Se acomodan la pelota


Cuando trascienden las propuestas de reforma a la ley electoral y de partidos polí­ticos, lo que los ciudadanos vemos es la forma en que los diputados en su calidad de miembros de las organizaciones partidarias, se acomodan la pelota. La paja de la reducción del número de diputados es una muestra de cómo se cambian las cosas para que nada cambie, puesto que se engaña a la población con una rebaja mí­nima a cambio de toda otra serie de beneficios que se receta el sistema partidocrático que vivimos en nuestro paí­s.


Lejos de regular efectivamente el tema de los gastos de campaña, los diputados lo que proponen es que se aumente el techo para tal rubro sin referirse en absoluto a las formas de contribución. Eso significa ni más ni menos asegurar que será mayor el tráfico de influencias y mayor la dependencia de los polí­ticos de los grandes capitales que luego pasan factura, como lo hemos visto en el actual y en anteriores gobiernos. Porque la verdad es que todos han tenido que pagar a los financistas de una u otra manera, a veces de forma escandalosa y en otras de manera recatada, pero de todos modos el dinero sale de las contribuciones de los guatemaltecos.

No se modifica el sistema de listados para elegir a los diputados al Congreso, lo que garantiza que las curules seguirán estando en venta y que para aspirar a ellas hay que preparar la chequera. La consecuencia de eso es, por supuesto, que el electo irá con la mira puesta en los mecanismos para recuperar su inversión y el pueblo que se aguante. Por ello los diputados no representan al pueblo ni se preocupan por él, puesto que para reelegirse bastará otra vez recurrir a la chequera que ya estará engordada con creces gracias a los manejos desde el Organismo Legislativo.

Lo que no entienden los diputados es que están jugando con fuego porque tarde o temprano el pueblo se hartará de que le estén viendo la cara de papo y cuando eso pase ha de salirles muy caro el jueguito a quienes se encargan de ir acomodando la pelota para que siempre les quede propicia.

Históricamente el pueblo de Guatemala tiene aires con remolino que se producen de manera cí­clica cuando la situación deriva en cansancio. Los sí­ntomas están a la vista porque ya no hay nadie que aplauda un sistema que se evidencia colapsado por la corrupción, el clientelismo y el tráfico de influencias. Fuera de los militantes de los partidos, nadie cree en la bondad de la actividad polí­tica y la mayorí­a desprecia a quienes llegan al servicio público. En otras palabras, ven la tempestad y no se arrodillan.