¿Se acabó la violencia?


Si nos atenemos a lo que dijo en marzo el ministro de Gobernación, Salvador Gándara, el paí­s puede respirar tranquilo luego de la captura del pandillero Axel Danilo Ramí­rez Espinoza, el tenebroso Smiley, acusado por el alto funcionario de ser el autor intelectual y responsable de la ola de crí­menes contra los pilotos de buses y del ambiente de violencia provocado por el crimen organizado.


Por supuesto que para la opinión pública esa declaración del Ministro fue totalmente desafortunada porque se entiende que es muy difí­cil que un individuo con las caracterí­sticas del apresado pueda haber tenido al paí­s de rodillas y se haya convertido en un elemento de desestabilización tan grave para el Gobierno. El problema de la violencia en Guatemala es mucho más profundo de lo que alcanzó a ver el funcionario encargado de la seguridad ciudadana y se manifiesta en la enorme cantidad de muertes que enlutan al paí­s en los últimos años, al punto de que el primer año del gobierno de Colom se ha convertido en el más sangriento del posconflicto, según dijo ayer el Procurador de los Derechos Humanos.

Es más, nos atrevemos a decir que la violencia nos acompañará aún por buen tiempo, a pesar del acuerdo nacional sobre seguridad y justicia que suscribieron los presidentes de los organismos del Estado más el Fiscal General de la Nación, puesto que hay demasiadas ramificaciones que inciden en la dimensión y magnitud del problema.

Y dentro de las cuestiones crí­ticas está la ausencia de un plan concreto para realmente utilizar la inteligencia como elemento esencial en el combate al crimen organizado y a sus manifestaciones más terribles. Basta situar la declaración del señor Gándara relativa al pandillero Smiley en el contexto de la realidad nacional para darnos cuenta que hay un profundo abismo entre la percepción y aptitud de las autoridades para comprender los problemas y lo que está sucediendo en el paí­s. Si el encargado de la seguridad tiene tan miope visión de la crisis, de la que responsabiliza de manera tajante al ahora capturado.

Otra queja recurrente del Ministro es que la violencia nos desborda porque la gente no denuncia ni colabora, pero debe entender que eso es consecuencia de la incapacidad que ha tenido la autoridad para asegurar la vida a quienes se atreven a formular denuncias. No se le puede pedir a la gente que se arriesgue cuando hemos visto que no funciona ni el sistema de protección de testigos ni cualquier tipo de medida cautelar para protección de quienes tienen las agallas de enfrentar al crimen organizado. Por ello es urgente que el Gobierno defina una polí­tica sensata de seguridad en vez de seguir con aspavientos como el del tal Smiley.