Un pequeño recorrido por la historia del país, que ya suma algunos gobiernos «democráticos» da cuenta que los indicadores en temas como alimentación, vivienda, educación, seguridad, entre otros, no han variado según la realidad guatemalteca.
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Un reciente pronunciamiento del Programa Mundial de Alimentos (PMA) asegura que más de la mitad de la población guatemalteca vive en pobreza y pobreza extrema, por lo que sus condiciones de vida son infrahumanas, heredando la peor parte a las nuevas generaciones.
Los efectos negativos de estas situaciones, según el PMA, se ven y se verán reflejados en las niñas y niños que no reciben, en inicio, una alimentación apropiada y que por lo tanto no crecen ni se desarrollan adecuadamente.
Estos datos alarmantes, más no nuevos, ponen en la mira a las autoridades guatemaltecas que por años han demorado la solución de éste y otros temas prioritarios. De igual forma, a los grupos que entorpecen la discusión de políticas serias que permitirían sentar de una buena vez, un precedente de solución.
Sólo en el 2007, la desnutrición infantil le quitó la vida a más de 24 mil infantes, y al Estado guatemalteco le costó cerca de 3 mil 128 millones de dólares. La mayoría de muertes infantiles se registró en áreas rurales, donde la dieta principal es a base de maíz y frijol, y son duramente excluidas de políticas de desarrollo.
Guatemala es un país de gente joven, 70 por ciento de la población no sobrepasa los 45 años de edad, y la mayor fuerza productiva se concentra en este segmento, por lo que la cadena de repercusiones alcanza niveles increíbles, ya que una niña o niño no desarrollado afecta incluso la productividad nacional, porque su nivel físico e intelectual es muy bajo y su expectativa de vida, muy poco alentadora. Los daños provocados por una mala alimentación son irreversibles.
Ni la «preocupación» o «bolsa de alimentos» son suficientes. Un modelo de Estado, que continúa planteando la reacción (y no sólo en este tema) en lugar de prevención, y perpetúa la no solución, debe ser seriamente cuestionado.
En los actuales momentos de crisis alimentaria que se viven mundialmente, la agenda nacional debe tratar temas, que indudablemente se entrelazan, y que afectan a las mayorías. Se deben echar por la borda los temas de carácter elitista en pro de mantener a ciertos sectores en el dominio del país, y sobre todo que privilegian las ganancias de unos sobre otros acrecentando la brecha de pobreza y marginación.