¿Semana Santa pací­fica?


La paz y tranquilidad es algo que se alejó hace mucho tiempo del ánimo de los guatemaltecos porque la criminalidad impune que existe en nuestro medio se encargó de terminar con la esperanza de vivir seguros. Pasados ya prácticamente quince meses de los sesenta que durará este gobierno, no se ve que la famosa inteligencia para combatir la violencia existiera por ningún lado, por lo que a pesar de que vivimos ahora el perí­odo que debiera ser más espiritual del año, los ciudadanos no tenemos muchas razones para confiar en que el descanso discurrirá en calma.


Uno de los peligros históricos de la Semana Santa es la posibilidad de que se produzcan motines sangrientos en las cárceles del paí­s, hecho que ya aconteció en el pasado y que ahora, con la cantidad de sicarios que están en prisión, se incrementa porque es obvio que nuestro frágil sistema carcelario no es suficiente para contener tan poderosos y tenebrosos huéspedes.

Llamó la atención en el fin de semana, cuando la tierra tembló al activarse una de las tantas fallas geológicas que cruzan nuestro territorio, la manera en que los radioescuchas que se comunicaban con las estaciones de radio decí­an que los temblores eran una especie de castigo divino por la violencia en Guatemala y la indiferencia de la gente ante tanto crimen y sangre. No compartimos la idea de un Dios que esté pensando cómo castigar a la gente, pero indudablemente que entre los guatemaltecos priva la sensación de que estamos en una condición tal que merecemos algún castigo porque hemos abandonado por completo nuestros valores.

Lo que menos notamos ahora es la solidaridad que debiera haber entre los habitantes del paí­s para compartir los sentimientos de pena que provoca todo hecho de violencia. En términos generales nuestros corazones parecen haberse endurecido a fuerza de tanta maldad que nos rodea y nos enconchamos en nuestro limitado entorno para no sufrir con nuestros semejantes. Lo que pasa es que tarde o temprano nos puede alcanzar la desgracia porque nadie está inmune en estas condiciones.

De la misma manera en que no creemos que Dios está pensando cómo castigar a un pueblo que sufre, tampoco creemos que podamos salir de esta situación sin poner de nuestra parte. No bastarí­a la oración para enderezar la nave, sino que tiene que existir el complemento de nuestro esfuerzo. A Dios rogando y con el mazo dando, reza el dicho, y es lo que nos falta. Presionar a las indolentes autoridades que no hacen absolutamente nada por proveer seguridad, de manera que si no son capaces y no lo pueden hacer, por lo menos que se hagan a un lado para dejar espacio a quienes quieran y pueden.