Rusia y Estados Unidos volvieron a mostrar esta semana que las discusiones para llegar a un entendimiento sobre el proyecto de ampliación del escudo antimisiles norteamericano a Europa Central es un diálogo de sordos de resultado incierto.
Aunque el secretario de Defensa norteamericano, Robert Gates, propuso el martes a Moscú monitorear las nuevas instalaciones del escudo antimisiles en Polonia y República Checa para lograr su luz verde al proyecto, los rusos apenas demoraron dos días en devolver el balón al campo contrario con un rechazo.
«Todo lo que nos ha sido propuesto no nos satisface. Nuestra posición sigue siendo la misma, aunque parece que los norteamericanos comienzan a comprender mejor nuestras inquietudes», dijo el ministro ruso de Defensa, Anatoli Serdiukov, tras reunirse el jueves en Noorwijk (Holanda) con sus homólogos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), entre ellos Gates.
Mientras el secretario general de la Alianza Atlántica, Jaap de Hoop Scheffer, instó con prudencia a Moscú a considerar más detenidamente la oferta «sustancial» de Estados Unidos, Gates fue más tajante y dijo que su país fue «lo más lejos posible» para tratar de convencer a los rusos.
«Hemos sido lo más lejos posible. Hemos propuesto mucho. Ahora, quiero ver un movimiento de su parte», afirmó Gates en el avión que lo llevaba de regreso de Noordwijk a Washington.
Desde el inicio en 2006 de sus negociaciones con Polonia y República Checa para instalar diez misiles antimisiles y un radar, Estados Unidos ha buscado diferentes enfoques para vencer la oposición de Rusia, que ve en ello una amenaza directa a sus intereses vitales.
La última oferta norteamericana para que observadores militares rusos inspeccionen los silos de los misiles, así como el radar, llegó acompañada de una propuesta para «postergar» la puesta en servicio del escudo hasta que haya una «prueba definitiva» de la amenaza iraní, que Washington enarbola como principal justificación de su proyecto.
De su lado, Putin también ha efectuado movidas para neutralizar el riesgo que implica para Rusia el proyecto norteamericano, ofreciendo por ejemplo la utilización de bases de la ex Unión Soviética en Asia Central para instalar el escudo, idea descartada por Washington por su cercanía con el territorio iraní.
Como es tradición, las propuestas han estado acompañadas de amenazas: la instalación de misiles en Kaliningrado (enclave ruso entre Polonia y Lituania), la retirada de Rusia de tratados armamentísticos y la reanudación de la producción de ciertas armas.
Este diálogo de sordos en la cuestión del escudo antimisiles no es una excepción en las relaciones entre Rusia y Occidente, y se enmarca en el reposicionamiento de Moscú en el escenario internacional desde la llegada al poder del presidente Vladimir Putin y la idea rusa de un mundo bipolar con esferas de influencia.
El recuperado papel de Rusia como contrapeso mundial, junto con China, es evidente desde hace un tiempo ya en el Consejo de Seguridad de la ONU en otras grandes cuestiones, como el futuro estatuto de Kosovo o el programa nuclear iraní.
En efecto, y como explicaba esta semana un alto diplomático, Rusia se encuentra «en el punto más alto de su poder de los últimos 40 años», tras el ocaso y desintegración de la URSS, una posición que le permite ir reestableciendo poco a poco su visión de un equilibrio mundial Este-Oeste.