Nuevamente, igual que lo hicieran los santos padres León XIII, Juan XXIII, Juan Pablo II, Benedicto XVI ha emitido una encíclica social denominada Caritas In Veritate, cuyo contenido está dirigido a los católicos, a quienes profesan otra fe e incluso a quienes estiman que no profesan ninguna religión. En síntesis está dirigida a todos los hombres.
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En esta encíclica, igual que en las anteriores decretadas por los respectivos papas, se hace un llamado a la sensibilidad, a la necesidad de solidaridad para el desarrollo de los países pobres y ante todo de los seres humanos que se encuentran en pobreza y extrema pobreza.
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Es un documento en el que el Santo Padre nuevamente manifiesta la importancia de regular las relaciones económicas, el principio de gratuidad, la fraternidad, lo que debe ser la actividad económica. Vuelve a recordarnos que los valores del cristianismo no son un elemento útil sino indispensable para la construcción de la sociedad y del verdadero desarrollo humano integral.
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Cuántas personas asisten semanalmente a la Iglesia, cuántos se arrodillan, se postran o se inclinan ante Dios y cuántos sólo aparentan hacerlo. Decir soy cristiano, soy creyente, soy devoto, fervoroso y respetuoso de los valores de la ley natural, de la ley de Dios, no es difícil, engañar a nuestros semejantes es sumamente fácil, engañar a Dios es imposible.
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En nuestro país existe un fuerte movimiento de la corriente que iniciara monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, el Opus Dei. La pregunta que me hago es cuántos de estos guatemaltecos y guatemaltecas son sinceros, predican y aplican la doctrina social de la Iglesia, o cuántos de ellos sólo pertenecen al movimiento del Opus Dei, como pertenecen a un exclusivo club.
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La Conferencia Episcopal, las iglesias cristianas evangélicas, los sacerdotes y pastores de todo el país deben plantearnos en base a la Doctrina Social, en este momento de crisis mundial, la pregunta y si lo desean la respuesta que la sociedad requiere.
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El país no puede continuar teniendo la más elevada tasa de pobreza y miseria, la menor recaudación de impuestos directos de América Latina, salvo Haití. No podemos pensar en un futuro pacífico, positivo y productivo si no reconocemos nuestros incumplimientos, errores y omisiones. El presente y el futuro de todas las generaciones de chapines depende de que no prediquemos, sino que nos convirtamos en seres humanos responsables, solidarios, de bien común.
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Es muy probable que quienes nos encontremos en la tercera edad, al final de la vida no lleguemos a ver lo que se plantea en esta nueva encíclica, pero igual que Moisés, nos encantaría divisar la tierra prometida y saber que la ley humana será cumplida, será inspirada y desarrollada como un reflejo imperfecto de la ley de Dios.
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Las encíclicas son la expresión ex cátedra de la cabeza de la iglesia, por consiguiente son la punta de la pirámide de las normas sociales que bien aplicadas deben constituir la actualización de la sociedad, para el beneficio de hombres, mujeres, ancianos y niños que necesitan y merecen vivir en paz.
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La actual crisis económica mundial requiere la creación de un orden más justo, ecuánime, y balanceado, con un elevado contenido ético y de preservación del medio ambiente.