La creciente demanda mundial de recursos naturales, especialmente de China e India, así como la crisis creada a nivel mundial para escalar la economía de algunos sectores, genera, obviamente, una enorme presión en la búsqueda de materias primas que incluyen minerales y fuentes energéticas.
Latinoamérica ha sido una reserva mundial de materias primas y, pareciera que de golpe y porrazo decidieron, quienes manejan la economía mundial, que es el momento de vaciar las reservas latinoamericanas al menor costo posible, arrasando a trote y moche y/o «a la malagueña», con todo lo que pueda oponerse.
El escenario descrito ubica a la minería y a las empresas mineras en la cúspide de la presión sobre los países latinoamericanos para obtener concesiones fáciles y con enormes ventajas, por medio del soborno a ministros, diputados y a quienes fuere necesario, con la finalidad de que, por medio de unos pocos millones de unidades de monedas devaluadas, consiguen lo más preciado del continente latinoamericano: Los recursos naturales.
Especialmente, algunas empresas canadienses al servicio propio y de otros patronos se prestan para el saqueo que genera reacciones de las poblaciones, las que se defienden de la constante amenaza a su sustentabilidad. Los habitantes de las poblaciones pretenden con acciones ineficaces, ante el poder de los gobiernos y las mineras transnacionales, proteger a sus comunidades y ecosistemas del inmisericorde daño causado por la invasión extranjera, avalada y sustentada por los gobiernos que se ubican tras el mostrador para la venta de sus países.
En suma, puede afirmarse que no ha habido voluntad política férrea para hacerle un alto al saqueo descarado y galopante y/o para controlar con eficiencia y eficacia a la industria de la minería, tanto nacional como extranjera. Quizás lo más triste es que el ciudadano común, en los países latinoamericanos, no se da cuenta ni quiere saber, del problema macroscópico que estas actividades descontroladas están generando para el negro futuro de los países involucrados, tales como Argentina, Perú, Ecuador, Chile, Colombia, Honduras y, obviamente, Guatemala.
Los volúmenes de explotación en Centroamérica no son comparables con Perú, Chile o Bolivia, sin embargo, en relación a las superficies y la enorme fragilidad biótica y ambiental en general, el impacto de la actividad minera es de gran magnitud. Si consideramos lo pequeño de los territorios con que cuentan los países centroamericanos, veremos que la actividad minera es altamente competitiva con la seguridad alimenticia y la producción agropecuaria de esos países en general, adicionalmente a que los países centroamericanos son puestos contra la pared por la actividad minera y sus nefastos impactos ambientales.
Las compañías mineras que operan en Centro América están generalmente dentro de las transnacionales «junior», es decir, compañías que son comparativamente pequeñas: Perenco, por ejemplo. Esto hace más peligrosa la situación de riesgo ambiental para los países, por la baja inversión de este tipo de empresas en el cuidado al medio ambiente y su mínima responsabilidad industrial respecto a las comunidades en donde operan.
Ya en esta misma columna se ha denunciado que Perenco, desde que tomó el contrato, minimizó en un enorme porcentaje los presupuestos de «Medio ambiente» y «Seguridad industrial» con relación a los estándares que manejaba Basic Resources en las mismas áreas.