Shecas en París


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¿Qué te parecen seis días de hotel en París?, preguntó René, buenísimo, contesté entusiasmado. Pues te los ofrezco para finales de septiembre. Cuando colgué, fuera de la interesante propuesta, me dije, La Abuela –el apodo eterno de mi amigo René de León-, vuelve a sus andadas para mantenernos en mutua convivencia, en reuniones recurrentes y bajo diferentes modalidades, todas inventadas por él: el cuchubal, el Panacuchu, convivios, reuniones, cenas y ahora Europa.

Juan José Narciso Chúa


Las aulas del glorioso Instituto Nacional Central para Varones, nos habían hecho coincidir hace 43 años, cuando ingresamos a primero básico.  La Abuela y Pistola –Néctor Magariño-, ingresaron al gallinero, a la sección B, Rolando Morales, el Choco y yo a la sección D y el otro Choco, Héctor Rosas, en la sección F, pero no en el gallinero.  Durante el bachillerato se inscribió al instituto Gustavo Estrada, el Oso.  Nunca pudimos creer que las aulas de este noble recinto, nos habría de llevar a trascender la amistad por tantos años y, mucho menos creer que nos llevaría a viajar juntos por Europa.

René nuevamente fue exitoso, su persistencia nos tenía ahí.  Su expresión resultaba elocuente en aquella noche en los Campos Elíseos en el George V, en donde terminamos una de esas prolongadas caminatas por el viejo, eterno y bello París, después de salir inspirados de Montmartré en una noche luminosa y fresca, estos seis alegres viejecitos, nos lanzamos a la reflexión sobre esta perenne amistad, retornando al INCV de nuestros años en común, a nuestros propios orígenes familiares humildes, a las limitaciones de nuestros estudios, pero hoy la celebración significaba reiterar y consolidar esa añeja amistad, abrigados por la noche de París y los tragos respectivos.  Los discursos fueron variados, pero todos coincidían en la importancia de ese pasado y, principalmente, en el agradecimiento a La Abuela.

La noche se hizo corta, la conversación se hizo amena, rica en anécdotas, pródiga en la plática, nutrida en la vendimia, generosamente amistosa y cercana y con ello la conversación se alargó agradable y feliz.  Salimos de ahí caminando, otros deslizándose, alguien durmiéndose; inusitadamente un descalzo nos acompañaba y decía con decisión “me moriré con los pies puestos”.  Ese ambiente jocoso y desprendido era observado por nuestro piloto obligado, Pistola, quien participaba alegremente en esa noche bohemia y quien no sólo nos manejó en París, sino además se atrevió a manejar en Liverpool y Londres, con todo el esfuerzo que implica moverse por el lado izquierdo.  Una enorme faena que agradecimos todo el tiempo a “Tola”.

Y ahí estábamos, los seis alegres viejecitos, como nos llamamos desde que salimos de Guatemala, disfrutando París. Caminamos enormemente, subimos cualquier cantidad de gradas, visitamos museos, galerías, monumentos, edificios históricos y modernos. Una tarde en la estación de un metro, nos llevó a la hilaridad cuando el patriarca pretendía insertar un billete en una ranura de tarjeta de crédito, sumado a un recuerdo regado por ahí, al descalzo se le cerraron las puertas y agitaba sus brazos como queriendo decir “ábrete sésamo”.  Una visita inolvidable, anécdotas por contar, solidaridad sin remilgos, muestras efectivas de apoyo que no olvidaré nunca, pero principalmente, este periplo significó la reiteración de una enorme amistad y lo agradable de converger y encontrar, inexplicablemente, Shecas en París.