Estamos siendo testigos de cómo operan en la práctica las deficiencias del mercado y la forma en que aprovechan sus imperfecciones para sacar ventaja personal en perjuicio de los individuos. En Estados Unidos la desregulación de la economía produjo formas exacerbadas de codicia que se tradujeron en actos groseros de corrupción que hacen daño a los consumidores y si eso pasa allá, donde además de los instrumentos legales existen mecanismos de control por la vigencia de un sistema de pesos y contrapesos, cuánto más en países como Guatemala donde la debilidad institucional es patética y caer en manos de oligopolios resulta en daños irreparables.
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Viene esto a cuento porque seguimos a la zaga del mundo en cuanto a la reducción del precio de los combustibles y mientras en todos lados se refleja la relación indiscutible que hay entre el precio del crudo, principal materia prima de las gasolinas y el diésel, y el precio de estos productos refinados, en nuestro país sigue operando el cuentagotas que no se aplicó cuando íbamos en dirección al alza. El Ministerio de Energía y Minas se escuda en la ley nacional que le restó capacidad para regular el mercado y dice que no tiene más remedio que tomar en cuenta los informes que les proporcionan los importadores que, al fin de cuentas, se elaboran a su propia conveniencia.
Pero la verdad es que la ausencia de instrumentos de regulación permite que se columpien en perjuicio de un pueblo que tiene enormes problemas de pobreza y que sufre severas consecuencias de la voracidad de quienes tienen la sartén por el mango. Porque no hace falta ya más debate ni discusión sobre el tema del precio de los combustibles, toda vez que basta comparar la forma y la velocidad con que subieron los precios cuando el mercado del petróleo (no de los refinados) iba al alza y contrastarlo con la actitud y la lentitud para bajar los precios cuando se modificó la tendencia.
Es obvio que en todo el mundo están aflorando en forma dramática las deficiencias del mercado. Los defensores de la agonizante teoría de la libertad absoluta que confiaba todo a la mano invisible del mercado todavía tienen el tupé de insistir en que el problema está en el Estado y su intervención, cuando la misma fue cada vez menor debido a la oleada en contra de toda forma de regulación y control. Lo cierto, aunque les cueste entenderlo, es que así como tronó al final de cuentas el comunismo mundial cuando se hizo evidente que no era el sistema idóneo para propiciar el bienestar de la gente, también el mercado está sucumbiendo al demostrarse que quienes más lo defendían y promovían fueron quienes más se aprovecharon de sus debilidades, mismas que ellos conocían perfectamente, para enriquecerse sobre la base de que estaban operando dentro del marco que les ofrecía la vigencia de la ley de oferta y demanda. Pamplinas, por no decir otra cosa, resultó ser toda la prédica porque el mercado, como el Estado, están a merced de la voracidad del ser humano y de la corrupción que campea como parte de la misma naturaleza humana. Por ello es que la sociedad siempre ha requerido de reglas para normar la convivencia y el campo económico no puede escapar a ese axioma.