En esta campaña que está por terminar, el candidato oficial usó como tema de campaña un llamado maniqueo a la participación de los buenos, con él a la cabeza, para enfrentar a los malos y cifraba su éxito diciendo «porque los buenos somos más que los malos». Al margen de que era una soberana babosada el planteamiento y una arrogancia al estilo de las de Bush creerse el abanderado de los buenos, vale la pena reflexionar sobre el papel que juega la gente decente en nuestro país y por qué es que la política sigue estando copada por individuos carentes de escrúpulos, para decir lo menos, dispuestos a cualquier cosa para satisfacer sus más bajas ambiciones.
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En teoría, y creyendo en la enorme dignidad del ser humano que supuestamente está hecho a imagen y semejanza de Dios, uno tendría que pensar que la maldad es la excepción de la regla y que el mayor número de hombres y mujeres son buenos. Pero siendo así las cosas, debemos encontrar la razón por la cual un puñado de malvados son los que hacen micos y pericos y los que al final de cuentas dominan el escenario político del país. Cuando alguien con principios quiere hacer las cosas bien, se enfrenta a los poderes ocultos que tienen bajo su control aun a los mismos candidatos que al final de cuentas son o se convierten en peleles que dan la cara para garantizar la supervivencia a los grupos que se organizan para esquilmar de manera criminal a la sociedad.
El fenómeno es preocupante porque si nuestro modelo político muestra tantas señales de agotamiento es porque los dirigentes no han estado a la altura de las circunstancias y justamente ello fue lo que ocurrió en otros países donde la clase política, comprometida con o siendo parte de los grupos criminales, usó el poder para enriquecerse al amparo de la corrupción generalizada, dando lugar a sentimientos profundos de frustración de la gente. Tanto así que en muchos lados han surgido figuras que aparentan mesianismo para salvar a la patria de esa confabulación entre políticos tradicionales y grupos criminales, ofreciendo romper el sistema y reconstruirlo, aunque en el fondo ese discurso sea el disfraz de autoritarismos de nuevo cuño.
Yo, a lo mejor ingenuamente, sigo pensando que efectivamente los buenos son más que los malos, pero aquí no es cuestión de cantidad sino de compromiso y determinación. Los pícaros saben tras que van y lo persiguen con insistencia y decisión, mientras que la gente buena a veces se pasa de bondad y cae en la indiferencia y la inmovilidad.
Mi abuelo decía que era mejor tratar con un diablo vivo que con un santo baboso y lo que no puede darse es que la gente buena se convierta y actúe como santos babosos, es decir, bobalicones que viven en una especie de limbo y que creen que basta con no pensar mal y no actuar mal para ser buenos. En realidad ser bueno demanda compromiso para trabajar con ahínco para impedir maldades.
El bueno que no llega a ser sal de la tierra y que no propaga ni reproduce sus buenas acciones no tiene sentido y muchos de los buenos a los que metía en el mismo costal la expresión del candidato Giammattei son cabalmente de ese corte, es decir, buenos pero indiferentes e incapaces de hacer algo y de promover los valores, los principios y la ética como forma de vida ya no sólo individual, sino necesarios en la vida social. Buenos capaces de luchar, de arriesgarse y de dar testimonio es lo que hace falta y esos, indudablemente, hoy por hoy no son más que los malos.