En ese tiempo yo era reportero/redactor del desaparecido diario La Nación, bajo la dirección de mi bien recordado maestro de periodismo Héctor Cifuentes Aguirre (q.e.p.d.) quien me envió a realizar un reportaje acerca del problema habitacional en Guatemala.
  Para intentar establecer el déficit de viviendas -sobre todo de las clases baja y media- entrevisté al Presidente del que posteriormente sería el Banvi. El funcionario era de apellido Anzueto, quien participaba en política. Eran tiempos de Arana.
  Me invitó a visitar dos proyectos «para la clase popular», enfatizó. Con mi compañero fotógrafo fuimos a observar los trabajos de construcción de casas en las colonias Justo Rufino Barrios y Primero de Julio. Al retornar con el jefe del Invi (tal el acrónimo de la desaparecida institución) le pregunté porqué en esos proyectos habitacionales en vez de calles habían callejones. Me espetó: -Es gente muy pobre. -Pero algún día se superarán y contarán con vehículo, argumenté. Se encogió de hombros.
  Seguidamente me dijo que también estaban construyendo otro proyecto. «Para familias de mejor poder adquisitivo, de clase media, como abogados, maestros, médicos y periodistas, como usted». Yo no tenía intenciones de radicarme el resto de mi vida en Guatemala, pero cuando le conté a mi mujer del asunto, se entusiasmó, especialmente porque ya habíamos procreado cinco hijos en 10 años de matrimonio. Esmerados que éramos. Y faltaba uno
  Allí fui a parar con toda mi tribu, la chica que ayudaba a Magnolia en los quehaceres domésticos, y el «Dos por Tres», como nombrábamos a un chucho sin linaje. A los pocos meses ocurrió el terremoto de 1976. Casi se cae la vivienda clasemediera recién estrenada. El rancho que sí se derrumbó fue el de Viviano, un campesino que vivía atrás de nosotros y quien nos vendió cuatro lotes, porque mi mujer insistía en ampliar la casa.
  Fue entonces cuando descubrí la clase de materiales de construcción que había utilizado la empresa a cargo de la ejecución del proyecto, supervisado por el sistema FHA. Para no entrar en detalles, sólo les cuento que las varillas de las columnas eran de un cuarto de pulgada. Para aprovechar al máximo el material, los constructores unían varillas con alambre o con pitas. Igual «método» se usaba para la solera. Sólo faltaba que las pegaran con chicle. Ya no digamos la «profundidad» de los hoyos de las zapatas, donde se colocaban las columnas de soporte de la casa. Un desastre.
  La vivienda la tuvimos que reconstruir por completo; pero bajo la escrutadora presencia de mi mujer, que allí andaba metida entre los albañiles, y la valiosa supervisión del arquitecto Mynor López, mi sobrino, digno de toda confianza.
  Casos como éste abundaron después del terremoto en casas financiadas por el FHA. Por el Gobierno, pues. Viviendas que habían adquirido modestas familias, también pagadas con el mismo financiamiento, quedaron seriamente deterioradas por el pésimo material utilizado en su construcción. Ya puede usted imaginarse el pisto que se embolsaron funcionarios y contratistas.Â
  Corruptos y corruptores siempre han vivido bajo el mismo techo y mamado de la misma teta.
  (Romualdo Tishudo repite la historia. Llega a la Comisaría de la PNC para hablar con un ratero. Un agente le dice: -No hay cuidado, señor, está muy bien custodiado. Mi paisano repone: -Es que yo sólo quería preguntarle cómo hizo para entrar a la casa sin que despertara mi mujer).