No me cabe la menor duda que los dos próximos gobiernos se encargarán de la quiebra total del Estado de Guatemala. Esto, por supuesto, suponiendo (y no hay ningún motivo para no creerlo) que quienes dirijan el país continúen con la misma lógica de los pasados equipos de gobierno.
No se trata de profecías imposibles, la evidencia está a la vista. El ritmo de endeudamiento y nuestra imposibilidad de administrar el país es una soga que tarde o temprano terminará en muerte. Quizá ahora no sintamos mucho dolor porque las clases medias todavía van al mercado, compran productos por internet y se dan algún lujo en el extranjero. Pero el golpe vendrá cuando se deprecie la moneda y veamos esfumarse nuestros sueños.
La mayor parte de guatemaltecos ya vive la crisis, pero no será hasta que los camisas blancas, esos ciudadanos “cool” que todavía viven en burbuja conectados a internet, se perciban tocados de verdad, con su economía en franco deterioro, cuando el grito se proyecte en los periódicos y empiecen a llorar amargamente. Un sufrimiento que nos puede llevar a la desesperación y a situaciones nunca antes experimentadas.
La causa de la crisis próxima debe atribuirse al relajo en la administración pública. Al saqueo del botín del Estado y la falta de control de los entes que tienen esa misión. La responsabilidad está medianamente distribuida: los políticos y empresarios privados por su voracidad económica y falta de escrúpulos. La sociedad civil, los medios de comunicación y las Iglesias, por demasiada condescendencia y tolerancia.
Los políticos llevan al país al límite y lo niegan. Rechazan que endeuden el país y su futuro. Fingen perseguir la corrupción. Disimulan proyectos de inversión social. Toleran el tráfico de influencia. Mienten al afirmar su compromiso con Guatemala. Los jueces y abogados ponen su contribución al ser venales, ciegos y despreocupados. Los economistas, contralores y auditores, maquillan informes con vista a garantizar sus salarios.
El plato está servido. En poco tiempo la crisis se agudizará y caeremos en el precipicio. Quizá nos salve solo un milagro, pero estos acontecimientos en el siglo XXI son imposibles. De modo que quizá nos quede una última oportunidad creando conciencia del apocalipsis que viene para crear un modelo alterno. Con suerte todavía hay tiempo.