La emigración, fenómeno social que ha llegado a constituirse en la panacea de los problemas económicos y sociales de países subdesarrollados como el nuestro, muy pronto dejará de ser una alternativa. La última advertencia la ha lanzado el Parlamento Europeo con una estricta ley antiinmigrante que amenaza con castigar severamente a todo indocumentado que permanezca en territorio del viejo mundo.
Al igual que la HR-4437 que se encuentra temporalmente en el congelador del Congreso norteamericano, me parece una ley bastante restrictiva, y digo restrictiva pues esta ley europea va directo con el mazo a frenar a esos contingentes humanos que huyen de la inseguridad y la pobreza. Por cierto que en el caso nuestro, esta decisión constituye un acto definitivamente incongruente con el espíritu del «Acuerdo de Libre Asociación» que impulsa el viejo continente con la región centroamericana. Indudablemente que estas leyes son una analogía de la HR-4437, no solamente porque con ellas se pretende castigar a todos los indocumentados privándoles de su libertad al encarcelarlos, sino porque al igual que la temporalmente detenida ley norteamericana, también castiga a estas personas con la prohibición de no reingresar al territorio del viejo mundo en un período no menor de cinco años.
No cabe duda que este tipo de legislaciones constituye una fuente de gran preocupación para nosotros, pues de no ser por la emigración, sin lugar a dudas que estaríamos en una situación que bien podríamos calificar de desastre. Con un déficit comercial tremendamente abismal, las remesas familiares con sus más de 4,100 millones de dólares anuales se han constituido en el factor fundamental de la estabilidad macroeconómica de nuestro país. Sino, sólo imagínese estimado lector, a cuánto estaríamos pagando el galón de los combustibles con un tipo de cambio entre el 12 a 14 x 1. Aunque esto solamente establece un ejemplo de por qué el tema migratorio representa una situación mucho más importante de lo que muchos creen.
No cabe duda que ésta es una época coyuntural para países como el nuestro, como que durante algunos años nos estará lloviendo sobre mojado, no únicamente por los precios inalcanzables de los combustibles, la carestía de alimentos y la crisis económica que ya empezó a castigarnos, sino también porque las principales fuentes externas de trabajo para nuestros compatriotas ya han dado avisos de que pronto estarán cerradas.
Es un horizonte que con premura nos presiona a la reflexión, a la creatividad y al cambio. Tenemos grandes desafíos por delante y lo más difícil de esto es que estamos contra reloj, por un lado tenemos la imperiosa necesidad de cambiar nuestra matriz energética, pero por otro también necesitamos transformar el modelo que ha provocado la constante expulsión humana que estamos sufriendo en nuestro país. Sin embargo en estos momentos el aspecto más importante es comprender que estamos obligados a dejar por un lado nuestras diferencias y sentarnos a discutir y consensuar las mejores decisiones para enfrentar las grandes amenazas que se ciernen sobre nosotros. Si no actuamos de manera responsable y congruente con la difícil época que ya empezamos a vivir, salir del pantano nos representará vivir extensos períodos de angustia y lamentos. Algo que un poco de inteligencia y humildad muy bien podríamos evitar.