La mente es simplificadora, atenida y perezosa. Por eso es, quizá, caldo de cultivo fácil para albergar y mantener prejuicios. Nos atenemos a fórmulas y manejamos información que raramente confirmamos o discutimos. Así los mitos tienen una importancia capital pues nos ayudan a conducirnos por la vida, a entender la existencia y brindarnos seguridades.
¿Como qué tipo de mitos? Tengo dos que propongo a usted que es inteligente. El primero tiene que ver con eso de que la corrupción apesta, huele mal y tiene como protagonista exclusivo al sector público. Esta es una afirmación que divulgada una y mil veces por grupos interesados anida cómodamente en nuestra materia gris y la compartimos tranquilamente a los cuatro vientos. Somos apóstoles de la «creencia» ridícula de que la corrupción es un acto deleznable propio «sólo» de políticos. El sector privado, es la declaración oculta de la proposición, es todo lo contrario: noble, trabajadora, sacrificada, honrada, sacrificada y poco falta para decir también «vírgenes y mártires».
Aferrarse a la idea de que la corrupción es sólo del sector público es ser ingenuo, ciego, malévolo, tonto, o todas las cosas a la vez. La experiencia ha demostrado que algunas veces (no siempre claro está), el sector privado ha buscado el saqueo del Erario público en contubernio con burócratas del Estado. Hay asociaciones ilícitas de «diz» que empresarios que gustosamente buscan goles a costas del capital producto de los impuestos. Negarlo es absurdo y necio. Hay una mano peluda e hipócrita que ya sea prestando helicópteros o cubriendo los malos manejos de los bancos lucran a partir de acciones deshonestas.
El otro mito tiene que ver, siempre con el tema de la corrupción, que ésta es (siempre) sólo de políticos y que los cuadros técnicos y profesionales pertenecen al lado de la honorabilidad digna de un ícono en Catedral. No es cierto tampoco y creerlo y defenderlo sólo demuestra candidez o estupidez de parte nuestra. La corrupción está en todas partes y no sólo tiene que ver con políticos. La experiencia ha demostrado que los curas pueden ser corruptos (véase el caso de Costa Rica), los abogados dignísimos del Tribunal Supremo Electoral, los auditores ciegos (o cegados) de las instituciones de Gobierno y un etcétera que podría tocarnos también a los que escribimos columnas de Prensa. La corrupción está de moda y no se necesita tener un don sobrenatural para enterarse de esto.
Por lo anterior, cuando usted se escuche repetir afirmaciones populares dándoles todo el crédito, deténgase y recrimínese por bobo. No deje que las consignas que están en el ambiente gocen de su asentimiento inconsciente. Piense que si usted hace caso a todo lo que escucha terminará creyendo que: hay que comer dos huevos diarios para mantener buena salud, las encuestas son infalibles e imparciales, los «bestsellers» son las mejores obras literarias producidas y, por último, que los diarios y los noticieros «siempre» dicen la verdad. Sea un escéptico de profesión, eso le ayudará a ver mejor el mundo.