Se han desparramado los ministerios de Estado


En el Palacio Nacional que dejó la administración del general Jorge Ubico, ahora «apellidado» de la Cultura, funcionaron los ministerios de Estado, los cuales eran, hasta hace no muchos años, sólo diez.

Marco Tulio Trejo Paiz

En un régimen de gobierno que surgió no hace mucho tiempo, los ministerios levaron anclas del «Guacamolón», y es que ya no cabí­an. Los locales de los diferentes pisos llegaron a carecer del espacio que requerí­an para su normal funcionamiento.

Ahora esos despachos de altos vuelos se encuentran instalados en diversos lugares de la capital, lo que no deja de causar molestias en sus ires y venires a las personas que necesitan promover gestiones de su interés, incluidos los de las mamandurrias…

Resulta engorroso y tedioso en la actualidad andar localizando los ministerios que fueron diseminados. Las lenguas camaleónicas dicen que eso ocurrió porque habí­a que ayudar a los que dieron jugosos aportes en las campañas electorales, quienes, desde luego, eran o son propietarios de suntuosas mansiones situadas en las principales zonas de nuestra flamante urbe.

Habrí­a que construir un palacio exclusivo para concentrar las codiciadas posiciones burocráticas de referencia, no sólo para atender eficientemente los negocios estatales, sino también para evitar el intenso trají­n de los gobernados que necesitan la atención del oficialismo en cuanto a problemas y necesidades que, por lo regular, son apremiantes.

En los jaleos electorales (o electoreros) se ofrece el oro y el moro a los ciudadanos y a los demás segmentos que conforman la población del paí­s; mas, una vez los personajes que hacen gala del triunfalismo se sientan en las mullidas poltronas, se olvidan de quienes les sirvieron de escalera para llegar al cielo con que soñaron.

Esa ha sido la situación de siempre. Empero, ha habido gente que sí­ ha hecho honor a la palabra empeñada en lo que hace a ofrecimientos. Algunos gobernantes (y aquí­ incluimos a todos los que echaron «culas» para lograr la abundante pepena tras despanzurrar la piñata) fueron consecuentes con algunos elementos del electorado, pero otros les han dado las espaldas. Se encerraron como a piedra y lodo en los cubiles…

Bueno, pero cortemos esa ingrata historia y digamos en voz alta, a tí­tulo de sugerencia a las autoridades constituidas, que el pueblo verí­a con beneplácito que se erigiera en la actual administración de los supremos intereses del Estado guatemalteco, el Palacio de los Ministerios, a fin de que volvieran a funcionar bajo un solo alero, no desperdigados, por así­ decirlo. De esa manera, se ahorrarí­an tantas dificultades a tirios y troyanos que hoy por hoy andan de la Ceca a la Meca viendo cómo solucionar sus problemas.

Como es sabido, cada gobernante de turno trata de perpetuar en la memoria de los hijos de este paí­s de la «eterna primavera», con obras realmente distintivas como las que dejaron otros hombres en pasadas épocas.

Oportuno es decir, en obsequio de la justicia, que Ubico dejó relevante obra material a lo largo de su dictadura de los 14 años. El doctor Juan José Arévalo Bermejo, a la vez, dejó magní­ficas realizaciones que mucho han beneficiado a los guatemaltecos.

El Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, las escuelas tipo federación, entre otras obras materiales, son testigos mudos respecto de que, a pesar de ser mudos, hablan con el lenguaje de la elocuencia sobre que el corpulento hombre de Taxisco dejó una luminosa huella a su paso por la presidencia de la República. Es más, Arévalo hizo obra positiva en lo social, en lo educativo, en lo cultural, en lo cí­vico; fue promulgado el Código de Trabajo y otras leyes que a estas alturas del siglo XXI siguen brindando beneficios a la colectividad nacional. . .

Así­, pues, desde esta tribuna al servicio de Guatemala y de los guatemaltecos, lanzamos hacia la cima del volcán burocrático, especialmente al presidente ílvaro Colom Caballeros, esta sugerencia con el propósito de que se vaya pensando en construir el Palacio de los Ministerios, obra que merecerí­a el justo reconocimiento de todo un pueblo.