blanco es casi imposible.
Si con tiempo y serenidad regularmente cometemos errores, imagínese usted qué pasa cuando de manera irreflexiva tomamos posiciones y experimentamos el «maremagnum» existencial. En tales momentos, la inteligencia no hace sino simplificar y descuidar una infinidad de detalles que bien hubiera sido conveniente tomar en cuenta. ¿No cree, entonces, que es de sabios pensar más y actuar menos, callar más y hablar menos, perdonar más y odiar menos?
¿Es posible evitar esa dimensión de nuestra aparente e «insoportable levedad de nuestro ser»? Quizá sí, incrementando nuestra capacidad de raciocinio, evitando dar juicios apresurados y tomando conciencia de esa «tendencia maldita» que nos invita con frecuencia a abrir la boca para decir estupideces a granel (o como en nuestro caso, a escribir irreflexivamente).
Esta tendencia simplificadora casi es parte de nuestro código genético que sólo con fatiga se puede superar. El caso de los políticos es paradigmático. El otro día, por ejemplo, ahora que el problema del alza del combustible nos tiene en alas de cucaracha, escuché que algunos parlamentarios proponen la eliminación del impuesto a los carburantes, el gobierno sugiere apagar el carro en las colas, los empresarios piden que no se haga ninguna reforma fiscal y los usuarios de buses solicitan que no haya aumento al pasaje. ¿Acaso no son éstas, solicitudes precipitadas, poco razonadas y simplificadoras?
En la vida familiar sucede lo mismo. El otro día, por ejemplo, una conocida amiga abandonó a su esposo porque le encontró cartas impregnadas de sentimiento de una (con certeza dice ella) amante. «Si no lo es, me dijo, seguramente lo será y eso es intolerable». Sin conversar, sin decir «agua va», agarró sus trapos y se fue. Como son acciones inspiradas por el momento e irracionales, luego uno tiene que pagar las consecuencias de sus actos. Mi amiga ha pagado el precio. Ella tenía dos opciones: O ser consecuente con su decisión a cualquier precio y no hacer las de la mujer de Lot (voltear la cara atrás), o humildemente dejarse reconquistar por el marido que implorante pediría perdón. Ella se decidió por la última opción.
Ya se sabe, «errare humanum est», pero no debemos incrementar este «handicap» existencial por falta de sensatez. Hay que obligarnos a ser más sesudos, a tomarnos el tiempo necesario para actuar -y hablar- y luego echarnos al agua. Cualquier acción que no esté inspirada en el principio de la meditación y la cordura, está condenada al fracaso. Así, no nos extrañemos que demos respuestas descabelladas a cada problema de nuestra vida, incluso los pequeños.