Se fueron las cabañuelas


Cuando era mozalbete se hablaba de las cabañuelas, éstas consistí­an en calcular el estado del tiempo durante el año siguiendo el comportamiento de los primeros doce dí­as, los cuales, a manera de un rústico Insivumeh, indicaban cómo habrí­an, los campesinos, de efectúan sus siembras.

José Antonio Garcí­a Urrea

Desde luego no se escapaba el uno de enero, que si hubo mucho sol, que si nublado, que si lloviznó, así­ el resto del mes. El dos correspondí­a a febrero, ventoso y con lloviznas. Marzo, pues caliente, abril y mayo, pues así­ y así­. Los cambios climáticos según las cabañuelas seguí­an estudiándose en esta forma, y se sabí­a cuando un invierno iba a ser seco y cuando lluvioso, así­ como cuando iba a caer una helada, para entonces se preparaban reuniendo hojarasca, palitos y basura en los zureos, y la noche indicada estaban a la espera de la madrugada para cuando llegara la helada, le prendí­an fuego a todo aquello, templaban el ambiente y se salvaban las cosechas.

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Lo mismo hací­an con los truenos y la presencia de nubes, miraban, los labriegos para arriban, seguí­an la dirección de los rayos y el movimiento de las nubes y decí­an: «Esagua no va a cair», y no caí­a.

Recuerdo una vez que estaba en Asunción Mita, haciendo un trabajo y cuando terminé me disponí­a a regresar, pero me advirtieron: «No se vaya patrón», así­ le decí­an, o dicen, a todos los zapatudos, «le va a coger el aguajal en el camino, y va a ser juerte», yo tení­a que regresar, pues bien tempranito abordé la camioneta. Cabal, al mediodí­a empezó a llover, y de que manera. Como esas ví­as no estaban asfaltadas, la camioneta a cada trecho se quedaba atascada, tení­an que conseguir unas dos yuntas de bueyes para que la sacaran, y mientras tanto todos los pasajeros para afuera, bajo la lluvia y entre el lodazal. Por fortuna yo usaba botas altas y me cubrí­a con la chumpa.

Habí­a, no se si aún persiste, un indicador de lluvias, cuando el 15 de junio dí­a del Corpus lloví­a, también lloví­a para el 15 de agosto, en plena feria. Los puestos callejeros los cubrí­an con lonas, porque nada de plásticos, como ahora, y todos a correr y a meterse a los salones, que eran un lujo, o al Templo Minerva, que derribado por haber sido construido por un dictador, el abogado Manuel Estrada Cabrera, sin embargo, el doctor Juan José Arévalo, cuando fue ese gran Presidente que no lo han logrado imitar, realizaba actos culturales en él. Habí­a carreras de caballos en su pista; llegaban los comerciantes a realizar sus transacciones, las recuas de ganado mular, caballar, vacuno y porcino, que a su paso por las calles de la ciudad levantaban grandes polvaredas. Meriendas en el Parque de Jocotenango, que así­ se llama, hoy reconstruido. Y a propósito ¿cuándo irán a quitar a Morazán de allí­, que no tiene nada quehacer en ese lugar.

Pues volviendo a las cabañuelas, los campiranos, siguiéndolas, sabí­an cuándo debí­an efectuar sus siembras, se preparaban para las sequí­as o para las lluvias intensas que en esos tiempos lloví­a torrencialmente hasta una semana seguida, dí­a y noche. Entonces los desbordamientos de los rí­os no afectaban por que no estaban habitadas sus riveras. ¡Ah!, se me olvidaba que como se sabí­a cuándo iba a haber vientos fuertes y no habí­a terrazas fundidas, todos se preparaban reclavando sus láminas.

Pero ahora, con el cambio climático ya no se pueden calcular las cabañuelas, pero en cambio tenemos el Insivumeh, que nos proporciona el estado del tiempo con dí­as de antelación.