Ocho días hace ya que provocaron gran ruido a nivel mundial las inhumanas atrocidades que cometen las llamadas Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) contra hombres, mujeres y niños que secuestran y torturan a lo largo de años de cautiverio en lugares selváticos, casi abióticos, donde se asientan sus huestes.
Fue el lunes 4 de febrero en curso que, en las principales ciudades de numerosos países de todos los continentes, millones de personas de los diversos estratos y condiciones sociales inundaron plazas y calles para expresar a voz en cuello su repudio a la organización guerrillera, cuyos «julos» han hecho su modus vivendi de las acciones propias de la politiquería y de la trasnochada ideología con todos los pecados de lesa humanidad.
En la televisión internacional y en otros importantes medios de comunicación hemos visto, no sin llenarnos de coraje, cómo tratan las FARC a los rehenes, pues los encadenan y someten a vejámenes físicos y morales como en los viejos tiempos de la Edad Media. Con toscas, chirriantes, indignantes y frías cadenas los mantienen las 24 horas de cada aciago día, y así comen «cualquier cosa» y duermen cuando bien les va. A los opresores les importa un bledo si están enfermos, presas de la inanición o, sencillamente, agonizando. ¡Qué barbaridad!, ¡qué hígados!
¡Los derechos humanos son pisoteados a sabor y antojo, haciendo gala de impunidad, por los inhumanos equiparables a los chacales!
Los remicheros de marras llevan ya alrededor de medio siglo de pretender asaltar el poder colombiano para cambiar radicalmente a la soviética de la era estaliniana la vida institucional de la gran nación del sur, pero, sabido es, que tienen al santo de espaldas: ¡A todo un pueblo que los rechaza y maldice!
Colombia ha sido y sigue siendo anegada de sangre. Su extenso territorio se ha convertido en una cárcel dantesca y gigantesca, pero a la vez en un cementerio sin panteones ni cruces y cuajado de fosas comunes. Y es que hay fieras que devoran a sus víctimas y, rascando tierra con las patas, esconden las huellas macabras…
¡Y pensar que hay «ombres» (sin h), megalómanos e histéricos que, creyéndose todopoderosos, con tufos de dictadores a lo Hitler, apoyan a las hordas de las FARC y, de ribete, abogan por que se legitime a esa gente de horca y cuchillo para que realice actividades como cualquier partido político enmarcado en la ley! ¡Qué cinismo, que osadía!
En la América del Sur se escucha la monotonía estridente de un disco rayado que denota la conspiración de ensoberbecidos demagogos entronizados contra lo que ellos califican de «imperio del norte» (de los Estados Unidos), pero en todo el mundo que rodea a esos conjurados se les atribuye la pretensión de estar intentando establecer un «imperio terrorista» como el que quitaba el sueño a Saddam Hussein y como el que quisiera construir el rabioso dictadorzuelo de Irán, Mohamed Amahdinejad.
No cabe duda que están ofendiendo y perturbando en su sueño eterno a Simón Bolívar en su tumba, pues mientras el heroico epónimo de la mencionada región del hemisferio occidental luchó hasta los solemnes instantes de su muerte por la libertad de Hispanoamérica, otros, en la actualidad, quisieran abolir las libertades a las que tienen (o tenemos) derecho todos los humanos.
En nuestro continente y en el resto del mundo no embrutecido por el fanatismo y por el belicismo se escuchan voces clamorosas de paz, no de barbarie, no de guerra.
¡Que viva la libertad! y ¡que muera el liberticidio de quienes quieren oprimir a las sociedades latinoamericanas y de otras latitudes mediante el imperio del terrorismo!, es el grito de gran resonancia de los pueblos civilizados de verdadera devoción democrática!