Señores diputados opónganse por favor


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Espero que los señores diputados que elegí, y los que no elegí, tengan la decencia de oponerse a las reformas constitucionales que el presidente Otto Pérez Molina enviará al Congreso en los próximos días. De hecho lo correcto sería que el pleno de diputados conozca las otras propuestas de reforma que ya se encuentran engavetadas desde hace algún tiempo.

John Carroll


Para tratar de frenar semejante atropello jurídico ya existe un recurso legal ante la Corte de Constitucionalidad que en apego a derecho debiese de ser sancionado favorablemente. Presentar propuestas de reforma a la Constitución conlleva seguir un procedimiento y todas las propuestas cumplieron con los requisitos para llegar al Congreso. El problema es que los señores diputados suelen pasarse la ley por el arco del triunfo y nosotros no exigimos, como debiéramos, que actúen apegados a la ley. El Presidente tiene todo el derecho de formular propuestas y someterlas a la consideración del Congreso, pero si en verdad quiere que se le trate con respeto, deberá respetar primero y hacer la cola que existe para dictaminar acerca de varias propuestas presentadas por diferentes grupos o personas.

Eso es en cuanto a decidir sobre todas las propuestas que hoy se encuentran en el aire. Ahora bien, en cuanto al contenido de la propuesta que el Presidente está por enviar, también espero sea vetado en su momento por pocas, pero importantísimas razones que ya he explicado en varias entradas de semanas anteriores, pero que quiero recalcar para tratar de hacer conciencia en los diputados en sus electores.

No debemos de permitir que la actual reforma sea aprobada porque la lógica de una constitución ha sido siempre la de limitar el poder de los políticos para evitar, en la medida de lo posible, los abusos de los gobernantes sobre los gobernados. Y las reformas que propone el señor Presidente no están enfocadas en este concepto. Al contrario, parecieran estar dedicadas a destruir esas protecciones de abuso y fomentar el control y la represión del individuo por medios legales, que no legítimos o morales.

Debemos de presionar a nuestros representantes en el Congreso para que voten en contra de las reformas porque existe el catastrófico riesgo de que pongan a funcionar la bendita maquinita de nuevo lo que, indudablemente, causaría, como ya todos sabemos, una espiral de crédito fácil para estos y los gobernantes que estén por venir. Crédito que seguramente servirá para financiar todos las medidas políticas que los de turno crean pertinentes incluido la gigantesca carga de funcionamiento de Estado. La consecuencia al fin y al cabo será una pérdida de valor en nuestra moneda y por lo tanto sumergirse en el eterno problema de la inflación. Cuesta muchísimo producir cuando el dinero se devalúa estrepitosamente como ya ha sucedido tantas veces en las economías de banca central. Eso es lo que queremos evitar a toda costa y se logra exigiéndoles a los diputados que, si las conocen, no aprueben las reformas.

Pero sobre todas las cosas debemos evitar que, como en muchas otras oportunidades, los señores diputados tengan en sus manos, el poder de cambiar la receta a mitad de la cocinada. Efectivamente, muchas veces hemos visto ya que, como sombrero de mago, se sabe que entra pero nunca que sale.
Las reformas presentadas y “socializadas” por el Ejecutivo tienen un grandísimo vicio de origen porque los asesores del Presidente son todos hombres de experiencia política con altísimos puestos en administraciones pasadas que no han sabido encaminar al país por el buen camino. ¿Por qué suponer que ahora están en lo correcto? Si creen que esas reformas son vitales para el verdadero avance del país, por qué es que no les vimos proponiendo nada cuando tenían, incluso, mayor poder que hoy.