No es tarea fácil ser padre, pero hay que ver con qué inocencia se mete uno a esos menesteres. Como en muchas cosas de la vida, uno se tira al agua y, casi de manera irresponsable, se entera tarde de la seriedad del asunto. El problema es que en ese tipo de aguas el ahogado nunca es uno solo, sino también las víctimas inocentes del atrevido irracional.
Ser padre de familia es difícil por varias razones. En primer lugar, porque se tiene la responsabilidad de educar a los hijos. Si bien es cierto esta es una tarea compartida con la esposa, el padre siente sobre sus espaldas el peso (quizá asignado socialmente) de asegurar el éxito formativo de los hijos. De aquí que muchos papás se tomen a pecho la disciplina, el castigo y hasta la cara poco amable a la hora de jugar al oficio.
Para ser un buen padre de familia se necesita también ser ejemplo en el hogar y, como se sabe, no es tarea de poca monta. A muchos papás les espanta la idea de ser modelo en casa: trabajador, honesto, comprensivo, buen esposo, cariñoso y con mucho control de carácter y paciencia. Y tienen razón de preocuparse porque la misión es casi imposible. Como se sabe, nunca la imperfección humana se hace tan evidente como en el propio hogar, hay tantos ojos observando que no queda sino sentir temor y temblor en el cumplimiento de semejante expectativa.
Ser buen padre de familia exige también presencia continua en el hogar y, en tiempos posindustriales y de éxito empresarial, la utopía es casi inalcanzable. Lejos quedaron los días en que se trabajaba ocho horas, las oficinas eran próximas y se almorzaba en casa. Jugar con los hijo se ha hecho arduo, los fines de semana se quiere descansar, leer, ver televisión y quedar a solas. La dificultad del mundo moderno nos ha alejado de los hijos y complicado la tarea educador.
Sí, celebrar el día del padre no deja de ser complicado también. Hay regalos, es cierto, muchos sentimientos y buenas palabras, pero en el fondo sabemos que muchas veces fallamos. Experimentamos una sensación de frustración cuando vemos crecer a nuestros hijos y enterarnos que sabemos poco de ellos. La brecha entre ellos y nosotros es enorme porque habitualmente falta el diálogo, la comunicación y el intercambio que son valiosos para el crecimiento humano.
El problema es tan grave en la misión de ser buen papá que a veces preferimos dejar la función a otros: la escuela, la doméstica y con suerte a la esposa. Así los hijos terminan adivinando cómo vivir, buscando íconos en la televisión y adoptando comportamientos extraños (amigos, profesores y hasta curas). Y digo «extraños» no por «malos», sino por ser ajenos a los valores que se comparten en casa.
Con todas las complicaciones que representa el oficio, sin embargo, ser padre de familia es algo muy hermoso. Esto no lo comprenderán, aunque se esfuercen, ni el cura ni quien ha optado por la soltería. Este es un regalo que sólo pocos tenemos la fortuna de vivir.