Sentimiento de frustración


La constante acumulación de casos de impunidad en el paí­s, sobre todo cuando tienen que ver con crí­menes de alto impacto y especialmente en los casos de corrupción, es generadora de un profundo sentimiento de frustración entre los guatemaltecos apenas comparable con el que los aficionados del futbol alientan después de cada uno de los constantes fracasos que son también parte de la estructura misma del sistema.


Creemos que la frustración es natural y lógica, pero lo que en realidad nos molesta es que se quede en simple expresión quejumbrosa, en vez de convertirse en motor para exigir los cambios que el paí­s necesita. El mejor aliado de la impunidad y de la inutilidad (para hablar de corrupción y futbol) es la secular indiferencia de los guatemaltecos que nos lleva a quejarnos sin mover un dedo para cambiar nuestra lacerante realidad. Es en verdad penoso ver que reiteradamente, a lo largo de décadas, venimos repitiendo las mismas expresiones, producto de las mismas frustraciones, sin que como pueblo seamos capaces de hacer algo para componer el desmadre.

Todos los paí­ses del mundo han pasado por momentos en que sus ciudadanos se sienten frustrados por aberrantes situaciones dignas de provocar vergí¼enza, pero cuando eso ocurre, se produce un movimiento colectivo de tal fuerza y envergadura que obliga a cambios. Los causantes del malestar no pueden resistir la oleada de dignidad que viene generada por la frustración y de esa cuenta de un mal momento se sale para adoptar medidas que permitan resolver el problema.

En Guatemala los polí­ticos, que han diseñado un sistema a su gusto y conveniencia, saben que tienen ventaja porque nuestro pueblo no pasa de la queja a la acción y por largo que sea un proceso de repudio todo se disipa con el correr del tiempo. Si no, que lo diga Meyer con sus 82 millones, caso que ya se ha diluido en la opinión pública por aquello de que siempre hay atrás otro escándalo, otro clavo, que atrae la atención de la gente dejando en el olvido lo que llegó a ser motivo de indignación.

La profunda frustración que se palpa entre los guatemaltecos tiene que ser el motor que nos impulse a cambiar las cosas, a enfrentar con decisión a una insolente clase polí­tica que se burla de un pueblo indiferente que murmura su protesta, pero que no se decide a ponerle fin a la situación existente. Cierto es que los arranques de nuestro pueblo son cí­clicos y tardan décadas en repetirse, pero hay antecedentes de que el agua mansa de pronto se alborota.