Simplificadores


La capacidad de simplificación que muchas personas tienen cuando se enfrentan a los problemas de la vida es increí­ble. La mente, sorprendida por la prisa de las circunstancias, es obligada con frecuencia a dar soluciones y a ofrecer respuestas atinadas frente a las desdichas de la existencia. Y, evidentemente, la posibilidad de dar en el blanco es casi imposible.

Eduardo Blandón

Si con tiempo y serenidad regularmente cometemos errores, imagí­nese usted qué pasa cuando de manera irreflexiva tomamos posiciones y experimentamos el «maremagnum» existencial. En tales momentos, la inteligencia no hace sino simplificar y descuidar una infinidad de detalles que bien hubiera sido conveniente tomar en cuenta. ¿No cree, entonces, que es de sabios pensar más y actuar menos, callar más y hablar menos, perdonar más y odiar menos?

¿Es posible evitar esa dimensión de nuestra aparente e «insoportable levedad de nuestro ser»? Quizá sí­, incrementando nuestra capacidad de raciocinio, evitando dar juicios apresurados y tomando conciencia de esa «tendencia maldita» que nos invita con frecuencia a abrir la boca para decir estupideces a granel (o como en nuestro caso, a escribir irreflexivamente).

Esta tendencia simplificadora casi es parte de nuestro código genético que sólo con fatiga se puede superar. El caso de los polí­ticos es paradigmático. El otro dí­a, por ejemplo, ahora que el problema del alza del combustible nos tiene en alas de cucaracha, escuché que algunos parlamentarios proponen la eliminación del impuesto a los carburantes, el gobierno sugiere apagar el carro en las colas, los empresarios piden que no se haga ninguna reforma fiscal y los usuarios de buses solicitan que no haya aumento al pasaje. ¿Acaso no son éstas, solicitudes precipitadas, poco razonadas y simplificadoras?

En la vida familiar sucede lo mismo. El otro dí­a, por ejemplo, una conocida amiga abandonó a su esposo porque le encontró cartas impregnadas de sentimiento de una (con certeza dice ella) amante. «Si no lo es, me dijo, seguramente lo será y eso es intolerable». Sin conversar, sin decir «agua va», agarró sus trapos y se fue. Como son acciones inspiradas por el momento e irracionales, luego uno tiene que pagar las consecuencias de sus actos. Mi amiga ha pagado el precio. Ella tení­a dos opciones: O ser consecuente con su decisión a cualquier precio y no hacer las de la mujer de Lot (voltear la cara atrás), o humildemente dejarse reconquistar por el marido que implorante pedirí­a perdón. Ella se decidió por la última opción.

Ya se sabe, «errare humanum est», pero no debemos incrementar este «handicap» existencial por falta de sensatez. Hay que obligarnos a ser más sesudos, a tomarnos el tiempo necesario para actuar -y hablar- y luego echarnos al agua. Cualquier acción que no esté inspirada en el principio de la meditación y la cordura, está condenada al fracaso. Así­, no nos extrañemos que demos respuestas descabelladas a cada problema de nuestra vida, incluso los pequeños.