Lo he dicho más de una vez y lo repito hoy. Guatemala es uno de los países mas ricos del mundo y con una insólita capacidad de mantener esa riqueza o de recuperarla, pese al saqueo de los recursos del Estado, tarea a la que se dedica sin mayores esfuerzos altos y medianos funcionarios públicos de todos los gobiernos que se han sucedido en el poder desde hace muchas décadas.
No se requiere elaborar un exhaustivo análisis o un profundo estudio de las finanzas públicas para establecer, aunque sea empíricamente, que cada cuatro años cuando hay relevo en las encumbradas esferas del Organismo Ejecutivo, un indeterminado número de guatemaltecos que cuando abandonan voluntaria o forzosamente sus cargos, ya cuentan con nuevas y muy bien amuebladas residencias ubicadas en condominios exclusivos para un sector de la oligarquía o la plutocracia, han realizado depósitos bancarios en el extranjero, sus hijos estudian en establecimientos con elevadas colegiaturas, ostentan relojes de lujo, se visten con trajes de casimir italiano, sus esposas o parejas sentimentales (como les dicen ahora a las queridas) calzan zapatos y se cubren con ropa adquirida en Nueva York o de perdida en Miami, ya pueden ir los fines de semana y asuetos a sus casas de descanso en Pana (para decirlo con estilacho), 11 cultivan amistades de familias criollas, pero que no dejan de verlos sobre los hombros, y, en fin, han escalado económica y socialmente.
Les suceden en los ministerios de Estado o en instituciones descentralizadas nuevos burócratas o tecnócratas que de inmediato se percatan que sus antecesores dejaron vacías las arcas de sus despachos; pero también llevan con el olfato al aire para husmear y descubrir la forma como pueden salir de la pobreza y emerger de la clase media avergonzada, y comienzan a recibir comisiones, donativos o como se les quiera llamar a los ingresos extras, suficientes para cambiar forma de vida, en complicidad con contratistas del Estado.
Y así cada cuatro años. No importa el signo del partido político, la inclinación ideológica (si la hubiere) de sus dirigentes, su pasado familiar, su creencia religiosa. No hay estorbos, escrúpulos, valladares que no sean capaces de vencer, con las consabidas y rarísimas excepciones que confirman la regla. Para eso llegaron al poder, y el Estado cuenta con suficientes recursos para saciar el apetitivo de los nuevos funcionarios.
Hace pocas semanas, dos, a lo sumo, el Presidente de la República anunció con voz trémula que el presupuesto de la nación sólo alcanzaría para cumplir con sus compromisos durante los dos meses venideros. ¡Ya no hay pisto! ¡Se acabó la plata! Los empleados públicos no podrán cobrar sus sueldos y menos gozarán de aguinaldo. Pero pareciera que sólo es para asustar con el petate del muerto, porque en algunas instituciones estatales si algo sobra es dinero para financiar uno que otro lujo.
Para no hablar pajas -como dicen los patojos-, está el caso de la nunca bien ponderada y corrompida Dirección General de Migración. Según detallada información de Prensa Libre (27 de agosto anterior): «Desde el 18 de febrero último Enrique Degenhart (nótese que no es apellido que presuma un pelado cualquiera del asentamiento El Mezquital) asumió como interventor de Migración, la situación ha cambiado en esa dependencia porque el octavo piso es su área exclusiva y utiliza un carro blindado, cuyo arrendamiento por 10 meses cuesta US$114,750», equivalente a uno Q918 mil. Casi rozando el millón de verdes, sin que se cuenten con datos relacionados con el costo de la remodelación de esa atractiva planta, a la que ningún pelagatos puede ingresar.
(El analista económico Romualdo Tishudo envidiosamente le dice a un funcionario devenido en nuevo rico que ha engordado y vive en la carretera a Barberena: -¡Qué tacuchito, vos! ¡Quien lo iba a decir hace tres años cuando parecías chucho de asentamiento!)