Disculpen que sea tan insistente pero cuando veo y evalúo la cantidad de pérdidas humanas, económicas y sociales que ocasionan la multitud de accidentes de tránsito hay que hablar con la verdad, más con esas tremendas colisiones en que el número de víctimas es impresionante, como los daños y perjuicios que causan. ¿Y las autoridades?, ¡Muy bien gracias! Como que si nada ocurriera, sin menear un solo dedo para empezar a educar, formar y adiestrar a tanto conductor que usa el volante de un vehículo como si fuera arma letal.
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No es exageración. Lo confirmé en recientes conversaciones sostenidas con algunos conductores de tráileres o cabezales, alegando que si corren a altas velocidades por calles y carreteras, es porque les imponen tiempos muy cortos para llevar los productos a su destino o porque limitan el paso de sus vehículos a determinadas horas. Cuando les cuestiono su respuesta, porque aceptarla sería igual a reconocerles su derecho a atropellar a cualquier ser humano que en mala hora se le atravesara por su camino, agotan por completo sus argumentos. Su origen es la falta de cultura, buena y correcta formación.
¿Es su culpa o es de la sociedad por permitirlo?, ¿quién ignora, sin inmutarse, que se entregan como volantes de propaganda las licencias de conducir sin educar, formar y capacitar a toda clase de conductores de vehículos automotores? No es secreto para nadie entonces que en Guatemala, cualquiera, con solo tener un par de billetes en las manos obtiene su licencia de conducir, incluso, en menos tiempo que aquel que es todo un experto. Tampoco tenemos policías de tránsito que velen por la seguridad de los guatemaltecos las 24 horas del día y por ello, especialmente por las madrugadas, ocurren aparatosos accidentes.
Ninguna entidad se hace responsable de preservar la vida de los chapines. Aunque hablemos de “desastresâ€, Conred si mucho, sólo sirve para repartir frazadas. El IGSS hace tiempo abandonó tan noble y beneficiosa función. El Ministerio de Salud Pública, a pesar de que siempre anda a tres menos cuartillo y que cada vez le es más difícil prestar los servicios esenciales, siguen sus hospitales y centros de salud abarrotados por la misma causa y así pudiéramos seguir mencionando muchas más entidades a las que les importa un pito prevenir que los cementerios se encuentren literalmente abarrotados.
¿De qué se extraña usted estimada lectora que un cafre le tire el armatoste que conduce encima, la insulte y hasta le saque la pistola amenazadoramente, cuando el cafre actor ha sido educado y formado con tales características?; ¿quién no se asombra que los mensajeros motociclistas distribuyan la “comida rápida†como alma que se la lleva el diablo, si sus emperifollados propietarios y las autoridades constituidas se lo permiten? De tal manera que así, seguiremos presenciando cada vez más espantosos accidentes mientras nuestra incultura e indiferencia lo permita.