Cuando era mozalbete se hablaba de las cabañuelas, éstas consistían en calcular el estado del tiempo durante el año siguiendo el comportamiento de los primeros doce días, los cuales, a manera de un rústico Insivumeh, indicaban cómo habrían, los campesinos, de efectúan sus siembras.
Desde luego no se escapaba el uno de enero, que si hubo mucho sol, que si nublado, que si lloviznó, así el resto del mes. El dos correspondía a febrero, ventoso y con lloviznas. Marzo, pues caliente, abril y mayo, pues así y así. Los cambios climáticos según las cabañuelas seguían estudiándose en esta forma, y se sabía cuando un invierno iba a ser seco y cuando lluvioso, así como cuando iba a caer una helada, para entonces se preparaban reuniendo hojarasca, palitos y basura en los zureos, y la noche indicada estaban a la espera de la madrugada para cuando llegara la helada, le prendían fuego a todo aquello, templaban el ambiente y se salvaban las cosechas.
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Lo mismo hacían con los truenos y la presencia de nubes, miraban, los labriegos para arriban, seguían la dirección de los rayos y el movimiento de las nubes y decían: «Esagua no va a cair», y no caía.
Recuerdo una vez que estaba en Asunción Mita, haciendo un trabajo y cuando terminé me disponía a regresar, pero me advirtieron: «No se vaya patrón», así le decían, o dicen, a todos los zapatudos, «le va a coger el aguajal en el camino, y va a ser juerte», yo tenía que regresar, pues bien tempranito abordé la camioneta. Cabal, al mediodía empezó a llover, y de que manera. Como esas vías no estaban asfaltadas, la camioneta a cada trecho se quedaba atascada, tenían que conseguir unas dos yuntas de bueyes para que la sacaran, y mientras tanto todos los pasajeros para afuera, bajo la lluvia y entre el lodazal. Por fortuna yo usaba botas altas y me cubría con la chumpa.
Había, no se si aún persiste, un indicador de lluvias, cuando el 15 de junio día del Corpus llovía, también llovía para el 15 de agosto, en plena feria. Los puestos callejeros los cubrían con lonas, porque nada de plásticos, como ahora, y todos a correr y a meterse a los salones, que eran un lujo, o al Templo Minerva, que derribado por haber sido construido por un dictador, el abogado Manuel Estrada Cabrera, sin embargo, el doctor Juan José Arévalo, cuando fue ese gran Presidente que no lo han logrado imitar, realizaba actos culturales en él. Había carreras de caballos en su pista; llegaban los comerciantes a realizar sus transacciones, las recuas de ganado mular, caballar, vacuno y porcino, que a su paso por las calles de la ciudad levantaban grandes polvaredas. Meriendas en el Parque de Jocotenango, que así se llama, hoy reconstruido. Y a propósito ¿cuándo irán a quitar a Morazán de allí, que no tiene nada quehacer en ese lugar.
Pues volviendo a las cabañuelas, los campiranos, siguiéndolas, sabían cuándo debían efectuar sus siembras, se preparaban para las sequías o para las lluvias intensas que en esos tiempos llovía torrencialmente hasta una semana seguida, día y noche. Entonces los desbordamientos de los ríos no afectaban por que no estaban habitadas sus riveras. ¡Ah!, se me olvidaba que como se sabía cuándo iba a haber vientos fuertes y no había terrazas fundidas, todos se preparaban reclavando sus láminas.
Pero ahora, con el cambio climático ya no se pueden calcular las cabañuelas, pero en cambio tenemos el Insivumeh, que nos proporciona el estado del tiempo con días de antelación.