Antes las abuelas se quejaban porque los patojos las oían como oír llover, es decir, con absoluta indiferencia y sin prestar realmente atención a lo que decían. Ahora, sin embargo, las lluvias han sido tan tupidas y tan frecuentes que cuando se escucha que empieza el aguacero, uno piensa en las miles de personas que viven en condiciones de riesgo y en la vulnerabilidad de nuestra muy precaria infraestructura, por lo que ya no se puede decir que oír llover sea sinónimo de indiferencia.
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En cambio, si algo nos tiene sin cuidado a los guatemaltecos es oír matar. Todos los días escuchamos que mataron a alguien, posiblemente un piloto de transporte de pasajeros, un usuario de ese servicio, un automovilista que no quiso o no pudo entregar su celular o hasta alguien que recibe una de las llamadas balas perdidas que matan igual que aquellas que se disparan con un objetivo en particular.
No digamos la corrupción. Ya damos por sentado que quien se mete al servicio público tiene que hacer sus lenes a como dé lugar y lo vemos como la cosa más natural del mundo. La mordida es parte esencial de nuestro sistema y lo mismo funciona para lograr un pequeño favor o ventaja como para asegurarse el más millonario contrato o la compra de atractivos bienes del Estado. Funcionario que no roba y sale armado está condenado a ser visto como un pendejo que desperdició la oportunidad, lo mismo que el empresario que teniendo el chance de hacer un gran negocio lo deja pasar por el prurito de la honradez.
Por eso digo que en ese acomodo que la actualización del lenguaje produce cada cierto tiempo, modificando viejos refranes para hacerlos más acordes con la realidad y representativos de lo que en verdad ocurre y se trata de reflejar, hemos de ir cambiando la vieja expresión. Ya no se deberá decir que el gobierno oye las quejas de los ambientalistas como oír llover, sino que habrá que decir que las oyen como oír matar. Porque está más que demostrado que para el gobierno hay diferencias en eso. La lluvia si provocó reacción y hasta se decretó un Estado de Calamidad que abre la oportunidad de realizar compras y contrataciones pasándose la Ley que regula esos negocios por el arco del triunfo. En cambio, la muerte cotidiana sí que provoca esa indiferencia que tanto molestaba a las abuelas cuando lanzaban sus expertas advertencias a los nietos que se reían de tales preocupaciones.
Todos los días, también, se denuncian trinquetes de todo calibre cometidos en el ejercicio del poder y uno sabe que hay decisiones que fueron bien aceitadas por millonarios sobornos. Lo penoso es que los ciudadanos ya damos por sentado que así es la cosa, que el sistema funciona de esa manera y no nos preocupa que así sea. Salvo cuando resulta que el ladrón nos cae mal, entonces usamos el latrocinio como pretexto para volarle leño, pero iguales actos cometidos por los que son de nuestras simpatías no provocan ni siquiera un intento por levantar una ceja.
Somos un país marcado por elevados niveles de indiferencia en las cosas más importantes. Si matan, buscamos siempre el pretexto que nos permita explicar el crimen con aquella célebre frase: «Â¡A saber en qué andaba metido!». Muchas veces ante el trinquete, decimos que por lo menos están haciendo obra o repartiendo dinero a la gente más necesitada, mientras que otros robaron sin hacer nada. Y nos vamos condenando a enseñar a nuestros hijos que ya no somos indiferentes al oír llover. Somos indiferentes al oír matar o al ver robar, porque eso sí, como dijo alguna vez la esposa del Presidente, nos viene del norte.