Silencio y soledad


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Con razón se dice, que la voz es del tiempo y el silencio de la eternidad. Porque “hay silencios que lo dicen todo y palabras que no dicen nada.”

Mario Gilberto González R.

Lo comprobamos cuando estamos en la ciudad blanca, donde el silencio y la soledad se dan la mano.

La profundidad del silencio y la extensión  de la soledad, reflejan el misterio de la eternidad. Nuestra mente medita, sin respuesta sobre el más allá. Sobre ese  lugar misterioso, a donde se va sin volver.

El silencio nos invita a meditar sobre los secretos de la vida y la soledad nos estremece cuando los nuestros se quedan sin nuestra compañía en la ciudad blanca.

A nuestra mente finita, no le es posible penetrar en esos dos misterios. Son insondables. Solo le es dable percibirlos.

El poeta nos ilumina el misterio del silencio. Mario Benedetti nos dice que: “Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”. “Todo, hasta el mismo silencio tiene algo que callar” afirma Vladimir Holan, Mientras que para dos  autores  anónimos, “A veces el silencio es una opinión” y “en el silencio, me habla la muerte, de su cínica maravilla, de ser la única cosa cierta”.

En el silencio se apaga la voz, el ruido y el sonido. Se rompe  con el silbo de los cipreses guardianes o cuando el viento pasa fugaz por un  adorno roto de una tumba. O cuando la campana, con su lúgubre toque, anuncia  que  uno más ingresa a la Ciudad Blanca. O con las pisadas al desplazarse por sus calles que en forma de cortejo, se acompaña a uno de los suyos  a su morada eterna,  o cuando en tumulto los visitan en determinado día del año. Al caer las sombras de la noche, vuelven de  inmediato,  el silencio y la soledad.

En la ciudad blanca, el silencio permite dormir en paz como término de la jornada vital.

“¡Dios mío! ¡Qué solos se quedan los muertos!” –dice el poeta-. Las ciudades blancas se quedan solitarias, después de un sepelio o cuando llevamos flores para adornar la tumba. El ciprés y el pino son las únicas compañías y una cruz que el viento azota.

La dinámica de la vida sigue su curso y tal parece que la indiferencia o el olvido los arropa.

La soledad, es la prolongación del vacío. Es la nada. “En la soledad, el alma se vuelve hacia Dios, nos invade con su presencia y oímos todo cuanto él quiere decirnos”

Luis Cernuda nos dice “Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma.” Y otro autor desconocido  se consuela que “en la soledad desnudo mi alma y mi pensamiento, a la soledad me ofrezco como un lejano suspiro.”

Cuando estamos frente al mármol frío de una tumba, de pronto, entramos en profundas reflexiones sobre el silencio y la soledad, aunque no encontremos la respuesta deseada. La meditación nos arranca suspiros y lágrimas y nos sentimos pequeños ante el misterio de la partida sin retorno.

Nos asombra que “en algo tan pequeño como una lágrima, cabe algo tan grande como  el sentimiento.” 

Las sombras de la noche cubren con su manto a la ciudad blanca y en noches de luna llena, se ilumina con palidez. Cada tumba es un pedacito de plata, enclavado en donde nos estremece el silencio y la soledad.

Gustavo Adolfo Bécquer nos regala, esta reflexión:

“¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos”

Toyita, mi hermana guardaba entre sus papeles, este sentido poema de autor anónimo, que encontraron sus hijos cuando ella partió al más allá.

“No dejes que tus días pasen en el pesar./ Las lágrimas son para la tristeza,/ Ahora estoy con Jesús. Esto debe de ser tu consuelo./No debes sentirte triste ni deprimida,/ yo estaba cansada de las/ frustraciones de la vida/y necesitaba un descanso./ No te atormentes, no  preguntes o trates/de encontrar la razón de ¿por qué?/ La vida en la tierra para mi terminó/y mi tiempo de morir vino./ No pierdas el amor que te dí,/ consérvalo y hazlo crecer con/ tu devoción./ Compártelo donde quieras que vayas./ No te agobies más por mi partida,/ el día vendrá en que nos volveremos/ a encontrar en la casa del Señor/ y  está vez será para siempre.”/

 

Las sombras se disipan, callan las pisadas. La flor se marchita, el suspiro se lo lleva el viento,  la lágrima, aunque haya sido derramada en torrentes, se seca. Solo queda el consuelo de la oración que se eleva a los cielos.

“Réquiem aetérnan dona eis Dómine: et lux perpétua lúceat eis.”, porque “¡Dios mio!, que solos se quedan los muertos.”