Simone


Cuando el corazón se quiebra, uno rehuye de cualquier asomo de sentimentalismo que pueda luego desembocar en escenas lacrimógenas, noches en vela y excesos de chocolate (hay quienes encontramos, en este a veces amargo derrotero, consuelo a ciertos desgarres emocionales).

Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@yahoo.es

Mi corazón estaba doblemente roto, la relación sentimental más seria de mi vida terminaba el mismo dí­a en que Theodoro, el felino más humano y maravilloso, desaparecí­a también de este mundo. El dolor me embargó, ¿cómo puede acabarse todo en un instante?, y en afán de supervivencia decidí­ no volver a enamorarme ni jugarme el cariño con los gatos, como Borges, Cortázar, Ana Marí­a Rodas…

Por supuesto, esas decisiones son algo así­ como los propósitos de año nuevo, y con el tiempo permití­ que mi estómago burbujeara de nuevo y que los latidos de mi corazón se aceleraran ante la presencia de un nuevo amor. Sin embargo, rehuí­a de la idea de tener de nuevo un gato en mi casa, vale decir, santuario a este ser, el cual seguramente fui en otra vida, no en balde mi nahual es el jaguar, en fin.

Hasta que el año pasado llegó ahí­ Simone, una particular gatita gris con el pecho blanco, que resultó ser demasiado refinada y exigente y que poco a poco se convirtió en parte de la familia, absorbiendo a la vez todos los cuidados y cariños que podrí­a procurarle a un hijo o hija que no tengo, que no sé si tendré.

Y así­ empecé a regodearme con sus gracias y afligirme con sus momentos de malestar, hasta que, como mis papás, empecé a negarme a la posibilidad de que crecí­a, y su primer celo llegó con los respectivos comentarios de mis amigos: lo que necesita es un gato, mi reacción, mojigata y cuidadora fue un déjí  vu de algún comentario materno, «aún es muy pequeña», hasta que temiendo que en un momento de debilidad se fugara y le pasara algo, decidí­ operarla.

A muchos les parecerá tonto dedicar un espacio a este tema, pero en medio del oscuro panorama polí­tico y social que vivimos me place más hablar de ella, un ser que hace mejores mis dí­as, que ponerme a enumerar muertos, señalar funcionarios y quejarme del tráfico.

Las hermanas Brontí« tení­an a Tigre, Dumas a los Mysouff, Dickens a William, Poe a Catarina, Cortázar a Tehordoro W. Adorno, Borges a Odí­n y Bepo, Baudelaire y Neruda escribieron sobre ellos, Paul Klee, Lenin y Picasso también los amaban, ¿por qué no iba yo a dedicarle mi columna a Simone?