¿Será posible comprender?


La cantidad de información que el guatemalteco recibe diariamente es impresionante. Pero más impresionante aún es la calidad, más que la cantidad de esa información. En ella, la salud mental del lector, se ve constantemente asediada de tal manera, que es prácticamente imposible escaparse de una influencia negativa que la golpea con insistencia. Que por más optimista que se desee ser, el entorno es tan obsesionante, que casi obliga a aceptar que la realidad se impone y estamos inmersos, mental y fí­sicamente en un profundo foso. Foso en el que se mezcla en una apretada composición, lo más bajo de las pasiones del ser humano.

Carlos E. Wer

Si pudiéramos, y hay analistas que lo hacen, cuantificarlas numéricamente, caerí­amos más profundamente aún en un estado mental de desesperación y desesperanza. Corrupción en el Gobierno, a todo nivel. Corrupción en el Congreso. Corrupción en el Sistema Judicial. Corrupción empresarial. Corrupción en la Tricentenaria. Corrupción en el Deporte y en deportistas. Corrupción Municipal. Corrupción en Asociaciones indí­genas. Corrupción en ONG. Corrupción en los Partidos Polí­ticos. Corrupción en militares, en civiles, en religiosos, en ateos. En hombres y mujeres, para poder dar sensación de equidad de género… ¿en donde poder encontrar un ente u organización que se salve? ¿Dónde poder encontrar un asidero de esperanza, para poder pretender salir a flote?

Por si fuera poco, no es solamente la corrupción la que atormenta al ciudadano. Los flagelos no vienen solos. Vienen acompañados, como las parejas en motocicletas que asaltan en las más céntricas y transitadas calles de nuestra agobiada ciudad. Y la violencia se enseñorea sobre una sociedad que no solamente ha perdido el norte, sino el valor. Violencia que, quizá la única que nos da el ejemplo de lucha contra la discriminación, «agarra parejo» y sin ver tamaños, ni condiciones sociales, ataca a tirios y troyanos. Y con una efectividad digna de mejor causa, en una perfecta aplicación de la división del trabajo, se dividen entre aquellos que escogen una de a millón, diez de a cien mil, o cien de diez mil. También en una visión de justa distribución de la riqueza, misma que no es ejemplo del sistema ni nada menos, permite que aún pueda haber quienes, con menores aspiraciones, o medios para alcanzar mejor posición, se contenten con poco… pero seguido.

La violencia tampoco discrimina por baladí­es razones de edad o de género. Delincuentes y criminales, lo son hombres y mujeres. Jóvenes, adultos, y aun niños, participan en la inmensa carpa del crimen. El que para ser también selectivo se divide en organizado, profesional y amateur.

Las muestras palpables del grado de violencia e inseguridad que golpea al guatemalteco, no solamente puede notarse en la nota roja. Puede verse por todos lados, cuando el paisano, también sin distingo de razas, ni credos, ni edad, ni género, trata de defenderse o de parecer lo menos vulnerable al ojo del delincuente, y acepta confinarse en un cada vez más estrecho cí­rculo de prisiones particulares, que cierran calles con garitas, con bardas, con puertas metálicas, con cámaras o sin ellas etc.

Recién finalizado el XII Encuentro de Economistas sobre «Problemas sobre Globalización y Desarrollo», un economista cubano nos decí­a, «Podrás caminar por Cuba y no encontrar un borracho tirado en la calle. Podrás caminar por Cuba y no encontrar un indigente pidiendo limosna. Podrás caminar por Cuba y no encontrarás un niño abandonado en la calle. Ni encontrarlo tirado en el suelo cubierto de papel periódico, que le proteja del frí­o de la madrugada. Podrás caminar por Cuba y no encontrarás una madre que pida «para la leche de su bebé». No podrás encontrar un niño o joven que no tenga protegido su derecho a la educación. Ni un anciano abandonado o que no tenga derecho a la salud, porque su vejez lo convierte en un gasto ya innecesario. Ni jóvenes excluidos que encuentran en las maras, el calor de familia que nunca han tenido. ¿Por qué?

¿Será muy difí­cil comprender la diferencia?