La era Nicolás Sarkozy comienza mañana en Francia, cuando el nuevo mandatario asumirá la presidencia en una ceremonia que pondrá fin a la vida política de su predecesor, Jacques Chirac, y abrirá una página en el país caracterizada por profundas reformas y una nueva manera de gobernar.
Tras su victoria en las urnas el 6 de mayo frente a la socialista Ségolí¨ne Royal, el conservador Sarkozy, de 52 años, hará realidad el sueño de toda su vida y por el que ha trabajado con ahínco y sin tregua desde hace años.
Su llegada a la presidencia de la República, un cargo que ocupará al menos cinco años, significará la llegada al poder de una nueva generación de políticos, pragmática y dispuesta a usar ideas nuevas para sacar a Francia de la crisis social, económica y política y devolver a los ciudadanos la confianza en sus dirigentes.
Antes de apoderarse de las riendas del Estado, Sarkozy ya ha dado una idea del tipo de presidente que desea ser.
Reivindicando sin complejos su condición de político conservador que fue elegido para «romper con las ideas del pasado», el nuevo jefe de Estado desea restablecer valores como la moral, la autoridad o la identidad nacional, quiere modificar la semana laboral de 35 horas, alterar el sistema tributario o controlar más inmigración.
Su prioridad será la eficacia y la presteza. Para ello no dudará en rodearse de un equipo de gobierno más reducido, activo y plural, en el que habrá lugar para figuras de la izquierda y del centro, una apertura que sorprendió y creó numerosas tensiones en la clase política francesa.
Pero Sarkozy ya anunció que desea ser el presidente «de todos los franceses» y dejó muy claro que más que la fidelidad ciega a su familia política, lo que cuenta a partir de ahora son los resultados.
El miércoles, cuando el nuevo presidente reciba de manos de Chirac las llaves del palacio del Elíseo comenzará en Francia la «ruptura tranquila» que Sarkozy ha prometido desde hace meses.
Hiperactivo e impaciente, Sarkozy nombrará inmediatamente a su primer ministro, que según parece será Franí§ois Fillon, un ex ministro de Educación moderado que ha sido su mano derecha y su sombra en los últimos dos años.
Según sus allegados, en el tándem, Sarkozy representará la ruptura y Fillon, la tranquilidad.
Probablemente el viernes, el misterio sobre el futuro gobierno será desvelado. Entre las sorpresas que reserva este nuevo ejecutivo, está su número, que no irá más allá de 15 ministros, y la presencia de igual número de mujeres que de hombres, una verdadera primicia en Francia.
El mayor signo de apertura del nuevo presidente será probablemente la atribución de la cartera de Relaciones Exteriores, que podría recaer en Bernard Kouchner, un ex ministro socialista que fundó la organización Médicos Sin Fronteras (MSF) y fue representante de la ONU en Kosovo.
El miércoles, horas después de asumir la presidencia, Sarkozy viajará a Alemania, que preside este semestre la Unión Europea (UE) y cenará con la canciller Angela Merkel, un gesto simbólico que demuestra el interés del nuevo presidente en reactivar la presencia de Francia en el bloque.
Será uno de los escasos puntos de continuidad con su predecesor, Jacques Chirac, de 74 años, que el miércoles volverá a ser un ciudadano normal, después de encadenar durante décadas los cargos de primer ministro, alcalde de París y jefe de Estado.
Cuando Chirac reciba a Sarkozy en el portón del Elíseo el miércoles para entregarle todos los poderes que recaen en el presidente, se cerrará también una relación complicada entre estos dos políticos, compañeros de partido pero rivales desde hace años.
El mandatario saliente dejará la presidencia con la sensación del deber cumplido aunque un 54% de los franceses considera que su gestión no fue buena.
Cuando Chirac abandone definitivamente el Elíseo, Sarkozy pronunciará su primer discurso como jefe de Estado. Una salva de 21 cañonazos le dará la bienvenida a la historia de la República francesa, de la que será su 23º presidente.