Sangre en el rí­o


No se crea que describiré alguna masacre realizada por kaibiles en los trágicos años del terrorismo de estado. No. Arreglando el desorden de mi biblioteca, encontré un tomo de la Revista literaria Senderos (1938-1942) que, en nuestra juventud, dirigimos Ricardo Barrios, Augusto Rodrí­guez Saravia y yo. Pues bien en la edición 22, del Volumen 1, diciembre 1940 fue publicado un cuento del autor de Voz y voto del Geranio, el insigne poeta e intelectual revolucionario, Otto Raúl González, quien recientemente ascendió al Olimpio de aedas inmortales, y siendo que su prosa es poco conocida y más este relato que escribió hace 67 años, siendo un adolescente.

Alfonso Bauer

Se los brindo:

Asida como un liquen a la gran cordillera de los Andes, despertaba la aldea en las primeras fogatas y en el canto desvelado barro redondeaban lunas de maí­z mientras que afuera mugí­an los bueyes en espera del yugo. Soplaban los vientos del verano más suaves que nunca y el sol entibiaba la tierra que empezaba a cargarse con el dorado pan de las cosechas.

Aquella mañana llena de músicas graves tení­a un profundo misterio amarrado en el aire y parecí­a que muy pronto una gran tragedia se iba a desarrollar; y el drama que entintó aquella mañana, llena de músicas graves como las notas de un armonium desató huracanes de dolor y de sangre: el cadáver de una india, la Chabela, se halló junto al rí­o con un puñal enclavado en medio de los dos hemisferios separados por un atlántico de sangre. La belleza exquisita de aquella india habí­a huracanado la lujuria del administrador de una finca cercana. Y aquella mañana cuando la india llegó al rí­o, el felino acechaba tras espesos matorrales; la tibieza del aire aprestaba al baño y la Chabela no pudo resistir el imán de las aguas; dejó el cántaro en tierra, se deshizo del alegre relajo -hilado con celajes-desenvolvió sus formas del fino corte y al subirse el huipil el aire lamió, lascivo, sus maduros senos de barro, y todas las aguas del rí­o se estremecieron al besar los ángulos de aquella venus criolla. Salió vestida de fugaces diamantes -el rí­o no querí­a desprenderse de ella -adornó su caballera con el arcoí­ris de un tocoyal y disponí­ase a cubrir la euritmia de sus formas cuando el patrón enardecido y ebrio, saltó sobre su presa, la sujetó por las muñecas y después de violenta lucha, la tumbó sobre la arena y así­, jadeante y brutal, logró arrancarle su guardada virginidad.

La Chabela no quiso vivir un segundo más, y rubricó con sangre la infamia del patrón; «perdóname Andrés» fueron sus últimas palabras.

Andrés Minch, el indio a quien la Chabela habí­a jurado amor eterno ante los dioses, porque así­ lo habí­an dispuesto sus abuelos: sintió despeñarse un torrente de cólera salvaje en su corazón de hombre enamorado cuando se encontró ante el cadáver de su novia india dolorosamente ensangrentado: pronto comprendió la amarga verdad. El crimen del patrón no quedarí­a impune, que muchas veces habí­a advertido la mirada llena de perversa lumbre caer como una tea sobre las curvas casi núbiles de su Chabela.

Y el indió lloró… pero reciamente, con la reciedumbre del roble azotado por el huracán; su sollozos se alargaron tanto que resonaron en la selva; los buitres de la ira le despedazaban las entrañas y aullaba como un puma, herido de rabia. Encorvado sobre el fantasma de su amor, encontró la madrugada a aquel indio, contextura de volcanes, con el rostro quemado por lágrimas de amargura, de fuego, de dolor. En medio de nubes espesas de humo quemó el pom de sus creencias tradicionales y a la luz de cuatro velas de cera, hizo el juramento solemne de una venganza bárbara.

Salió del rancho, descompuesto y mudo, deambuló como una sombra y llegó por fin a la puerta vetusta de la Administración, blandiendo en la mano el mismo puñal con que la Chabela habí­a lavado su deshonra; el cobarde patrón no necesitó ni un segundo para adivinar las siniestras intenciones del indio: calculando que ya sólo dos o tres metros lo separaban de la muerte, vio su salvación en el revólver que dormí­a en una gaveta de su derruido escritorio; desesperado ordenó al indio que retrocediera, pero éste, impasible avanzaba…

De pronto un sonoro balazo rasgó los aires de aquella mañana clara y fresca; y un fuerte olor a pólvora salió de la oficina lo mismo que un rí­o de sangre caliente. La gente que agolpada penetró al lugar de autos, encontró por los suelos dos ví­ctimas: Andrés con el pecho perforado por un tiro y el patrón con el puñal de obsidiana, clavado hasta el mango.

El indio en el paroxismo de la muerte, habí­a saltado como un relámpago sobre el patrón; vengando de este trágico modo, el ultraje hecho a su querencia.