Salvadoreños cuentan a sus muertos


Residentes locales caminan en el área de la zona de destrucción tras el paso del huracán Ida, en Verapaz, un poblado al este de San Salvador. FOTO LA HORA: AFP YURI CORTEZ

«La correntada se llevó la gente de las casas y revolcó cultivos», dice Javier Martí­nez, un campesino que observa atónito la destrucción dejada en San Vicente, este de El Salvador, por las fuertes lluvias que acarreó el huracán Ida.


Martí­nez, un campesino de 55 años, apreciaba desde un borde de la carretera Panamericana la panorámica del desastre por el desbordamiento del rí­o Acahuapa en los cantones Casas Viejas y Chanmoco, en el sector este de San Vicente.

«En ese valle habí­a casas, plataneras (plantaciones de banano) y ahora es una desgracia», relata Martí­nez, conmovido por la muerte de dos niñas y una anciana en ese lugar.

Producto de un alud de piedras de grandes dimensiones y troncos de árboles, el Acahuapa se desvió unos 200 metros de su cauce original arrastrando con todo lo que encontraba a su paso, en el marco de una fuerte tormenta que concentró en cuatro horas 355 milí­metros de agua.

Bajo una densa neblina en la entrada de San Vicente, trabajadores retiran los remanentes de piedras y lodo dejado por las correntadas y advierten a los conductores a «pasar con precaución» sobre el puente que está en la entrada de la localidad.

Ya en el interior de la ciudad, el cuadro más lapidario se observa en el colegio «Centro de Desarrollo Profesional» donde se agolpan los cadáveres de 17 personas.

El fiscal Neftalí­ Avalos, relata a la AFP que al saldo luctuoso se suman otras ví­ctimas de los poblados vecinos de Verapaz (11), Guadalupe (6), Tepetitán (3), y se contabilizan además 73 desaparecidos en todo el departamento de San Vicente.

En un templo de la iglesia evangélica Elim, el pastor Lisandro López junto a un grupo de feligreses velaban los restos de Ana Pérez (52) con su nieto Bryan (2) y Roberto Sánchez (32).

Conmovido por la magnitud de la desgracia, el pastor enumera los nombres de otros desaparecidos a la vez que no sale del asombro de ver como una correntada borró del mapa de San Vicente la colonia Caridad (en el noreste de la ciudad).

«La colonia Caridad prácticamente no existe, casi en su totalidad ha sido arrasada, lo que antes era una colonia hoy es el cauce del rí­o con promontorios de piedras y cuantas otras cosas que trajo el rí­o», enfatizó.

«Aquí­ ahora solo tenemos los nombres de las personas que vivieron en esa colonia (la Caridad) con sus virtudes y sus problemas», reflexionó López.

Por diferentes rumbos de San Vicente, se pueden observar el desplazamientos de vehí­culos de la Policí­a que trasladan cadáveres o damnificados de un punto a otro.

«Vivimos una verdadera emergencia. Jamás habí­a visto tanta desgracia en tan pocas horas», declara a la AFP el agente de la Policí­a Nacional Civil (PNC), José Carlos Jaimes quien junto con otros agentes se encontraba en uno de los promontorios de piedras que soterraron dos viviendas en la entrada a San Vicente.

La estratégica carretera Panamericana que facilita el acceso a San Vicente se encontraba bloqueada en dos de sus cuatro carriles por toneladas de tierra y piedras.

Conforme se adentraba la noche del domingo, la desesperación comenzaba a presentarse en Verapaz, otro de los municipios golpeados, donde con picos y palas decenas de pobladores sobrevivientes buscaban a los soterrados.

A nivel nacional, los datos oficiales consignaban la muerte de 124 salvadoreños mientras el presidente Mauricio Funes decretó el «Estado de Emergencia» con fin de canalizar recursos para atender a las ví­ctimas.

Esta es la segunda tragedia de gran magnitud que vive San Vicente, desde el terremoto de 6,6 grados Richter que destruyó la ciudad y pueblos vecinos el 13 de febrero de 2001 con el saldo de un poco más de 300 muertos.

Además, el saldo de ví­ctimas en El Salvador recuerda al huracán Mitch, que dejó unos 170 muertos en este paí­s y miles de fallecidos en toda centroamérica en 1998.