Se abren consultas para formar nuevo gobierno


Romano Prodi, ex primer ministro de Italia, renunció ayer a su cargo, debido al voto de falta de confianza que le hiciera el Parlamento.

Tras la caí­da del jefe de gobierno italiano Romano Prodi, el presidente de la República, Giorgio Napolitano, iniciará hoy las primeras consultas para formar un nuevo gabinete, mientras la derecha reclama elecciones anticipadas inmediatas y no quiere oir hablar de un gobierno de transición.


Napolitano, un veterano del antifascismo, ex miembro del otrora Partido Comunista Italiano y artí­fice del giro hacia la socialdemocracia de esa organización, es en este momento el árbitro de la crisis polí­tica que atraviesa Italia.

El presidente iniciará hoy mismo las consultas, que duran varios dí­as, tal como lo establece la constitución italiana.

Los primeros que han sido convocados en el Palacio del Quirinale, sede de la presidencia, fueron los presidentes de la Cámara de Diputados, Fausto Bertinotti y del Senado, Franco Marini.

Las delegaciones de los mayores partidos de Italia, Forza Italia, la formación de Silvio Berlusconi y el recién fundado Partido Democrático, de centro izquierda, serán recibidos entre el lunes y el martes.

Prodi, al frente de una coalición de centro izquierda desde hace 20 meses, perdió ayer el apoyo de la mayorí­a de los senadores que votaron en contra de su permanencia en el gobierno por lo que se vió obligado a renunciar.

Después de que haya escuchado a los lí­deres o representantes de unos 24 partidos polí­ticos, Napolitano se formará una idea precisa de las fuerzas en campo y podrá decidir si es el caso de convocar elecciones anticipadas o nombrar un gobierno de transición.

Es posible que Napolitano intente evitar las elecciones anticipadas ya que en varias ocasiones ha dicho que considera que la actual ley electoral, adoptada seis meses antes de los comicios de abril del 2006, otorga a los pequeños partidos polí­ticos demasiado peso, lo que causó la parálisis polí­tica.

Napolitano podrí­a designar entonces al presidente del Senado, Franco Marini, de 74 años, ex lí­der sindical, cuyo nombre suena para dar vida a un gobierno limitado, institucional o de transición.

La derecha, a excepción de los centristas de la Unión de los Demócratas Cristianos (UDC), rechaza la idea de apoyar un gobierno de transición y presiona para que Napolitano convoque elecciones anticipadas.

La coalición de derecha está convencida de que ganarí­a, ya que los sondeos publicados por la prensa le daban una ventaja de 10 a 12 puntos con 54,5-56% de los votos contra 44/45%.

«No tenemos dudas, hay que votar inmediatamente y con la actual ley electoral», advirtió Berlusconi, quien adoptó la ley, llamada «la cochinana» por el mismo redactor, con el objetivo de bloquear la victoria de la izquierda.

Según el diario La Repubblica, Silvio Berlusconi (71 años) podrí­a aceptar la formación de un gobierno de transición, pero solo con la condición de que sea presidido por un persona de su total confianza, como Gianni Letta, la eminencia gris durante su gobierno y con una amplia y reconocida capacidad de mediación.

Tal posibilidad fue descartada por su principal aliado, Gianfranco Fini, lí­der del derechista partido Alianza Nacional, quien quiere ir a las urnas ahora.

«No existen las condiciones para un gobierno técnico o institucional», aseguró Fini en uno de los numerosos programas televisivos dedicados a la crisis.

Por su parte, el popular alcalde de Roma y lí­der del PD, Walter Veltroni, teme una humillante derrota y califica como «dramática» la posibilidad de ir a las urnas con la ley electoral vigente.

Si la crisis polí­tica afecta directamente el liderazgo de Veltroni, una serie de asuntos económicos claves se quedan en el limbo, entre ellos la venta de Alitalia al gigante franco-holandés Air France/KLM, criticada por una parte de la derecha, preocupada por el papel menor que tendrí­a el aeropuerto de Malpensa en Milán.

Sacrificio


Romano Prodi, cuyo gobierno de centro izquierda fue desautorizado tras perder el apoyo del Senado, representa en Italia la austeridad y la sobriedad frente al estilo teatral y mediático de su rival polí­tico, el multimillonario Silvio Berlusconi.

El «profesor», de 68 años, como se le conoce tras haber enseñado economí­a y polí­tica industrial en la universidad, nació en 1939 cerca de Bolonia (centro-norte) y pese a su poco carisma personal llegó al poder en dos ocasiones, en 1996 y 2006, como único lí­der de la variopinta coalición de centro izquierda formada por una decena de partidos.

Conocido como el hombre de las misiones dolorosas, Prodi es un economista austero que después de su paso por la jefatura de la Comisión Europea se comprometió a sacar a Italia de la grave parálisis económica y polí­tica que atraviesa.

Amante de los grandes paseos en bicicleta, parco y moderado, Prodi no promete sueños dorados sino reformas.

«Italia no se puede permitirse el lujo de detenerse. El paí­s necesita ser gobernado con continuidad», aseguró Prodi con tono comedido al pedir en vano el apoyo de los senadores para seguir gobernando.

Detrás de sus gafas grandes y cuadradas, el «Professore», católico practicante, partidario de un Estado presente en materia social que conviva con el liberalismo económico, es un hombre acostumbrado a las situaciones difí­ciles, dispuesto al sacrificio.

En 1982, cuatro años después de haber sido ministro de Industria en un gobierno democristiano, al antiguo alumno de la prestigiosa London School of Economics le confiaron el Instituto de Reconversión Industrial (IRI), el grupo público más importante de Italia.

A la cabeza del mastodonte (450 empresas, 400 mil empleados) acribillado de deudas, aceleró privatizaciones y reducciones de personal que le permitieron enderezar las cuentas.

Unos diez años después, el técnico regresó a la polí­tica después de cumplir los 50 años, siguiendo la estela del gigantesco escándalo de sobornos revelado por la operación «Manos limpias».

Saca provecho de su independencia con respecto a los antiguos partidos barridos por las sospechas de malversaciones, asume la dirección de una coalición de centro-izquierda y gana las elecciones legislativas en 1996.

Primer jefe de un gobierno orientado a la izquierda desde la posguerra, también ahí­ da la prioridad a la reducción de los déficits públicos para conseguir que su paí­s entre en el euro en 1999.

A pesar de las predicciones pesimistas, gana la apuesta a base de un impuesto excepcional y leyes de finanzas ultrarrigurosas.

Pero la victoria tiene sabor amargo porque su último presupuesto suscita la cólera de los comunistas, que provocan la caí­da del gobierno en octubre de 1998.

No obstante el golpe, lo llaman para dirigir la Comisión Europea y deja la polí­tica en Italia por un destino en Bruselas.

Su mandato (1999-2004) es discreto, jalonado de crí­ticas a sus declaraciones a veces torpes, su falta de liderazgo y su preocupación permanente por preparar su regreso a Italia para enfrentarse a su gran rival Silvio Berlusconi.

Por dos años trabajó para soldar de nuevo el centro-izquierda y reunir a una decena de partidos bajo una misma bandera, desde los comunistas que lo dejaron en 1998 a los centristas católicos, que lo traicionaron ahora.

Con la estrecha victoria de la coalición de centro-izquierda en las elecciones legislativas del 9 y 10 de abril del 2006, sus dificultades empezaron desde el momento en que se anunciaron los resultados, inciertos hasta el final y cuestionados por Berlusconi.

Rápidamente se encontró con las contradictorias exigencias de los pequeños partidos de su coalición: verdes y comunistas partidarios de una mayor distancia de Estados Unidos, radicales hostiles a un gobierno de conciliación con la Iglesia católica y centristas opuestos a las reformas sociales.

í‰l mismo, casado, padre de dos niños y abuelo, ha tenido que mediar en numerosos asuntos sin lograr grandes resultados ante el enorme distanciamiento y desprestigio que la clase polí­tica ha alcanzado.

Su renuncia al cargo, tras someterse al voto de confianza en el Senado, representa un acto de «coherencia», como el mismo lo definió.

«Para mí­ es fundamental el respeto de las reglas. No quiero quebrantar la ética de las instituciones», advirtió el miércoles Prodi poco antes de perder las riendas del gobierno.