Ocho años después del comienzo de la intervención militar internacional que los expulsó del poder, y pese a la presencia de 100 mil soldados extranjeros, los talibanes ganan terreno en el país, reconoció el lunes el comandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, general Stanley McChrystal.
Los episodios violentos batieron en los últimos meses récords absolutos desde 2001, un hecho que pone en duda la celebración de elecciones en una parte de los 7.000 centros de votación, principalmente en los bastiones rebeldes del sur y del este.
Los expertos están convencidos de que los talibanes tienen mayor capacidad que en 2004 y 2005 para obstruir estas elecciones, como ya anunciaron que harían.
«Bastará sólo con unos kamikazes en una gran ciudad el día de la votación para que la gente se quede en casa», estima el analista afgano Harun Mir.
A pesar de los 300.000 policías y soldados afganos e internacionales que estarán desplegados para intentar garantizar la seguridad, si los insurgentes deciden actuar «será casi imposible detenerlos» porque «un kamikaze siempre puede infiltrarse», advierte Mir.
Los talibanes llamaron a los afganos a boicotear estas elecciones, que consideran una impostura orquestada por Estados Unidos, y a alzarse en armas contra los «invasores».
«No atacaremos a los civiles en los colegios electorales. Pero impediremos a la gente que vaya a ellos», declaró a la AFP uno de sus portavoces, Zabihulá Mujahed.
La amenaza de ataques y la intimidación de los electores ponen en peligro la credibilidad de los comicios, según los observadores.
Teniendo en cuenta que la seguridad es una condición indispensable para elecciones libres y justas, la situación actual «podría afectar a la libertad de movimiento de algunos electores», sostiene Nader Nadery, presidente de una ONG.
El mensaje de los talibanes ha calado en la opinión pública.
«No creo que las elecciones se desarrollen bien, no hay seguridad (…)», opina Hamidulá, un habitante de Kandahar (sur), la capital bajo el régimen de los talibanes (1996-2001).
Frente al aumento de la violencia, algunos países occidentales han pedido la apertura de negociaciones con insurgentes «moderados», una idea que el presidente afgano Hamid Karzai defiende desde hace años.
Karzai, favorito para las presidenciales, se ha comprometido a organizar un encuentro con los rebeldes bajo la égida del rey Abdalá de Arabia Saudí para entablar negociaciones, en el caso de que sea reelegido.
Pero los talibanes han rechazado en varias ocasiones las propuestas de Karzai, poniendo como condición la retirada de las tropas extranjeras.
A pesar de que el derramamiento de sangre es un hecho cotidiano, el portavoz del ministerio de Defensa, Mohammad Zahir Azimi, asegura que «la amenaza no es tan grande».
Pero para el afgano de a pie, como el ingeniero Mohammad Akram, «la amenaza sigue presente», con o sin elecciones. El votará, pero se pregunta: «Â¿Quién puede garantizar que no moriré en un ataque de los talibanes antes o después de las elecciones?»
Los afganos están convocados a votar el 20 de agosto para participar en la segunda elección presidencial de su historia, en un contexto de miedo por las amenazas de ataques de los rebeldes talibanes, que pueden disuadir a muchos electores.
El presidente saliente, Hamid Karzai, es el favorito pero la dinámica campaña del ex ministro de Relaciones Exteriores Abdula Abdula podría conducir a una segunda vuelta, según los analistas.
Además de la violencia, muchos observadores temen fraudes, sobre todo en las regiones recónditas.
Unos 17 millones de afganos están inscritos en los 7.000 colegios electorales, donde se dirimen simultáneamente las elecciones provinciales, protegidos por 300.000 policías y soldados afganos y extranjeros.
Los insurgentes «no tienen ninguna posibilidad de realizar un ataque de envergadura», asegura el portavoz del ministerio de Defensa, general Mohammad Zahir Azimi.
Pero los rebeldes han ganado terreno en tres años y ejercen una influencia mayor o menor en cerca de la mitad del país, según los observadores, y la violencia alcanza actualmente niveles récord desde que las tropas internacionales echaron del poder a los talibanes, a finales de 2001.
Los insurgentes preconizan el boicot de las elecciones, «una patraña orquestada por los norteamericanos» según ellos, y afirman que no atacarán directamente a los colegios electorales.
Pero un enésimo ataque, el lunes pasado, contra edificios gubernamentales cerca de Kabul reavivó la inquietud sobre el riesgo de fuerte abstención provocada por la violencia, que desacreditaría estos comicios que Occidente considera cruciales.
«Si el Gobierno no puede con la violencia de los talibanes, no votaré», afirma Nasratulá, de 20 años, un habitante de Kandahar, la gran ciudad del sur. Hamid Karzai ha hecho mucho por el país, estima este vendedor de burqas, «pero ha fracasado en el tema de la inseguridad, que lo eclipsa todo y lo desacredita. Y esto empeora cada día que pasa».
El mandatario saliente ganó la primera elección presidencial «democrática» en 2004 con 55,4% de votos en la primera vuelta.
A pesar de unos sondeos a la baja debido a la explosión de la violencia y del desempleo (alrededor del 40%), Karzai sigue siendo el favorito, estima el analista afgano Harun Mir, «porque los otros candidatos principales no fueron capaces de ofrecer una alternativa de verdad».
En total 41 candidatos, incluidas dos mujeres, aspiran a desempeñar la función suprema.
Desde 2001 se han registrado progresos, pero muchos afganos se sienten frustrados: a pesar de los miles de millones de dólares de ayuda internacional, la mayoría sigue sin electricidad, las carreteras están en pésimo estado, escasea el trabajo y la corrupción es un mal endémico.
Para los observadores, si sale reelegido Karzai será gracias a los acuerdos con dirigentes étnicos y religiosos y hombres fuertes locales, que le darán millones de votos.
El presidente saliente también cuenta con el apoyo de jefes de guerra de dudosa reputación, como el tayik (segunda etnia del país) Mohamad Qasim Fahim, acusado de crímenes de guerra, al que prometió una vicepresidencia en caso de victoria, o como el temible dirigente uzbeko Abdul Rashid Dostam.
Las contrapartidas siguen siendo una incógnita, pero se evocan cargos ministeriales y escaños de gobernadores provinciales, en un país todavía muy feudal a veces, conservador y dominado por los grupos armados y las alianzas tribales.
«Negociar así no es democracia», critica Wadir Safi, profesor de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de Kabul, y subraya otro reto, además de la inseguridad: conseguir que voten unos electores mayormente iletrados, pobres y en un 80% rurales.
«No comprenden las implicaciones del voto», dice el docente y afirma que algunos venden sus votos por 10 ó 20 dólares.