Se supone que el Consejo Nacional de Desarrollo Urbano y Rural constituye un foro para impulsar políticas de beneficio nacional que comprometan, tanto al gobierno como a la sociedad, en esfuerzos para producir resultados efectivos. Esa es la teoría, pero en la práctica las reuniones de tal Consejo, realizadas bajo la dirección del mismo Presidente de la República, tienen poca importancia e impacto más allá del efecto propagandístico que se le da a los encuentros móviles en los que se permite la participación de actores de la vida comunitaria y a quienes dirigen los gobiernos locales.
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Es tan poca la importancia que en el mismo gobierno se le asigna a las reuniones periódicas del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano y Rural que los Ministros hasta mandan por un tubo al mismo Presidente, quien se traslada a las regiones donde se efectúan las reuniones y se topa con que sus principales colaboradores no asisten y envían, en su lugar, a viceministros. No puede haber mayor prueba de la falta de peso del Consejo que ese comportamiento de los Ministros que ayer enchinchó al Presidente, al punto de hacer un reclamo público para manifestar su desagrado por la actitud irrespetuosa no sólo con el mismo mandatario, sino con los grupos que participan en el esfuerzo con la idea de lograr, de verdad, algunos resultados.
Tienen suerte los Ministros de que el Presidente, con todo y su fama de mano dura, no haya reaccionado como corresponde, destituyendo a quienes evidencian tan poco respeto por la gente, a la que debieran servir, y se quedan en la comodidad de sus poltronas sin tomarse la molestia, siquiera, de escuchar los planteamientos de la población. Yo estoy convencido que esas reuniones sirven de muy poco porque en Guatemala las instituciones no se comprometen ni dan seguimiento a los acuerdos alcanzados, pero reconozco que tienen un especial sentido porque permiten a los pobladores una especie de catarsis para desahogo de sus eternas y constantes frustraciones.
No se puede esperar que haya resultados concretos y compromisos institucionales para impulsar determinadas acciones después de una reunión del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano y Rural si los Ministros no le ponen coco al asunto. El irrespeto al Presidente puede ser importante, pero mucho más lo es el irrespeto a las comunidades, a los que representan de alguna manera a la población y quieren trasladar a los funcionarios sus preocupaciones, necesidades e intereses. Allá el presidente Pérez Molina y cómo quiera él manejar su trato con los funcionarios que debieran de acompañarle en esas jornadas que tienen que ser de verdadero trabajo y que permitan conocer a fondo la problemática del país para definir políticas de desarrollo que se conviertan en acciones de Estado en beneficio de la comunidad. Pero lo que no se puede tolerar y como ciudadanos debemos rechazar, es ese irrespeto a la gente que demuestra el nulo compromiso de la mayoría de funcionarios con una mística de servicio que arranca con por lo menos escuchar atenta y respetuosamente los planteamientos de los gobernados.
Si el Presidente deja que sus principales colaboradores lo manden por un tubo es cosa de él, pero otra muy distinta es aceptar que le falten el respeto de manera tan evidente a la gente.
Salvo que el día de ayer haya sido especial y la mayoría de Ministros haya dado por sentado que Pérez Molina no iría a la reunión del Consejo porque se quedaría frente al televisor para apoyar, aunque sea a la distancia, a su queridísimo equipo tricolor, la Selección mexicana, que ayer jugó para satisfacer a este pobre pueblo que, según el Presidente, estaba sufriendo ante el riesgo de una eliminación.