Estados Unidos ha dejado que la democracia se desvanezca en Pakistán, dicen los expertos, y ahora está atado de manos mientras la crisis política convulsiona a este país dotado de armas nucleares que ha estado en la primera línea de su «guerra contra el terrorismo».
El presidente Pervez Musharraf, el gobernante militar de Pakistán cuyo apoyo es crucial para que Estados Unidos continúe su campaña contra los talibanes y Al-Qaida en Afganistán, enfrenta la más intensa oposición desde que tomó el poder en un golpe en 1999.
Pero los analistas argumentan que habiendo colocado miles de millones de dólares en el régimen de Musharraf, el gobierno del presidente George W. Bush es un espectador en medio de los cruentos disturbios en Pakistán, lo que también ha aumentado las tensiones nucleares con India.
La remoción por parte de Musharraf del jefe de la Corte Suprema, Iftikhar Muhammad Chaudhry, quien pretendía actuar de manera independiente, ha provocado semanas de protestas. La violencia en la ciudad de Karachi la semana pasada dejó al menos 40 muertos.
El Departamento de Estado norteamericano expresó su «profunda preocupación» por la destitución de Chaudhry, pero ha limitado sus siguientes comentarios a llamar a respetar el proceso judicial interno en Pakistán.
También hay malestar en Pakistán por la negativa de Musharraf a dejar su puesto de jefe del ejército, y su rechazo a autorizar a los exiliados ex primeros ministros Nawaz Sharif y Benazir Bhutto a regresar de cara a las elecciones previstas para comienzos de 2008.
Al hablar en su hogar en Londres par el diario The Times, Sharif fustigó la semana pasada a Musharraf y agregó que se sentía «personalmente abandonado» por Bush, quien estaba «distanciándose de 160 millones de pakistaníes» al apoyar a Musharraf.
Tanto Sharif como Bhutto están acusados de corrupción y mal gobierno, pero el experto Hamid Sharif de la Fundación Asia dijo que ellos todavía son las lumbreras del movimiento democrático y se oponen al radicalismo islámico en Pakistán.
«En la política exterior estadounidense, su preocupación por la seguridad, supera a todo en Pakistán, incluso a la democracia. Pienso que esto es extremadamente preocupante si Estados Unidos realmente quiere ver emerger un Pakistán moderado y laico», agregó.
«Las declaraciones oficiales estadounidenses están claramente dirigidas a no dañar a Musharraf», comentó Marvin Weinbaum, un ex analista de inteligencia sobre Pakistán del Departamento de Estado, quien ahora trabaja para el Instituto para el Medio Oriente en Washington.
«El peligro es que al no hacerle ningún daño, Estados Unidos pueda encontrar que sus intereses se dañaron si el se va», agregó, diciendo que Washington no tiene un «plan B» sin Musharraf.
Sin embargo, al mismo tiempo algunos en Washington están cuestionando la utilidad del apoyo estadounidense a Musharraf, quien se convirtió en aliado crucial luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001 por parte de la red Al-Qaida de Osama bin Laden.
Desde entonces, Pakistán ha recibido unos 10.000 millones de dólares en fondos estadounidenses, incluidos recursos para operaciones antiterroristas a lo largo de su frontera con Afganistán, de acuerdo al Center for Strategic and International Studies (CSIS).
Los críticos dicen que con Bin Laden todavía suelto y con los talibanes ahora resurgiendo, la generosidad estadounidense ha sido derrochada.
«Musharraf está todavía en el poder, pero no es el mismo Musharraf con quien la comunidad internacional ha estado trabajando durante seis años, ni es el mismo Pakistán,» escribió en un comentario la analista Teresita Schaffer, del CSIS.
«Estados Unidos necesita hacer política con un ojo en la estabilidad de largo plazo de Pakistán, no sólo trabajando en las relaciones de hoy», agregó Schaffer, ex subsecretaria de Estado adjunta para el Sur de Asia.