Debe ser una experiencia alucinante tomar el poder. El acto de toma de posesión para ser Presidente o Alcalde debe ser excitante. El lunes nuestro presidente Colom parecía tocar el cielo: invitó a escribir el quinto Evangelio y dijo tantas fumaduras que parecía estar en trance, de plano estaba poseído, los demonios se habían apoderado de su alma. Por eso, quizá, previendo él mismo tanta insana realidad, decidió visitar iglesias al día siguiente, primero buscando la bendición del Cardenal, después la imposición de manos de los pastores en la Megafráter.
Y no es para menos semejante experiencia mística. Eso quizá debe parecerse a lo que siente uno (mutatis mutandi) cuando finalmente se hace el amor con la chica que tanto se ha amado. Hay tanta euforia reunida, tantos deseos, tanta felicidad que uno dice cada locura y grita tanto de emoción que es capaz de llamar la atención de cualquier vecino tranquilamente instalado. Igual emoción quizá sintió don ílvaro, luego de realizar el sueño de tener la Banda Presidencial atravesada. Se comprende más si es como dijo el ex presidente Berger: «Ser Presidente de una país es el sueño natural que tiene todo niño en su infancia».
Yo no me acuerdo haber tenido semejante sueño. Yo quise ser bombero, policía, doctor o cura, pero presidente no se me pasó ni un tantito por la mente. Ese debe ser la ilusión más bien de megalómanos del tamaño de un Berger o de repente de un alma cándida y apasionada como la de Colom, pero dudo que sea el sueño recurrente de «todos los niños» como mencionó el saliente Presidente. Pero si admitimos que ese era el sueño de ellos, de nuevo, la toma de posesión debe ser una experiencia extraordinaria.
Por esa razón, se entiende que Colom no haya leído su discurso como recién estrenado Presidente. ¿A quién se le ocurre apegarse a semejante formalidad? Eso es como si uno necesitara, volviendo al ejemplo de la mujer amada luego de hacer el amor, leerle un discurso reafirmando las buenas intenciones y diciéndole lo que uno siente por ella. Es absurdo. Pero, claro, algunos dicen que es parte del protocolo, pero este «protocolo» puede irse de vacaciones en tales circunstancias. En todo caso, dejar de lado el papel muestra humanismo, inteligencia, sinceridad, muestra pasión y eso es mucho más encantador que «taradamente» leer un discurso.
Igual cosquillas sin duda sintió el otro ílvaro, Arzú, cuando renovó su autoridad en la Municipalidad. En el caso de Arzú el poder ha llegado a transformarse en droga, es un adicto y no puede alejarse de ésta. Las cosquillas ricas que sintió la primera vez quiere repetirlas cada vez que puede. Por eso la pompa con la que ha celebrado en esta ocasión la renovación de su mandato, él no se podía quedar atrás y quiso ser el centro de atención de la comunidad del país. Le encanta la pasarela y es inútil que lo trate de ocultar, él es un dios que necesita de plegarias, inciensos y feligreses.
Pero los dos álvaros no pueden dejarse embelesar por los aplausos y por la aparente fama que hoy parecen gozar. No se les debe olvidar que hace más de dos mil años un hombre justo (éste sí lo era), apasionado y también muy místico fue recibido también con mucha bulla, aplausos y silbidos, pero muy pronto fue crucificado. Así, más allá de sentir que tocan el cielo, no se les debe olvidar que también las puertas del infierno se les han abierto de par en par. Prepárense.