SIMBOLISMO DEL ABRAZO EN LAS FIESTAS DE NAVIDAD


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En Guatemala, dentro los espacios donde se celebran la Navidad y la llegada del Año Nuevo, cada persona busca a otra para brindarle y al mismo tiempo recibir un abrazo; y, por lo general, se elige para dar el primer abrazo a la persona más importante para cada quien: la pareja, el hijo o la hija, la madre o el padre, el abuelo o la abuela, las y los hermanos, o tal vez el amor secreto o el amigo o la amiga incondicional a lo largo de la travesía anual.

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Mauricio Chaulón
Universidad de San Carlos de Guatemala

El abrazo no sólo se otorga sino que también es recibido, en una reciprocidad simbólica –pero, como todo símbolo, materializado y significado en esa materialidad- que representa el sentir de las tristezas, las alegrías, los triunfos, las caídas, las luchas y las esperanzas vividas a lo largo de todo ese año, o tal vez acumuladas durante mucho más tiempo.  Es el momento propicio para decir “te amo”, “te quiero mucho”, “perdón”, “gracias por todo”, “gracias por estar aquí”, “bienvenida”, “todo va a estar bien”, y tantos etcéteras en el profundo y heterogéneo mundo de sentimientos que coexisten entre el espíritu y la psiquis humana.
    Se abraza cuando el ser humano, como individuo, tiene la necesidad de sentirse apreciado, querido o amado, pero también de tomar al otro y acercarlo hasta donde pueda demostrarle el afecto o el deseo de apropiarse de su ser concreto y abstracto por un breve lapso de tiempo. Por eso es que en las celebraciones más importantes y en los momentos más duros el abrazo se expresa con todas las emociones, entre el llanto, la risa, las palmadas fuertes o la caricia en la espalda, el apretón, la mano en la cabeza de quien se abraza, el beso, las palabras de felicitación o confortamiento al oído y la duración de estar abrazados.  En ese sentido, el abrazo puede ser empatía, más siempre socialización, que comienza por identificar a otro en las mismas circunstancias, o al menos en la búsqueda de colocarse a un mismo nivel.
    Cuando se reconoce a quien se abraza, también se reconoce, aunque sea por un breve instante, su contexto, y por eso es que se trasciende del yo al yo –él o ella, para transmitir un sentimiento y, tal vez, percibir lo que el otro, en su ello complejo, también siente.
    Para el mundo occidental, la celebración cristiana de la Navidad significa uno de los acontecimientos fundamentales de la cosmovisión estructurada desde la religión: el nacimiento del Mesías, del Salvador espiritual del mundo, y quien viene a ofrecer la vida eterna como el mejor regalo y la mayor expectativa para una humanidad que mantiene un miedo permanente a la muerte y sus incertidumbres.  Es por eso que el acontecimiento desborda de alegría a quienes realmente lo viven y lo creen con fe.  Y se celebra, entonces, con los seres queridos, simbolizando ese triunfo sobre el mal y lo mundano a través de un abrazo, que por demás está decirlo es inclusivo.  Quienes se abrazan a las doce de la noche en la transición de la Nochebuena -24 de diciembre- al día de Navidad -25 de diciembre- se incluyen en esa celebración, pero también en las múltiples aristas de sus sentimientos, porque si el nacimiento de Cristo fue y es una esperanza de acuerdo a los dogmas religiosos, se construye como la posibilidad de seguir teniendo la fe en el presente y en el futuro. De ahí que el abrazo de la Navidad y del Año Nuevo no sólo sea una tradición y una manifestación cultural colectiva, sino al mismo tiempo una necesidad de proyectar el yo hacia el otro o los otros que comparten la fiesta y, esencialmente, la vida.
    Por lo regular, el abrazo de las fiestas de fin de año no se da ni se recibe en lo íntimo, porque es en el espacio abierto donde la tradición define la reunión: en la sala, al pie del nacimiento y ahora del árbol de Navidad, en la calle quemando los cohetillos o las foráneas luces de colores, en el comedor oliendo los tamales próximos a ser compartidos o en un área pequeña del trabajo del cual no puede prescindirse y la cual se acondicionó para celebrar por un corto lapso de tiempo (puede ser el hospital, la fábrica, la cárcel, la funeraria, el parqueo de taxis, el bar, el hotel, el aeropuerto, etc.); únicamente quienes están imposibilitados de asistir a esos puntos de reunión, reciben y dan sus abrazos (si es que no están solos) en la intimidad de sus habitaciones o reclusorios.
    El abrazo de las fiestas de fin de año es emotivo, con los buenos deseos o con la búsqueda del perdón, o con ambas necesidades de sentirse incluido y de incluir, porque hasta en las más complejas tradiciones el ser humano es gregario.  Es su naturaleza.  De ahí que el abrazo de fin de año sea parte culminante de la esperada fiesta tradicional, lo cual se evidencia en la pregunta “¿nos vemos para darnos el abrazo?”, o en la afirmación “paso a tu casa para darnos el abrazo”.  Es por medio de la posibilidad de estar con el otro y acercarse a él o a ella de la manera más concreta que es posible en una celebración de esa índole que se busca y se da el abrazo.
    En los nuevos convivios navideños que se llevan a cabo en empresas, familias o cualquier centro de reunión social, las despedidas son con el abrazo que desea la feliz Navidad y el próspero Año Nuevo, pero en sí el tipo de abrazo que se desea brindar y en la misma vía que se desea y necesita recibir, es el de aquel o aquella que más se quiere o que se ama.  Sin embargo, la expresión ya quedó en la tradición, como una realidad de buen deseo –no importa si es momentánea, coyuntural o por cliché- al otro que está frente al yo celebrando lo mismo, o al menos en la misma sintonía.
    Si bien es cierto que las mayores críticas que pueden hacerse a las fiestas de fin de año radican en el consumismo que las ha capturado y las reconfigura anualmente, más allá de eso existe la enorme posibilidad de que quienes las celebramos, tengamos como objetivo central, en el consciente o en el inconsciente, ir a buscar el abrazo que nos enseñaron desde la temprana infancia, haciendo que el cuerpo y todos sus sentidos estén involucrados en la perenne socialización necesaria, manifestada en la entrega de los sentimientos al otro, por medio de un abrazo que en la intersubjetividad de la fiesta con sus melancolías y felicidades se representa con la idea de entregar, por un tiempo pequeño, el corazón.

El abrazo de Nochebuena simboliza la confraternidad de los cristianos en el orbe occidental. (Fotografía de Archivo).

La solidaridad y la amistad se consolidan en los tiempos de Nochebuena y año nuevo dentro del mundo cristiano. (Fotografía del autor).