SANTORAL



San Gregorio VII pontí­fice Año 1085

San Gregorio VII: valeroso defensor de nuestra santa religión: pí­dele a Dios que todos los sacerdotes y obispos sean personas verdaderamente dignas y santas. Más te ama el que te corrige tus defectos, que el que te alaba por lo que no vale la pena.

(Proverbios)

Se llamaba Hildebrando, nombre que en alemán significa «Espada del batallador». Al ser elegido Papa, cambió su nombre por el de Gregorio, que significa: «el que vigila». Nació de padres muy pobres en la provincia de Toscana en Italia. Muy joven fue llevado a Roma por un tí­o suyo que era superior de un convento de esa ciudad. Y allí­ le costeó los estudios, que hizo muy brillantemente, hasta el punto que uno de sus profesores exclamó que nunca habí­a conocido una inteligencia igual. Uno de sus profesores, el P. Juan Gracián estimaba tanto a su discí­pulo, que cuando lo eligieron Papa con el nombre de Gregorio VI, nombró a Hildebrando como secretario.

Después de la muerte del Papa Gregorio VI, Hildebrando se fue de monje al famoso monasterio de Cluny, donde tuvo por maestros a dos grandes santos: San Odilón y San Hugo. Ya pensaba pasar el resto de su vida como monje, cuando al ser elegido Papa San León XI, que lo estimaba muchí­simo, lo hizo irse a Roma y lo nombró ecónomo del Vaticano, y Tesorero del Pontí­fice.

Y desde entonces fue el consejero de confianza de cinco Sumos Pontí­fices, y el más fuerte colaborador de ellos en la tarea de reformar la Iglesia y llevarla por el camino de la santidad y de la fidelidad al evangelio.

Durante 25 año se negó a ser Pontí­fice, pero a la muerte del Papa Alejandro II, mientras Hildebrando dirigí­a los funerales, todo el pueblo y muchí­simos sacerdotes empezaron a gritar: «Â¡Hildebrando Papa, Hildebrando Papa!» – El quiso subir a la tarima para decirles que no aceptaba, pero se le anticipó un obispo, el cual con sus elocuentes elogios convenció a los presentes de que por el momento no habí­a otro mejor preparado para ser elegido Sumo Pontí­fice. El pueblo se apoderó de él casi a la fuerza y lo entronizó en el sillón reservado al Papa. Y luego los cardenales confirmaron su nombramiento diciendo: «San Pedro ha escogido a Hildebrando para que sea Papa».

Sacerdotes siendo ordenados un arzobispo le escribió diciéndole: «En ti están puestos los ojos de todo el pueblo. El pueblo cristiano sabe los grandes combates que has sostenido para hacer que la Iglesia vuelva a ser santa y ahora espera oí­r de ti grandes cosas». Y esa esperanza no se vio frustrada.

San Gregorio se encontró con que en la Iglesia Católica habí­a desórdenes muy graves. Los reyes y gobernantes nombraban los obispos y párrocos y los superiores de conventos y para estos puestos no se escogí­a a los más santos sino a los que pagaban más y a los que les permití­an obedecerles más ciegamente. Y sucedió entonces que a los altos puestos de la Iglesia Católica llegaron hombres muy indignos de tales cargos, y que tení­an una conducta verdaderamente desastrosa. Muchos de estos ya no observaban el celibato (la obligación de mantenerse solteros y conservando la virtud de la pureza) y viví­an en unión libre y varios hasta se casaban públicamente. Y los gobernantes seguí­an nombrando gente indigna para los cargos eclesiásticos.

Y fue aquí­ donde intervino Gregorio VII con mano fuerte. Empezó destituyendo al arzobispo de Milán pues lo habí­an nombrado para ese cargo porque habí­a pagado mucho dinero (simoní­a se llama este pecado). Luego el Papa reunió un Sí­nodo de obispos y sacerdotes en Roma y decretó cosas muy graves. Lo primero que hizo este pontí­fice fue quitar a todos los gobernantes el derecho a las investiduras, que consistí­a en que por el sólo hecho de que un jefe de gobierno le diera a un hombre el anillo de obispo o el tí­tulo de párroco ya el otro quedaba investido de ese poder y podí­a ejercer dicho cargo. El Papa Gregorio decretó que a los obispos los nombraba el Papa y a los párrocos, el obispo y nadie más. Y decretó que todo el que se atreviera a nombrar a un obispo sin haber tenido antes el permiso del Sumo Pontí­fice quedaba excomulgado (o sea, fuera de la Iglesia Católica) y la misma pena o castigo decretó para todo el que sin ser obispo se atreviera a nombrar a alguien de párroco.

Estos decretos produjeron una verdadera revolución de todas partes. Todos los que habí­an sido nombrados obispos o párrocos superiores de comunidades por los gobernantes civiles sintieron que iban a perder sus cargos que les proporcionaban buenas ganancias económicas y muchos honores ante las gentes, y protestaron fuertemente y declararon que no obedecerí­an al Pontí­fice. Y los gobernantes civiles sí­ que se sintieron más, porque perdí­an la ocasión de ganar mucho dinero haciendo nombramientos.

El primero en declarase en revolución contra el Papa fue el emperador Enrique IV de Alemania que ganaba mucho dinero nombrando obispos y párrocos. Enrique declaró que no obedecerí­a a Gregorio VII y que se declaraba contra sus mandatos. Pero al Papa no le temblaba la mano y decretó enseguida que Enrique quedaba excomulgado, y envió un mensaje a los ciudadanos de Alemania declarando que ya no les obligaba obedecer a semejante emperador. Esto produjo un efecto fulminante. En toda la nación empezó a tramarse una revolución contra Enrique y éste se sintió que iba a perder el poder.

Cuando Enrique IV se sintió perdido se fue como humilde peregrino a visitar al Papa, que estaba en el castillo de Canossa, y allá, vestido de penitente, estuvo por tres dí­as en las puertas, entre la nieve, suplicando que el Sumo Pontí­fice lo recibiera y lo perdonara. Gregorio VII sospechaba que eso era un engaño hipócrita del emperador, para no perder su puesto, pero fueron tantos los ruegos de sus amigos y vecinos que al fin lo recibió, le oyó su confesión, le perdonó y le quitó la excomunión.

Y apenas Enrique se sintió sin la excomunión se volvió a Alemania y reunió un gran ejército y se lanzó contra Roma y se tomó la ciudad. El Papa quedó encerrado en el Castillo de Santángelo, pero a los pocos dí­as llegó un ejército católico al mando de Roberto Guiscardo, lo sacó de allí­ y lo hizo salir de la ciudad. El Papa tuvo que irse a refugiar al Castillo de Salerno.

Mientras los enemigos del Santo Pontí­fice parecí­an triunfar por todas partes, a Gregorio le llegó la muerte, el 25 de mayo del año 1085. Sus últimas palabras que se han hecho famosas fueron: «He amado la justicia y odiado la iniquidad. Por eso muero en el destierro». Cuando él murió parecí­a que sus enemigos habí­an quedado vencedores, pero luego las ideas de este gran Pontí­fice se impusieron en toda la Iglesia Católica y ahora es reconocido como uno de los Papas más santos que ha tenido nuestra santa religión. Un hombre providencial que libró a la Iglesia de Cristo de ser esclavizada por los gobernantes civiles y de ser gobernada por hombres indignos.