¿Si es delincuencia común no importa?


Reflexionando el fin de semana sobre el ataque contra Luis Felipe Valenzuela y las reacciones que se dieron en la opinión pública y de parte de algunos funcionarios públicos, me llama la atención que habí­a enorme interés por rechazar la tesis de un ataque directo por la labor periodí­stica de Luis Felipe, insistiendo en que el hecho era resultado de la violencia común. Y recordé la forma en que en Guatemala llegamos a aceptar ciertas formas de violencia, como cuando mataban a alguien y la gente decí­a, de entrada, «a saber en qué andarí­a metido» o, peor aún, «lo mataron porque estaba en polí­tica».

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

En otras palabras, si es delincuencia común la que causó el ataque a Valenzuela tendrí­amos que estar tranquilos, no obstante la paradoja porque eso significa que la totalidad de los guatemaltecos, el común de la población, está igualmente expuesto que un periodista muy destacado que hace bien su trabajo. Y proviniendo tal lógica de algunos funcionarios públicos, entre ellos el mismo encargado de la seguridad que pidió no saltar a conclusiones porque se investigaba y lo más probable era que fueran ladrones de autos los que dispararon contra Valenzuela, es para sentirnos desconsolados. La delincuencia no puede ser vista como algo común en ninguna circunstancia y precisamente porque es una anormalidad en el comportamiento humano es que en el resto de paí­ses del mundo se persigue y se condena. Lo normal tiene que ser que los habitantes de un paí­s se sientan seguros y protegidos porque sus autoridades se ocupan seriamente del combate a la delincuencia de cualquier tipo que se trate, pero en el paí­s de la anormalidad resulta que si alguien es baleado por un ladrón de autos no importa o, por lo menos, importa menos que si es atacado por asesinos a sueldo contratados para acallarlo. Relativizamos de tal manera nuestro calvario ante la violencia que siempre andamos buscando razones para no indignarnos, para no reaccionar ante los crí­menes. Ese «a saber en qué andaba metido» es una reacción inicial que, de entrada, apunta a descalificar a la ví­ctima y de alguna manera a justificar el crimen, no digamos aquella otra expresión de que si alguien era polí­tico, su muerte quedaba perfectamente explicada y no habí­a más que hablar. Como quien dice, si alguien se mete a babosadas y termina muerto, su problema. En otros paí­ses la población reacciona frente a la violencia y la criminalidad y lo hace con energí­a, demandando de sus autoridades acciones concretas no sólo para proteger a sus ciudadanos, sino también para castigar a los que violan la ley y atentan contra la seguridad de las personas. Nosotros, en cambio, todo lo terminamos relativizando, hasta el hecho de que por qué se protesta tanto cuando atacan a alguien como Luis Felipe y no se hace la misma bulla cuando la ví­ctima es un ciudadano común y corriente. Si ni con una persona públicamente admirada se tienen reacciones firmes, cuánto menos con esos hombres, mujeres y niños cuya muerte o cuya agresión apenas si alcanza para engrosar las estadí­sticas. No hay delincuencia común porque toda actitud criminal es fuera de lo común toda vez que es un comportamiento aberrante. Pero la expresión nos termina siendo útil para adormecer la conciencia y no sentir que nuestro silencio e indiferencia es, a su vez, un gesto aberrante de una sociedad que se desangra sin remedio.