Carlos Alberto su hijo, y a quien cariñosamente le llamamos Tico, vive con su mujer e hijos en Fort Lauderdale y estaba en Holanda cuando nuestra Mercedes, su madre, enfermó gravemente. Hubo de regresar de urgencia para despedirse de ella, lo cual lo logró a cabalidad. Llegó pocas horas antes de su fallecimiento, ella lo miró y balbuceó su nombre.
Tico tiene un talento musical, toca la guitarra y ha compuesto decenas de canciones, y hace apenas dos meses, durante su visita navideña, le cantó a su madre. Fue para la Meches un conmovedor regalo.
Ayer, unas tres horas después de su muerte, estábamos con la Lila mi mujer, en la habitación donde yacía, ya bien arregladita, Mercedes. Le pregunté a Tico si acaso no le había cantado y fue entonces que inició, con voz trémula por la emoción, una canción, que la abuela Alicia les cantaba cuando niños. La inició con una débil voz, pero paulatinamente su corazón le obligó a cantarla con más intensa voz, de manera que todos en la habitación pudimos oírla. Se sintió que esas notas brotaban de mucho más allá de su mente y de su corazón, transportando una mezcla de felicidad y dolor a todos a aquellos idos años, cuando cual renuevos de olivo alrededor de la mesa, se clausuraba la cena con la canción de la abuela.
Otro detalle que a la Lila mi mujer le impresionó y así me lo reiteró en más de una ocasión fue la acendrada atención cargada de caricias que a Meches le prodigó su hijo Francisco, el Pancho, así como la entrega que para servirla le ofreció su hija Ana Patricia, la Pati, quien viajó de Costa Rica para estar aquí, a su lado, durante sus últimos días.
Mercedes, ya en su lecho lucía bonita. La habían arreglado sin exageración de maquillaje, sus hijas María Del Rosario y Claudia, y de verdad lucía una pacífica serenidad, fiel testiga de la felicidad que inunda el alma cuando se sabe que se ha cumplido con el deber y que de él se hace satisfactoria entrega.
Víctor, fiel compañero desde hace 56 años, pidió que lo dejaran a él solo con ella, y ahí estuvieron, de la mano. Estoy seguro que en medio de ese silencio se dijeron muchas cosas que llevaban el agradecimiento de ella para él porque, Víctor, no lo estoy exagerando, fue siempre y de verdad un excelente y ejemplar esposo. Muchas gracias Víctor por su inclaudicable amor para la Mechitas.
Como que la muerte no es solamente un instante, como que es mucho más que dejar de respirar y palpitar. En el caso tuyo, Meches, fue todo un impresionante proceso cargado de amor con el que te despediste, enseñándonos cómo es que se debe morir. Creo que los hermanos que quedamos, Carmen, María, Alberto y este individuo, hemos aprendido mucho de ti.
A propósito, Meches, ahora recuerdo que cuando en el año 1949, con un grupo de compañeros estudiantes de medicina viajamos a California, tanto tú, como nuestra recordada Alicia, y Carmen, me obsequiaron, cada una, Q100.00?que aún no los he reintegrado. Te prometo que, en cuanto los tenga, te los pago.